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lunes, 20 de enero de 2014

LA "NOVIA" DE LOS EJÉRCITOS (Parte 2)

Y llegaría el siglo XX, y todo cambiaría.
La primera revolución llegaría de la mano de un bacteriólogo alemán, el doctor Paul Ehrlich que en 1910 presentaría en el congreso de Wiesbaden, su revolucionario compuesto 606, la Arsfenamina, que fabricada por la casa Farbwerke – Hoechts, se haría mundialmente famosa con el nombre comercial de Salvarsan. Tan revolucionaria era la nueva medicina que la propia casa regaló más de sesenta y cinco mil dosis a médicos de todo el mundo (uno de ellos nuestro famosísimo D. Gregorio Marañón) antes de estar terminadas las pruebas (lo que le valdrían diversas acusaciones penales a Ehrlich, de las que saldría absuelto). El propio doctor lo definía como una bala mágica, y bien podía llamarse a sí, pues era el primer fármaco eficaz contra la sífilis, en una Europa en la que se calculaba que podía estar infectado del morbus gallicus hasta un 15% de su población adulta.


El principio activo era el venenoso arsénico, y ello traía sus buenos problemas. La nueva medicina era complicada de fabricar, y muy cara. Además su administración era por inyectable: por vía intramuscular muy desaconsejada pues era extraordinariamente dolorosa y además se solía necrosar la zona de inyección, y por vía intravenosa. En ésta última había que preparar con cuidado la solución para que la sosa usada junto con agua destilada para disolver el polvo amarillento en el que venía presentado no le hiciese perdiese actividad. Además no se podía esterilizar y si se tardaba más de treinta minutos en iniciar la administración, el compuesto se descomponía y le metías al paciente una dosis letal de arsénico. La infusión era molesta, tardaba más de 15 minutos, en ayunas, y debía reposar luego el enfermo en cama 4 – 5 horas después. Y ésta era una pauta simple, pues dependiendo de la gravedad y avance de la sífilis, las pautas podían ser bien complejas.

Kit para la administración del Salvarsán.

Los efectos secundarios eran los propios de una intoxicación arsenical: trastornos gastrointestinales severos, parálisis, necrosis en piel, ceguera, sordera…e incluso la muerte por envenenamiento, algo que ocurría en un caso de cada 200. Pero curaba la sífilis, y eso era razón suficiente para correr ese riesgo.


El ejército español, embarcado en una complicada guerra en Marruecos, con un ejército de leva compuesto por soldados de extracción muy humilde, entre los que se cebaba la sífilis y otras dolencias venéreas, discretamente, fue de los primeros en adoptar la nueva droga milagrosa. A tal efecto, con una delegación española, se trasladó en diciembre de 1910 a Alemania, el comandante médico D. Ángel Morales Fernández, el cual rápidamente introdujo el uso del Salvarsán entre el arsenal terapéutico de la sanidad militar española.


Dos años después, Ehrlich, nuevamente con la inestimable ayuda de su discípulo japonés, el doctor Sahachiro Hata presentó un compuesto mejorado, el 904, que la Hoetchs llamaría el Neosalvarsan. Mucho más estable y sencillo de usar, que permitió que la mortalidad iatrogénica descendiese a uno de cada 2000 casos de administración. También los militares españoles serían de los primeros en adoptarlo, con grandes resultados. De hecho, el control de prostíbulos, las campañas de información a los soldados y los exhortos a la abstinencia sexual, junto con el uso discreto pero intenso y muy eficaz del neosalvarsán consiguieron que en nuestra guerra civil la tasa de infección por sífilis fuese muy baja para un conflicto de dichas características. Y curiosamente ambos bandos actuaron igual, exhortando principalmente al ejercicio de la moralidad de los soldados y a la abstinencia sexual con prostitutas (Durriti, de hecho, llegó a expulsar de manera fulminante de su columna, en 1936, a toda mujer que practicase el comercio carnal).

Los Doctores Paul Ehrlich y Sahachiro Hata.

Y en esas llegó a la historia el primer conflicto militar con fuerte componente industrial entre grandes potencias: la I Guerra Mundial. La actitud de los diversos países e imperios fue muy variada. De entrada los alemanes (también los astro-húngaros, aunque en menor medida), cuyo actuación en parte copiarían los médicos militares españoles, consistía en un sistema rígido y reglamentado de “logística sexual”. Los burdeles tenían que ser autorizados y estar inspeccionados regularmente. Los soldados que los usaban debían a notar sus nombres en un “libro de visitas” indicando con cuál de las mujeres mantenían relaciones, se les suministraba un pack con preservativos y toallitas con cremas desinfectantes, y si podía haber sospecha de contagio debían someterse bajo pena de sanciones disciplinarias al correspondiente tratamiento.


Los británicos ignoraron el problema hasta 1915, en el que la tasa entre tropas de los dominios como los canadienses y los neozelandeses era tan alta, que los primeros ministros de los mismos exigieron un cambio de política a los altos mandos militares, pasando a tener un sistema no tan estricto pero más parecido al germano. Los estadounidenses también optaron por ignorarlo y exhortar a la abstinencia sexual, hasta que a finales de 1917 tuvieron que adoptar el sistema británico. Cerca de 400.000 de sus hombres ya se habían infectado por sífilis y gonorrea...


Pero lo de los franceses fue delictivo. Tenían una legislación muy estricta en esta materia, que llegaba a los extremos de encarcelar y tratar de forma obligada a las prostitutas que se infectasen de alguna enfermedad venérea. Pero aparte de insistir en el matrimonio y en la abstinencia sexual de los solteros, poco más hicieron. Además, seguía en vigor la expulsión del ejército, por comportamiento indigno, si se descubría que el soldado estaba infectado de sífilis. Pero habiendo en el mercado una carísima pero eficaz medicina, y ante las altas probabilidades que el Poilu común tenía de ser gaseado, enterrado vivo por la artillería o despedazado por las ametralladoras alemanas en tierra de nadie, en paraísos terrenales como Yprés, Verdún o en el Aisne, dicha expulsión ya no sonaba tan mal. El resultado es que la tasa de sífilis del ejército francés durante la primera guerra mundial, duplicó la de las demás potencias.


En 1928, Sir Alexander Fleming descubrió la Penicilina, y este antibiótico, sí que curaba la enfermedad de forma muy efectiva. Comparado con la bala mágica que era este nuevo fármaco, el Neosalvarsán más parecía una maza medieval que el fármaco milagroso que había sido. Y lo mejor, era que con el paso del tiempo se desarrollaron técnicas que permitían fabricarlo en masa y de forma muy barata. Los trabajos, en 1938, de Howard W. Florey, Ernest B. Chain y de Norman Hatley, abrieron el camino para que los científicos de la UDSA Northern Regional Research Laboratory y del casa Pfizer desarrollaran métodos de fabricación que lograrían bajar el precio de fabricación de una dosis de penicilina de los casi 300 dólares de finales de los años 30 al medio dólar de mediados de los cuarenta. Además, la penicilina curaba la sífilis con inyecciones intramusculares de fácil administración, era mucho más estable que los compuestos arsenicales, tenía muchísimos menos efectos secundarios e incluso se podía recuperar parte de la misma de la propia orina del paciente. Era el triunfo definitivo de la humanidad sobre la temida enfermedad. Y llegó a tiempo, pues en 1939 empezó otro conflicto de gran calado: la Segunda Guerra Mundial.


Penicillum Notatum.
Y precisamente la posesión de la Penicilina cambiaría, según los países la forma de enfrentarse a los contagios de sífilis entre sus tropas. Los alemanes, que carecían de ella, y que sabían que el antibiótico que tenían, las sulfamidas, era ineficaz contra las ETS, volvieron a hacer lo mismo que en la Gran Guerra. Para qué cambiar, les había ido bien, y su tasa de contagios de venéreas entre las potencias combatientes había sido la más baja de todas.


Pero lo de los japoneses no tiene mucha explicación…La bacteriología nipona siempre ha sido de un gran nivel, pero lo que es extraño fue lo mal aplicada que estaba en ciertas partes a sus fuerzas armadas. Ponían un gran cuidado en conseguir agua potable de calidad a sus soldados, pero (algo que asombraría a los servicios sanitarios aliados después de la guerra) muchos tratamientos eran erróneos o insuficientes. Según fue avanzando la guerra, la disponibilidad de muchos fármacos fue mucho menor, empeorando muchos problemas de salud, como fue el caso de la malaria.


En el caso de las ETS, predominaba más la cura local con tinturas yodadas o con cloruro de mercurio y sulfotiazol, usándose en menor medida el Neosalvarsán, y con una pauta muy discutible. Y era extraño, pues en la abyecta y bastarda versión del bushido que el soldado japonés estaba embebido ya desde el colegio, como soldado victorioso era y debía comportarse como un conquistador. Y esa visión implicaba que los vencidos, y mejor aún si eran civiles, eran con todo derecho objeto de todo tipo de rapiñas, incluidas las sexuales. Además, tanto el ejército como la marina gobernaban y mantenían una gran red de “casas de confort”, eufemismo de burdeles donde las mujeres eran esclavas sexuales. Y eso significaba que se las obtenía como se obtenía a un esclavo en la antigüedad, y se les trataba infinitamente peor.

"Mujeres de Confort", eufemismo japonés para referirse a las mujeres esclavizadas para prácticas sexuales. su destino era terrible...
Es cierto que se las reconocía médicamente de forma periódica. Pero no para tratarlas: toda la que tenía alguna enfermedad era ejecutada brutalmente, con gran variedad de posibilidades en dicha muerte. Los soldados, tratados con curas locales y pautas no muy correctas del compuesto 904, tenían muchas posibilidades de seguir manteniendo su infección de sífilis. Y aquí los japoneses, en su deficiente tratamiento de la malaria, encontraron un inesperado aliado. En 1917, el médico austriaco Julius Wagner – Jauregg descubrió que las fuertes fiebres que causaba la malaria dificultaban el contagio de la sífilis y mejoraban a los pacientes con cuadros primarios y secundarios de la enfermedad venérea. De hecho, y pese al Neosalvarsán, llegó a postular un tratamiento a base de inocular el parásito productor de la malaria, el Plasmodium Falciparum a los enfermos de lues, para luego tratarlos con quinina. Algunos morían de malaria, pero eso era preferible a padecer una enfermedad tan mal vista socialmente.

Dr. Julius Wagner - Jauregg
La gran mortalidad de soldados japoneses en los dos últimos años de guerra, junto con la abundancia de penicilina (que permitía curar a los ex – combatientes infectados de forma muy discreta) gracias a la ocupación militar aliada de Japón en los cinco años siguientes al final de la guerra, ha impedido conocer de forma exacta la incidencia de sífilis en el ejército y marina japonesa.
Los aliados gracias a la gran eficacia de la penicilina, lo tuvieron mucho más fácil. Los norteamericanos, que habían aprendido la lección de la I Guerra Mundial, hicieron un gran esfuerzo en la educación de sus soldados sobre modos de contagio, síntomas y posibilidades de tratamiento, así como modos de prevención. A tal efecto se realizaron multitud de cómics, folletos, manuales y posters, como el que un tal Stan Lee llegó a realizar (VD? Not for me!).



A los soldados que salían de permiso, se les facilitaba un “kit profiláctico químico individual” que contenía tres preservativos, una toallita jabonosa limpiadora, pomada con un 30% de calomelano (cloruro de mercurio) y un 15% de Sulfotiazol, y una hoja de instrucciones detalladas. A veces, incluso, y de forma sorprendente se incluían “por si acaso” un par de píldoras de sulfamida (totalmente inútiles como hemos visto contra gonorrea y sífilis).



La prueba de fuego vino al final de la operación Husky, en agosto de 1943. Messina quedó bajo gobierno militar americano, y el General George S. Patton que había conocido los estragos de la sífilis en la Gran Guerra ordenó que todos los burdeles de la zona quedasen bajo control directo del US Army, y todas las prostitutas fuesen reconocidas y tratadas médicamente. Los soldados sólo podían ir a lupanares “autorizados” y toda infracción de la norma, era castigada con una fuerte multa. El resultado, lógicamente, fue una tasa de ETS asombrosamente baja.
La otra cara de la moneda fue Palermo, bajo control militar británico. El General Bernard Law Montgomery, hijo de obispo anglicano, y muy puritano no quería ni oír hablar del tema, prefiriendo que sus capellanes insistiesen en la abstinencia… la tasa de ETS en el Octavo Ejército se disparó.
Pero la verdadera prueba de fuego vino a partir del 1 de octubre de 1943. En un irónico guiño al destino, volvemos a la casilla de salida, el puerto de Nápoles. Y si lo de Sicilia, una vez tomada, había sido una buena juerga, la ciudad italiana era Sodoma y Gomorra. Tal fue la tasa de contagio de ETS entre las tropas, que hubo miembros de la inteligencia británica que llegaron a pensar seriamente que podría tratarse de un complot del Eje. La solución, fue la que había realizado el US Army: control médico de los burdeles, educación a los soldados, kits de prevención, y obligación de declarar la enfermedad y someterse a tratamiento. Aún así, en la zona, la tasa de infección del mal napolitano seguiría siendo alta durante el resto de la guerra.


Los altos mandos aliados, así, se habían dejado de remilgos estúpidos. Comprendieron que los soldados eran hombres jóvenes, a los que les costaría resistirse no sólo a una buena juerga al volver del frente, sino también a las directas proposiciones y ofrecimientos de mujeres jóvenes, que agobiadas por la  gran necesidad y pobreza en las que la guerra las había sumido a ellas y a sus familias, no dudaban en tener contacto sexual a cambio de cosas que los soldados tenían muy a mano y en abundancia: comida, ropa o medicinas. No es de extrañar que en aquellos años, el producto más rentable para el mercado negro fuese la nueva droga milagrosa, la penicilina. Las nuevas medidas permitirían que en los años 1944 y 1945 la prevalencia de sífilis entre las tropas aliadas fuese la más baja que hasta entonces había tenido un ejército en suelo europeo.


¿Y qué hay de sus aliados soviéticos? Pues poco se conoce, fuera de textos en ruso, de cómo se enfrentaron a este problema. Pero si como muestra vale un botón, la Batalla de Berlín, en 1945, parece decirnos que no debieron hacerlo nada bien. Los soldados soviéticos, alentados por sus comisarios y su propaganda, recibieron carta blanca para tomarse la venganza, en Alemania, de la brutal ocupación de su patria durante casi cuatro años. El uso de violencia sexual no sólo se permitía, sino que además se alentaba. Y eso unido a una población muy empobrecida por los desastres de la guerra, no hace extrañar la alta tasa de enfermedades venéreas entre las filas de sus soldados. Concretamente la sífilis constituyó la segunda causa de baja de soldados soviéticos, sólo superada por la causada por los combates. Tan severo fue el problema que se solicitó a los aliados occidentales una remesa extra de penicilina, entregada al parecer por vía aérea. Una historia apócrifa de la guerra fría, aseguraba que en aquellos años, después del espionaje enfocado a obtener datos sobre la bomba atómica, la siguiente operación en importancia fue la infiltración comunista de los laboratorios Pfizer, a fin de obtener la máxima información para poder fabricar penicilina en gran cantidad en la Unión Soviética.


La sífilis ya podía ser tratada con eficacia, pero en absoluto estaba vencida, como demostraron las cifras de infección de la guerra de Corea. Durante los años 50 y 60, en muchos países occidentales, con los EEUU a la cabeza hubo un gran esfuerzo informativo sobre la misma a los jóvenes. Se buscaba así atajar la enfermedad desde su inicio, con prevención complementada con una red de dispensarios donde discretamente eran tratados los pacientes y sus parejas recientes. 
Además, la posología de las dosis fue mejorando, reduciéndose el número de inyecciones que se administraban, llegando hasta una dosis única intramuscular para sífilis primaria y secundaria de Penicilina G Benzatina de 2.400.000 de UI (aunque cuando yo estudié medicina, se recomendaba complementarla con dos inyecciones extras de dicho fármaco de 1.200.00 UI al quinto y al décimo día de la primera administración, hasta dar un total de 4.800.000 UI). Ese hecho mejoraba la adscripción al tratamiento, y desde luego era mucho más cómodo que las diez inyecciones seguidas diarias de, la mucho más dolorosa, Penicilina Procaína de 600.000 UI cada una (hasta un total de 6 millones de UI) que se ponían en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea.


Y esas campañas de prevención y tratamiento rindieron sus réditos cuando se enfrentaron los EEUU a la siguiente guerra en el Vietnam. Allí la relajación de la disciplina, las nuevas costumbres sexuales y el nuevo enfoque de la moral que dieron los años 60, junto con la amplia disponibilidad de servicios sexuales abundantes y baratos, propiciaron una tasa record de ETS, incluyendo la sífilis. Sin embargo, la existencia de pautas eficaces de tratamiento para todas ellas minimizó su impacto en las operaciones militares. Aunque, surgió una curiosísima historia: la de la “sífilis negra”.

Ejemplo de cómic educativo de los años 50.
Realmente, ya venía el cuento desde Corea, que a su vez aprovechaba una historia similar, sobre el destino durante la Segunda Guerra Mundial del personal con graves mutilaciones y quemaduras. Se decía que había un tipo especial de sífilis, incurable, que mataba con severa deformidad e inmensos dolores, ahogados en océanos de pus, a los infortunados pacientes. Cuando se detectaba un caso, rápidamente era evacuado a un secreto islote del Pacífico (que los “mejor informados” situaban cerca de la isla de Guam), donde allí quedaba hasta su espantoso final. No se les permitía regreso al hogar, para no difundir la enfermedad ni asustar a la población, y a sus familiares se les ocultaba la causa real de la muerte. A su ingreso, se les daba a elegir si preferían ser declarados muertos o desaparecidos en combate…


Desde luego que tal variante es totalmente falsa. Pero las fuerzas armadas norteamericanas no se cortaron, desde escalones superiores, en difundir el rumor, a fin de lograr evitar que muchos soldados se contagiasen visitando burdeles clandestinos o poco fiables.

Escena de la inmortal película "La Chaqueta metálica".

Cojo y manco quedaría el post si no mencionásemos la existencia de experimentos inmorales para conocer mejor el alcance de la enfermedad, que causarían especial vergüenza y rechazo a los médicos de las generaciones futuras. Como ejemplo mencionar la inoculación de sífilis para estudiar sus efectos y tratamientos a campesinos guatemaltecos en los años 40. Pero el más famoso sería el “experimento de Tuskegee” que comenzó en 1932.
Atraídos y engañados por panfletos que prometían atención médica gratuita, 600 varones negros y de clase baja de Tuskegee, Alabama fueron incluidos en un siniestro estudio. Se eligieron a 399 por tener la sífilis, y a otros 201 sanos como grupo control. Los enfermos no recibieron jamás tratamiento de ningún tipo, pese a la existencia de penicilina, durante 40 años de sus vidas. Sólo se les dijo que padecían una extraña dolencia sanguínea crónica. Así, durante esas cuatro décadas, se recogieron en detalle todas las manifestaciones clínicas de la evolución de un lues sin tratar. El precio fue muy alto: aparte del desarrollo de la forma terciaria en los supervivientes y la muerte prematura de 100 de ellos, también 40 esposas y 19 hijos e hijas se vieron contagiados. Pararía tal aberración gracias a las incansables denuncias de un joven epidemiólogo de San Francisco, el doctor Peter Buxton, que enterado desde 1965 no cejó en su empeño de ver cerrado tal monstruosidad. Lo lograría en 1972, tras filtrar todo el tema al New York Times. El gobierno, no se disculparía e indemnizaría a las víctimas hasta 1997.


Dr. Peter Buxton.

La sífilis como ya dije no está vencida. De hecho, después de la Gonorrea y muy por delante del SIDA, sigue siendo de las enfermedades de transmisión sexual con mayor prevalencia. Por el momento, los tratamientos siguen siendo efectivos, y apenas se ha informado de resistencias a los antibióticos, que en muchos casos más han tenido que ver con medicamentos falsificados o adulterados de alguna manera. También la clínica, tras el contacto del género humano con la enfermedad pasados uso siglos, ya no es tan brutal y rápida como al comienzo de nuestro relato. Pese a ello, la posibilidad que su infección afecte a un gran número de soldados no puede ser ignorada por parte de los servicios de sanidad militar.



Así que todavía queda mucho tiempo para poder seguir siendo la indeseada “novia” de muchos ejércitos.


sábado, 18 de enero de 2014

LA "NOVIA" DE LOS EJÉRCITOS (Parte 1)

Los aficionados a la historia militar repetimos siempre el mismo error: olvidar que un ejército es la representación de la sociedad que lo crea y mantiene, con todas sus luces y con todas sus sombras. Pero además cometemos otro: centrarnos en hablar de la efectividad de las diversas armas, tecnologías y tácticas, olvidando factores mucho más mundanos y comunes, que a lo largo de la historia han llegado a destruir numerosas fuerzas combatientes: las enfermedades. En algunos momentos las bajas por enfermedad han sido muy superiores a las que provocaba el enemigo, así patologías como la peste, el tifus, el cólera o la fiebre amarilla, por citar algunas, han llegado a tener una gran influencia en el resultado de batalla y campañas. Y entre ellas, curiosamente, debe figurar en un lugar de honor la protagonista de esta entrada en el blog: el Mal de Venus o Sífilis.


La sífilis está causada por una bacteria conocida como Treponema Pallidum, que cuando estudiabas medicina, si el catedrático de microbiología quería regalar puntos en el examen, sólo tenía que preguntar sobre ella: todos nos la sabíamos al dedillo. Se trata de una espiroqueta de una longitud no mayor de 15 micrómetro y diámetro de entre 0,1 a 0,2 micrómetros, que requiere la muy señorita tinciones específicas con plata para su correcta visualización. Es un patógeno exclusivamente humano, aunque una cepa, la Nichols, puede ser inoculada a primates o conejos, pero sin que desarrollen la enfermedad. Fue descubierto en 1905 por Schnaudin y Hoffman, aunque no sería hasta 1913, en el que el bacteriólogo japonés Hideyo Noguchi estableció que era el causante de la sífilis.

Treponema Pallidum.

Su origen, aún hoy en día es muy discutido. Hay tres teorías: la precolombina, la del intercambio colombino y la conocida como la de la “guiñada”. Todas ellas tiene sus defensores y detractores, y sus pruebas propias, y se centran principalmente en si la enfermedad existía en Europa antes de los viajes de Cristóbal Colón o después. La de la guiñada (enunciada por un historiador llamado Alfred Crosby) es una mezcla de ambas, que defiende que las infecciones por otros treponemas ya eran conocidas antes de los viajes del explorador, pero que el Treponema Pallidum vino de las Américas con una fuerza y una capacidad patógena realmente descomunal, por lo que ambas teorías están en lo cierto.

Huesos largos infantiles, precolombinos, que muestran estigmas de sífilis congénita.

Cualquier libro de historia de la medicina pone el inicio de la pandemia en el mismo punto geográfico y temporal: las guerras que nuestro reino sostuvo en la península italiana en los finales del siglo XV y principios del XVI, fundamentalmente contra la Francia de Carlos VIII. Y una de las posesiones más preciadas en esas tierras era el puerto de Nápoles. Se dice que los soldados españoles que combatían tanto bajo el blasón de los Reyes católicos como bajo el de la flor de lis del monarca francés, y que se habían contagiado en América, contagiaron a su vez a las prostitutas napolitanas, que a su vez, extendieron el mal por los soldados franceses durante la breve ocupación de la ciudad. De ahí su primer nombre: el mal napolitano.

Carlos VIII de Francia.

Cuando una enfermedad infecciosa aparece por primera vez en una población determinada, la expresividad clínica de la misma es exagerada, mostrando todo su potencial lesivo. Y más aún en una época en la que no se conocía la existencia de microorganismos y no se conocían ni remedios eficaces contra las mismas ni pautas de higiene que limitasen su expansión.
En aquella campaña por tierras italianas, al ejército de Carlos VIII de Francia no le pudo ir peor. Enfrente tuvo que vérselas con, quizás, el mejor general español de todos los tiempos: D. Fernando González de Córdoba, más conocido como el Gran Capitán. Sus nuevas tácticas, el inteligente uso que hizo en varias batallas de los nuevos arcabuces, destrozaron al ejército galo. Un ejército que ya estaba muy castigado por las fuertes bajas (en especial de nobles y oficiales) y por la irrupción de la sífilis entre sus filas. Al volver a Francia, como tal, se había desintegrado. La derrota unida a la enfermedad y al pésimo clima del final de la campaña contribuyeron al hundimiento de todo atisbo de disciplina, transformando a muchos soldados en rezagados, y a éstos, en temibles bandidos. Se produjo así una gran extensión de la nueva enfermedad por la campiña italiana, y posteriormente en la francesa, al llegar los patéticos restos del otrora orgulloso ejército francés a su tierra de origen. De hecho se comenta que tanto su general, el duque de Montpensier como el propio rey Carlos VIII se contagiaron del mal napolitano.


 De la gran virulencia de su contagio, y su rápida expansión dan fe que ya a finales del siglo XV comenzaron a aparecer leyes que obligaban a abandonar núcleos urbanos a los enfermos de sífilis. Así tenemos la ordenanza de Paris en 1498 o la de Londres a principios del siglo XVI. Tales ordenanzas tenían la ventaja de limitar el contagio entre los habitantes de la urbe en cuestión, pero a cambio de diseminar la enfermedad por la campiña circundante.
Aunque las primeras descripciones del mal son de las primeras décadas del siglo XVI (como la del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo) y en textos médicos ya aparece perfectamente establecida desde mediados del citado siglo, la denominación de sífilis no surge hasta 1530, y es obra del poeta y cirujano veronés Girolamo Fracastoro, que en su obra Siphylis sive morbus gallicus describe la dolencia en las carnes de Syphilo, un pastor que es castigado con la misma por enfrentarse al dios Apollo. Aparcaría con el tiempo otras denominaciones médicas del periodo como la de Lues, avariosis o bubas.

El cronista D. Gonzalo Fernández de Oviedo

Rápidamente es reconocido su origen como de transmisión sexual, lo que la convertía en algo extremadamente vergonzante. Así las denominaciones de la misma varía en virtud de quien era tu enemigo de entonces: los franceses lo llamaban el mal napolitano, los ingleses el mal francés, los holandeses el mal español, los rusos el mal polaco, y los turcos…simplemente la llamaban el mal de los cristianos. Y había otro elemento que la hacía aún más maldita, pues las mujeres contagiadas se la transmitían a sus hijos neonatos, al pasar éstos por el canal del parto, en lo que se conocía como sífilis congénita.


En aquellos tiempos la primoinfección, lo que hoy conocemos como sífilis primaria, tenía mucha más virulencia. En su obra Práctica de la Cirugía, el médico francés Jean de Vigo describía que la enfermedad comenzaba con la aparición, como mencionaba ya Paracelso “tras comercio impuro con una cortesana que tuviese bubones” (una curiosidad: los clérigos eran los únicos que se podían contagiar por una “corrupción” del aire)  de una lesión gelatinosa ulcerada de consistencia firme denominada Chancro (que podía aparecer en cualquier mucosa, desde la genital hasta la bucal), que no es exclusiva de la sífilis, y que puede darse en otras enfermedades de transmisión sexual. Lo que ya cambiaba era la gravedad del cuadro, caracterizado por la aparición de fiebre intensa, fuerte dolor articular adenopatías regionales, y un estado de laxitud general. Esta sintomatología, actualmente, ya es mucho más débil, siendo mucho más común la existencia del chancro. El periodo de aparición de la sintomatología desde el contagio podía ser de 10 días hasta las 5 o 6 semanas, con unos 20 días de promedio. Y aquí venía el primer problema, porque un enfermo podía estar ya contagiándola sin su conocimiento.

Chancro sifilítico en mucosa oral.

La clínica se resolvía por sí sola (si se sobrevivía a las fiebres) en unos días, pensando el paciente que ya estaba curado. Al cabo de meses (semanas en dichos siglos)  empezaba la sífilis secundaria caracterizada por fuertes cuadros febriles, aparición de manchas lívidas abultadas y la diseminación por el cuerpo de una serie de costras con forma de verrugas llamadas clavos sifílíticos, que producían un exhudado muy rico en bacterias que podía infectar por contagio directo de una mucosa con una mano o un objeto. Muchas veces esas lesiones se ulceraban, ocasionado fuertes dolores “que hacían aullar a los pacientes día y noche” como escribía Jean de Vigo, y con el grave peligro de infectarse por otros gérmenes ocasionando así la muerte por un shock séptico. La profusión de estos clavos era muy amplia llegando a desfigurar incluso al paciente, al igual que lo hacía la lepra, enfermedad que ocasionaba un rechazo social al individuo, patología que estaba en franca remisión y que venía a ocupar su hueco la sífilis, con la característica añadida de haber sido contraída por vicio nefando.

Clavos Sifilíticos

También remitía, si se sobrevivía, por si sola. Y también seguía pudiendo el enfermo infectar a otras personas con el Treponema Pallidum. Pasados los años aparecía la sífilis terciaria, caracterizada porque las lesiones descritas se induraban y cogían consistencia gomosa, por lo que se las conocía como gomas sifilíticas, junto con afectaciones importante de órganos que causaban ceguera, aneurismas de aorta e incluso demencia. En la época renacentista y posteriores, debido a las pésimas condiciones de vida, la falta de remedios y de higiene, y por la presencia de frecuentes reinfecciones, no era raro que esta etapa se presentase de forma solapada con la anterior, dejando convertido al paciente en una desgracia humana. Lo único bueno era que el paciente ya no tenía potencial de infectar a otras personas. Tan graves eran los cuadros que recibió la denominación de Variola Mayor, en contraposición a la temible viruela, que recibía la de menor.

Cómo podía deformar la sífilis terciaria. Destrucción de tabique nasal y tejidos circundantes.

Está claro que un soldado contagiado de sífilis quedaba inútil para el servicio, y se convertía en una importante carga. Modernamente se ha calculado que una mujer de mala vida infectada de sífilis, podía en un campamento militar del periodo, infectar a unos 15 a 25 soldados por semana, los cuales a su vez, se convertían en nuevos vectores de la enfermedad con prostitutas, campesinas y cantineras que estuviesen sanas. El contagio así podía llegar a ser exponencial con todos los problemas que conllevaba. Un ejército así afectado, en un par de meses podía llegar a perder hasta un 40 – 45% de su fuerza de combate (como llegó a ocurrir en más de una ocasión, como en el asedio de Novara a finales del siglo XV), lo cual no era algo que se tomase a la ligera. Y con un componente añadido: el general o príncipe que sufriese de tal desastre, desde luego, que no iba a ser bien mirado a su regreso. Una cosa es llevar a tus jóvenes a que los despedacen en algún remoto campo de batalla, y otra muy diferente es devolverlos a sus hogares convertidos en algo peor que leprosos.
"Las Dos Caras del Amor". Ilustración de portada del libro de poemas de Auguste Marseille. Muestra a la sífilis camuflada y con careta de una bella joven. 

Como es de esperar, rápidamente surgieron los primeros remedios y medidas preventivas. Algunas tan estúpidas como la recomendada por Cataneus, que hablaba de mantener “anudada la base de la verga después de yacer con mujer de mala vida, para impedir la diseminación del veneno variólico por el organismo” o el uso de vapores de la madera del Guayaco, que ya era usado contra la lepra. Otras de eficacia marginal, como tomar baños turcos o de vapor a gran temperatura (algo que en el siglo XX como luego veremos, elevar la temperatura corporal, sí que dificultaba la infección inicial). Por desgracia muchos creían que si había gran temperatura en los mismos, más rápida y segura era la curación, lo que causó no pocos accidentes mortales. Y los primeros fármacos específicos: los preparados mercuriales.


“Una noche con Venus, y una vida con Mercurio” rezaba un refrán. Y era cierto pues el paciente debía estar aplicándose esos fármacos durante toda su existencia. El mercurio metálico como tal no es tóxico, al no poder ser absorbido por el organismo (de hecho, en tiempos los mineros de tan preciado mineral lo bebían para recogerlo luego en sus heces y hacer contrabando del mismo). Por lo tanto hay que mezclarlo con algún compuesto graso que permitiese su absorción, y la acción terapéutica en el organismo. Y había multitud: desde combinarlo con aceite gris para formar “ovocones” o supositorios, el uso de calomelanos de mercurio para su administración oral en forma de tabletas blandas, mezclarlo con parafina para su inyección intramuscular o en forma de ungüentos mercuriales para fricciones y friegas en la piel. Se llegó a usar incluso el protocloruro de mercurio en forma de vaporizaciones para su absorción a través de los pulmones. Los nombres de los fármacos eran de lo más variado: Ungüento Napolitano, Agua de los caribes, Agua Astral, Bálsamo Solar… mi preferido era el Chocolat Verolique del barón francés Saint Ildephon, cuya publicidad rezaba “que podía tomarlo con tranquilidad el esposo delante de su mujer, sin que ella sospechase nada, y aún más, podía dárselo a ella como golosina que camuflaba el remedio, devolviendo así la paz al hogar”.

Guayaco, en una ilustración de la época.

Todos ellos tenían en común los mismos inconvenientes: el tratamiento era largo, no siempre eficaz (más contra las lesiones cutáneas) y muy caro, por lo que no estaba al alcance de cualquiera. Y lo peor eran los efectos secundarios: caída de pelo y dientes, afectación neurológica severa, alteraciones gastrointestinales, diarreas profusas y toda la amplia gama del hidrargirismo o intoxicación por preparados mercuriales. Como poco el paciente salivaba a litros, olía fatal y sus ropas siempre andaban sucias de lo que manchaban los ungüentos.
Antes y después del tratamiento con ungüentos mercuriales.
Poco cambiaría el panorama hasta los inicios del siglo XX. Sólo en materia de prevención habría alguna posibilidad nueva gracias a la mejora de un invento conocido ya desde los tiempos de griegos y romanos: el preservativo. Inicialmente un simple cobertor del glande, hecho de tela, y ciertas sustancias con capacidad espermicida, fue evolucionando a lo largo de los siglos XVI a XVIII a modelos más eficientes, que cubrían todo el pene, y fabricados con tripas de animales o cuero muy fino. Por aquel entonces ya surgieron leyendas negras y las dificultades que la moral imperante imponía a su uso. Se sabía ya que era eficaz para prevenir el contagio de la sífilis, pero muchos médicos comentaban que eso hacía que los hombres se arriesgasen aún más en contactos sexuales no seguros, y que no dejasen una forma de vida considerada como perniciosa y depravada. Además, también argumentaban, y con razón, que su fiabilidad no era buena, se picaban o se rompían si no se les fabricaba o mantenía con mimo. 

En aquella época eran reutilizables, aunque requerían cuidado constante, y por supuesto, eran carísimos. Aún así todo soldado profesional, de cualquier nacionalidad, que tuviese conocimiento de su existencia, hacía todo lo posible y pagaba lo que hiciese falta por conseguir tan vital artículo. Era eso, o terminar prontamente sus días, ciego, demente, desfigurado y rechazado por todos.

Preservativo fabricado en Suecia a principios del s. XVIII

Otra medida inicial que se comenzó a realizar, y los Tercios españoles fueron de los primeros, fue que los cirujanos, barberos y médicos de los diversos ejércitos revisasen periódicamente a las prostitutas y cantineras que acompañaban a las tropas. Es cierto que por aquel entonces no existía el cuerpo de sanidad como hoy lo conocemos, pero sí que un buen Maestre de Campo tenía cuidado en reclutar galenos y cirujanos lo más competentes posibles. Dichas revisiones como hemos visto, chocaban con el problema comentado de un periodo ventana entre el contagio y la aparición de los síntomas. Y en el caso de las mujeres, con otro añadido: el chancro inicial, muy visible en el varón; en la mujer se encontraba con mayor frecuencia o bien en labios menores, o en el cérvix uterino, siendo mucho más difícil su detección. Y muchas prostitutas, temerosas de su suerte, ideaban mil y un remedios caseros para que no se les detectase ni el chancro ni sus exhudados. Y sin contar el periodo entre sífilis primaria y secundaria en el que la paciente estaría asintomática, pero con capacidad infecciosa. Pese a sus limitaciones, sería un método que sería practicado hasta la actualidad, y que permitía prevenir el contagio de un apreciable número de soldados.

Gicolama Hyeronimus Fracastoro. Dio el nombre científico definitivo a la enfermedad

También los cirujanos y barberos de entonces realizarían esta cura local contra sífilis y gonorrea: con una lanceta abrían un poco el meato urinario, para a continuación con un pera de agua rellena de algún desinfectante como el permanganato potásico, proceder a realizar vigorosos lavados de las vías urinarias. Se habla maravillas del curetaje, aunque siempre he pensado que gran parte del éxito provenía de que el paciente, durante mucho, muchísimo tiempo se le quitaban las ganas de cualquier tipo de contacto sexual.
El siglo XIX comenzó a ver un enfoque mucho más científico de la sífilis desde el punto de vista militar. De entrada, el descubrimiento de la vulcanización del caucho permitió la fabricación de los primeros compuestos de goma, entre ellos los condones que pasaron a ser fabricados con este nuevo compuesto desde 1855. Curiosamente, se seguirían usando durante mucho tiempo los de tripa, pues eran más finos, reutilizables y más baratos.
La actitud de los ejércitos fue muy variable. De entrada, todos ellos comenzaron a intentar definir un patrón tipo del soldado que contraía la sífilis, y resultaba que había un patrón muy común en todos ellos: edad de 20 a 25 años, soltero, y de estratos sociales muy humildes y con poca educación. En el caso de los británicos, que hicieron un serio estudio en sus tropas en la India, la sorpresa fue que la tasa de sífilis y otras enfermedades de transmisión sexual (ETS) eran mucho mayores entre los soldados de la metrópoli que entre los Cipayos y otras fuerzas nativas. Por lo general, los nativos tenían más edad, conocían en que prostíbulos no había que meterse y casi todos tenían esposa e hijos, que dependían de la paga del ejército para su subsistencia.

Tropas coloniales británicas, circa 1850. su tasa de ETS era mucho más baja que las de las unidades de la metrópoli.

Así pues la medida más habitual y promovida por los estados mayores era incentivar el matrimonio de los soldados e insistir en la abstinencia. Funcionaba si el ejército era pequeño y de tiempos de paz, pero si había que hacer levas importantes por una guerra el desastre era seguro. Eso mismo le ocurrió a los ejércitos de la Unión durante la guerra de Secesión. La tasa de sífilis entre los regimientos reclutados en grandes ciudades del este se disparó de forma alarmante, y todo ello pese a que poseían alguna de las factorías de preservativos más grandes del mundo.

Incidencia de la Sífilis según mapa encargado por el US Army en 1875.

Los alemanes, con su pragmatismo a ultranza, se dejaron de tonterías: suministraron condones a sus tropas en gran número (de hecho, casi todos los preservativos vendidos en la primera década del siglo XX eran de fabricación germana), aparte de dar clases de educación sexual y prevención de ETS a sus tropas, e imponer en su reglamento como ofensa castigable disciplinariamente, el contagiarse de sífilis. Por el contrario, los franceses del Tercer Imperio seguirían basándose en la abstinencia y en la insistencia en el matrimonio. Y peor aún, el ejército y la marina, considerados como garantes de la grandeza de Francia y representativos de sus mejores y más elevados valores, consideraban al enfermo de sífilis como indigno de portar el uniforme, y por lo tanto sujeto a la medida del licenciamiento deshonroso. Les pasaría factura años más tarde.
Soldado francés...

y Prusianos en 1870. Las diferentes actitudes ante el problema de sus sociedades y estados mayores traerían consecuencias negativas y positivas, respectivamente.