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lunes, 20 de enero de 2014

LA "NOVIA" DE LOS EJÉRCITOS (Parte 2)

Y llegaría el siglo XX, y todo cambiaría.
La primera revolución llegaría de la mano de un bacteriólogo alemán, el doctor Paul Ehrlich que en 1910 presentaría en el congreso de Wiesbaden, su revolucionario compuesto 606, la Arsfenamina, que fabricada por la casa Farbwerke – Hoechts, se haría mundialmente famosa con el nombre comercial de Salvarsan. Tan revolucionaria era la nueva medicina que la propia casa regaló más de sesenta y cinco mil dosis a médicos de todo el mundo (uno de ellos nuestro famosísimo D. Gregorio Marañón) antes de estar terminadas las pruebas (lo que le valdrían diversas acusaciones penales a Ehrlich, de las que saldría absuelto). El propio doctor lo definía como una bala mágica, y bien podía llamarse a sí, pues era el primer fármaco eficaz contra la sífilis, en una Europa en la que se calculaba que podía estar infectado del morbus gallicus hasta un 15% de su población adulta.


El principio activo era el venenoso arsénico, y ello traía sus buenos problemas. La nueva medicina era complicada de fabricar, y muy cara. Además su administración era por inyectable: por vía intramuscular muy desaconsejada pues era extraordinariamente dolorosa y además se solía necrosar la zona de inyección, y por vía intravenosa. En ésta última había que preparar con cuidado la solución para que la sosa usada junto con agua destilada para disolver el polvo amarillento en el que venía presentado no le hiciese perdiese actividad. Además no se podía esterilizar y si se tardaba más de treinta minutos en iniciar la administración, el compuesto se descomponía y le metías al paciente una dosis letal de arsénico. La infusión era molesta, tardaba más de 15 minutos, en ayunas, y debía reposar luego el enfermo en cama 4 – 5 horas después. Y ésta era una pauta simple, pues dependiendo de la gravedad y avance de la sífilis, las pautas podían ser bien complejas.

Kit para la administración del Salvarsán.

Los efectos secundarios eran los propios de una intoxicación arsenical: trastornos gastrointestinales severos, parálisis, necrosis en piel, ceguera, sordera…e incluso la muerte por envenenamiento, algo que ocurría en un caso de cada 200. Pero curaba la sífilis, y eso era razón suficiente para correr ese riesgo.


El ejército español, embarcado en una complicada guerra en Marruecos, con un ejército de leva compuesto por soldados de extracción muy humilde, entre los que se cebaba la sífilis y otras dolencias venéreas, discretamente, fue de los primeros en adoptar la nueva droga milagrosa. A tal efecto, con una delegación española, se trasladó en diciembre de 1910 a Alemania, el comandante médico D. Ángel Morales Fernández, el cual rápidamente introdujo el uso del Salvarsán entre el arsenal terapéutico de la sanidad militar española.


Dos años después, Ehrlich, nuevamente con la inestimable ayuda de su discípulo japonés, el doctor Sahachiro Hata presentó un compuesto mejorado, el 904, que la Hoetchs llamaría el Neosalvarsan. Mucho más estable y sencillo de usar, que permitió que la mortalidad iatrogénica descendiese a uno de cada 2000 casos de administración. También los militares españoles serían de los primeros en adoptarlo, con grandes resultados. De hecho, el control de prostíbulos, las campañas de información a los soldados y los exhortos a la abstinencia sexual, junto con el uso discreto pero intenso y muy eficaz del neosalvarsán consiguieron que en nuestra guerra civil la tasa de infección por sífilis fuese muy baja para un conflicto de dichas características. Y curiosamente ambos bandos actuaron igual, exhortando principalmente al ejercicio de la moralidad de los soldados y a la abstinencia sexual con prostitutas (Durriti, de hecho, llegó a expulsar de manera fulminante de su columna, en 1936, a toda mujer que practicase el comercio carnal).

Los Doctores Paul Ehrlich y Sahachiro Hata.

Y en esas llegó a la historia el primer conflicto militar con fuerte componente industrial entre grandes potencias: la I Guerra Mundial. La actitud de los diversos países e imperios fue muy variada. De entrada los alemanes (también los astro-húngaros, aunque en menor medida), cuyo actuación en parte copiarían los médicos militares españoles, consistía en un sistema rígido y reglamentado de “logística sexual”. Los burdeles tenían que ser autorizados y estar inspeccionados regularmente. Los soldados que los usaban debían a notar sus nombres en un “libro de visitas” indicando con cuál de las mujeres mantenían relaciones, se les suministraba un pack con preservativos y toallitas con cremas desinfectantes, y si podía haber sospecha de contagio debían someterse bajo pena de sanciones disciplinarias al correspondiente tratamiento.


Los británicos ignoraron el problema hasta 1915, en el que la tasa entre tropas de los dominios como los canadienses y los neozelandeses era tan alta, que los primeros ministros de los mismos exigieron un cambio de política a los altos mandos militares, pasando a tener un sistema no tan estricto pero más parecido al germano. Los estadounidenses también optaron por ignorarlo y exhortar a la abstinencia sexual, hasta que a finales de 1917 tuvieron que adoptar el sistema británico. Cerca de 400.000 de sus hombres ya se habían infectado por sífilis y gonorrea...


Pero lo de los franceses fue delictivo. Tenían una legislación muy estricta en esta materia, que llegaba a los extremos de encarcelar y tratar de forma obligada a las prostitutas que se infectasen de alguna enfermedad venérea. Pero aparte de insistir en el matrimonio y en la abstinencia sexual de los solteros, poco más hicieron. Además, seguía en vigor la expulsión del ejército, por comportamiento indigno, si se descubría que el soldado estaba infectado de sífilis. Pero habiendo en el mercado una carísima pero eficaz medicina, y ante las altas probabilidades que el Poilu común tenía de ser gaseado, enterrado vivo por la artillería o despedazado por las ametralladoras alemanas en tierra de nadie, en paraísos terrenales como Yprés, Verdún o en el Aisne, dicha expulsión ya no sonaba tan mal. El resultado es que la tasa de sífilis del ejército francés durante la primera guerra mundial, duplicó la de las demás potencias.


En 1928, Sir Alexander Fleming descubrió la Penicilina, y este antibiótico, sí que curaba la enfermedad de forma muy efectiva. Comparado con la bala mágica que era este nuevo fármaco, el Neosalvarsán más parecía una maza medieval que el fármaco milagroso que había sido. Y lo mejor, era que con el paso del tiempo se desarrollaron técnicas que permitían fabricarlo en masa y de forma muy barata. Los trabajos, en 1938, de Howard W. Florey, Ernest B. Chain y de Norman Hatley, abrieron el camino para que los científicos de la UDSA Northern Regional Research Laboratory y del casa Pfizer desarrollaran métodos de fabricación que lograrían bajar el precio de fabricación de una dosis de penicilina de los casi 300 dólares de finales de los años 30 al medio dólar de mediados de los cuarenta. Además, la penicilina curaba la sífilis con inyecciones intramusculares de fácil administración, era mucho más estable que los compuestos arsenicales, tenía muchísimos menos efectos secundarios e incluso se podía recuperar parte de la misma de la propia orina del paciente. Era el triunfo definitivo de la humanidad sobre la temida enfermedad. Y llegó a tiempo, pues en 1939 empezó otro conflicto de gran calado: la Segunda Guerra Mundial.


Penicillum Notatum.
Y precisamente la posesión de la Penicilina cambiaría, según los países la forma de enfrentarse a los contagios de sífilis entre sus tropas. Los alemanes, que carecían de ella, y que sabían que el antibiótico que tenían, las sulfamidas, era ineficaz contra las ETS, volvieron a hacer lo mismo que en la Gran Guerra. Para qué cambiar, les había ido bien, y su tasa de contagios de venéreas entre las potencias combatientes había sido la más baja de todas.


Pero lo de los japoneses no tiene mucha explicación…La bacteriología nipona siempre ha sido de un gran nivel, pero lo que es extraño fue lo mal aplicada que estaba en ciertas partes a sus fuerzas armadas. Ponían un gran cuidado en conseguir agua potable de calidad a sus soldados, pero (algo que asombraría a los servicios sanitarios aliados después de la guerra) muchos tratamientos eran erróneos o insuficientes. Según fue avanzando la guerra, la disponibilidad de muchos fármacos fue mucho menor, empeorando muchos problemas de salud, como fue el caso de la malaria.


En el caso de las ETS, predominaba más la cura local con tinturas yodadas o con cloruro de mercurio y sulfotiazol, usándose en menor medida el Neosalvarsán, y con una pauta muy discutible. Y era extraño, pues en la abyecta y bastarda versión del bushido que el soldado japonés estaba embebido ya desde el colegio, como soldado victorioso era y debía comportarse como un conquistador. Y esa visión implicaba que los vencidos, y mejor aún si eran civiles, eran con todo derecho objeto de todo tipo de rapiñas, incluidas las sexuales. Además, tanto el ejército como la marina gobernaban y mantenían una gran red de “casas de confort”, eufemismo de burdeles donde las mujeres eran esclavas sexuales. Y eso significaba que se las obtenía como se obtenía a un esclavo en la antigüedad, y se les trataba infinitamente peor.

"Mujeres de Confort", eufemismo japonés para referirse a las mujeres esclavizadas para prácticas sexuales. su destino era terrible...
Es cierto que se las reconocía médicamente de forma periódica. Pero no para tratarlas: toda la que tenía alguna enfermedad era ejecutada brutalmente, con gran variedad de posibilidades en dicha muerte. Los soldados, tratados con curas locales y pautas no muy correctas del compuesto 904, tenían muchas posibilidades de seguir manteniendo su infección de sífilis. Y aquí los japoneses, en su deficiente tratamiento de la malaria, encontraron un inesperado aliado. En 1917, el médico austriaco Julius Wagner – Jauregg descubrió que las fuertes fiebres que causaba la malaria dificultaban el contagio de la sífilis y mejoraban a los pacientes con cuadros primarios y secundarios de la enfermedad venérea. De hecho, y pese al Neosalvarsán, llegó a postular un tratamiento a base de inocular el parásito productor de la malaria, el Plasmodium Falciparum a los enfermos de lues, para luego tratarlos con quinina. Algunos morían de malaria, pero eso era preferible a padecer una enfermedad tan mal vista socialmente.

Dr. Julius Wagner - Jauregg
La gran mortalidad de soldados japoneses en los dos últimos años de guerra, junto con la abundancia de penicilina (que permitía curar a los ex – combatientes infectados de forma muy discreta) gracias a la ocupación militar aliada de Japón en los cinco años siguientes al final de la guerra, ha impedido conocer de forma exacta la incidencia de sífilis en el ejército y marina japonesa.
Los aliados gracias a la gran eficacia de la penicilina, lo tuvieron mucho más fácil. Los norteamericanos, que habían aprendido la lección de la I Guerra Mundial, hicieron un gran esfuerzo en la educación de sus soldados sobre modos de contagio, síntomas y posibilidades de tratamiento, así como modos de prevención. A tal efecto se realizaron multitud de cómics, folletos, manuales y posters, como el que un tal Stan Lee llegó a realizar (VD? Not for me!).



A los soldados que salían de permiso, se les facilitaba un “kit profiláctico químico individual” que contenía tres preservativos, una toallita jabonosa limpiadora, pomada con un 30% de calomelano (cloruro de mercurio) y un 15% de Sulfotiazol, y una hoja de instrucciones detalladas. A veces, incluso, y de forma sorprendente se incluían “por si acaso” un par de píldoras de sulfamida (totalmente inútiles como hemos visto contra gonorrea y sífilis).



La prueba de fuego vino al final de la operación Husky, en agosto de 1943. Messina quedó bajo gobierno militar americano, y el General George S. Patton que había conocido los estragos de la sífilis en la Gran Guerra ordenó que todos los burdeles de la zona quedasen bajo control directo del US Army, y todas las prostitutas fuesen reconocidas y tratadas médicamente. Los soldados sólo podían ir a lupanares “autorizados” y toda infracción de la norma, era castigada con una fuerte multa. El resultado, lógicamente, fue una tasa de ETS asombrosamente baja.
La otra cara de la moneda fue Palermo, bajo control militar británico. El General Bernard Law Montgomery, hijo de obispo anglicano, y muy puritano no quería ni oír hablar del tema, prefiriendo que sus capellanes insistiesen en la abstinencia… la tasa de ETS en el Octavo Ejército se disparó.
Pero la verdadera prueba de fuego vino a partir del 1 de octubre de 1943. En un irónico guiño al destino, volvemos a la casilla de salida, el puerto de Nápoles. Y si lo de Sicilia, una vez tomada, había sido una buena juerga, la ciudad italiana era Sodoma y Gomorra. Tal fue la tasa de contagio de ETS entre las tropas, que hubo miembros de la inteligencia británica que llegaron a pensar seriamente que podría tratarse de un complot del Eje. La solución, fue la que había realizado el US Army: control médico de los burdeles, educación a los soldados, kits de prevención, y obligación de declarar la enfermedad y someterse a tratamiento. Aún así, en la zona, la tasa de infección del mal napolitano seguiría siendo alta durante el resto de la guerra.


Los altos mandos aliados, así, se habían dejado de remilgos estúpidos. Comprendieron que los soldados eran hombres jóvenes, a los que les costaría resistirse no sólo a una buena juerga al volver del frente, sino también a las directas proposiciones y ofrecimientos de mujeres jóvenes, que agobiadas por la  gran necesidad y pobreza en las que la guerra las había sumido a ellas y a sus familias, no dudaban en tener contacto sexual a cambio de cosas que los soldados tenían muy a mano y en abundancia: comida, ropa o medicinas. No es de extrañar que en aquellos años, el producto más rentable para el mercado negro fuese la nueva droga milagrosa, la penicilina. Las nuevas medidas permitirían que en los años 1944 y 1945 la prevalencia de sífilis entre las tropas aliadas fuese la más baja que hasta entonces había tenido un ejército en suelo europeo.


¿Y qué hay de sus aliados soviéticos? Pues poco se conoce, fuera de textos en ruso, de cómo se enfrentaron a este problema. Pero si como muestra vale un botón, la Batalla de Berlín, en 1945, parece decirnos que no debieron hacerlo nada bien. Los soldados soviéticos, alentados por sus comisarios y su propaganda, recibieron carta blanca para tomarse la venganza, en Alemania, de la brutal ocupación de su patria durante casi cuatro años. El uso de violencia sexual no sólo se permitía, sino que además se alentaba. Y eso unido a una población muy empobrecida por los desastres de la guerra, no hace extrañar la alta tasa de enfermedades venéreas entre las filas de sus soldados. Concretamente la sífilis constituyó la segunda causa de baja de soldados soviéticos, sólo superada por la causada por los combates. Tan severo fue el problema que se solicitó a los aliados occidentales una remesa extra de penicilina, entregada al parecer por vía aérea. Una historia apócrifa de la guerra fría, aseguraba que en aquellos años, después del espionaje enfocado a obtener datos sobre la bomba atómica, la siguiente operación en importancia fue la infiltración comunista de los laboratorios Pfizer, a fin de obtener la máxima información para poder fabricar penicilina en gran cantidad en la Unión Soviética.


La sífilis ya podía ser tratada con eficacia, pero en absoluto estaba vencida, como demostraron las cifras de infección de la guerra de Corea. Durante los años 50 y 60, en muchos países occidentales, con los EEUU a la cabeza hubo un gran esfuerzo informativo sobre la misma a los jóvenes. Se buscaba así atajar la enfermedad desde su inicio, con prevención complementada con una red de dispensarios donde discretamente eran tratados los pacientes y sus parejas recientes. 
Además, la posología de las dosis fue mejorando, reduciéndose el número de inyecciones que se administraban, llegando hasta una dosis única intramuscular para sífilis primaria y secundaria de Penicilina G Benzatina de 2.400.000 de UI (aunque cuando yo estudié medicina, se recomendaba complementarla con dos inyecciones extras de dicho fármaco de 1.200.00 UI al quinto y al décimo día de la primera administración, hasta dar un total de 4.800.000 UI). Ese hecho mejoraba la adscripción al tratamiento, y desde luego era mucho más cómodo que las diez inyecciones seguidas diarias de, la mucho más dolorosa, Penicilina Procaína de 600.000 UI cada una (hasta un total de 6 millones de UI) que se ponían en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea.


Y esas campañas de prevención y tratamiento rindieron sus réditos cuando se enfrentaron los EEUU a la siguiente guerra en el Vietnam. Allí la relajación de la disciplina, las nuevas costumbres sexuales y el nuevo enfoque de la moral que dieron los años 60, junto con la amplia disponibilidad de servicios sexuales abundantes y baratos, propiciaron una tasa record de ETS, incluyendo la sífilis. Sin embargo, la existencia de pautas eficaces de tratamiento para todas ellas minimizó su impacto en las operaciones militares. Aunque, surgió una curiosísima historia: la de la “sífilis negra”.

Ejemplo de cómic educativo de los años 50.
Realmente, ya venía el cuento desde Corea, que a su vez aprovechaba una historia similar, sobre el destino durante la Segunda Guerra Mundial del personal con graves mutilaciones y quemaduras. Se decía que había un tipo especial de sífilis, incurable, que mataba con severa deformidad e inmensos dolores, ahogados en océanos de pus, a los infortunados pacientes. Cuando se detectaba un caso, rápidamente era evacuado a un secreto islote del Pacífico (que los “mejor informados” situaban cerca de la isla de Guam), donde allí quedaba hasta su espantoso final. No se les permitía regreso al hogar, para no difundir la enfermedad ni asustar a la población, y a sus familiares se les ocultaba la causa real de la muerte. A su ingreso, se les daba a elegir si preferían ser declarados muertos o desaparecidos en combate…


Desde luego que tal variante es totalmente falsa. Pero las fuerzas armadas norteamericanas no se cortaron, desde escalones superiores, en difundir el rumor, a fin de lograr evitar que muchos soldados se contagiasen visitando burdeles clandestinos o poco fiables.

Escena de la inmortal película "La Chaqueta metálica".

Cojo y manco quedaría el post si no mencionásemos la existencia de experimentos inmorales para conocer mejor el alcance de la enfermedad, que causarían especial vergüenza y rechazo a los médicos de las generaciones futuras. Como ejemplo mencionar la inoculación de sífilis para estudiar sus efectos y tratamientos a campesinos guatemaltecos en los años 40. Pero el más famoso sería el “experimento de Tuskegee” que comenzó en 1932.
Atraídos y engañados por panfletos que prometían atención médica gratuita, 600 varones negros y de clase baja de Tuskegee, Alabama fueron incluidos en un siniestro estudio. Se eligieron a 399 por tener la sífilis, y a otros 201 sanos como grupo control. Los enfermos no recibieron jamás tratamiento de ningún tipo, pese a la existencia de penicilina, durante 40 años de sus vidas. Sólo se les dijo que padecían una extraña dolencia sanguínea crónica. Así, durante esas cuatro décadas, se recogieron en detalle todas las manifestaciones clínicas de la evolución de un lues sin tratar. El precio fue muy alto: aparte del desarrollo de la forma terciaria en los supervivientes y la muerte prematura de 100 de ellos, también 40 esposas y 19 hijos e hijas se vieron contagiados. Pararía tal aberración gracias a las incansables denuncias de un joven epidemiólogo de San Francisco, el doctor Peter Buxton, que enterado desde 1965 no cejó en su empeño de ver cerrado tal monstruosidad. Lo lograría en 1972, tras filtrar todo el tema al New York Times. El gobierno, no se disculparía e indemnizaría a las víctimas hasta 1997.


Dr. Peter Buxton.

La sífilis como ya dije no está vencida. De hecho, después de la Gonorrea y muy por delante del SIDA, sigue siendo de las enfermedades de transmisión sexual con mayor prevalencia. Por el momento, los tratamientos siguen siendo efectivos, y apenas se ha informado de resistencias a los antibióticos, que en muchos casos más han tenido que ver con medicamentos falsificados o adulterados de alguna manera. También la clínica, tras el contacto del género humano con la enfermedad pasados uso siglos, ya no es tan brutal y rápida como al comienzo de nuestro relato. Pese a ello, la posibilidad que su infección afecte a un gran número de soldados no puede ser ignorada por parte de los servicios de sanidad militar.



Así que todavía queda mucho tiempo para poder seguir siendo la indeseada “novia” de muchos ejércitos.


viernes, 17 de enero de 2014

MUERE EL TENIENTE HIROO ONODA

         Hoy, la prensa de todo el mundo recoge el fallecimiento ayer, 16 de enero de 2014, a los 91 años de edad, de un gran soldado: el teniente japonés Hiroo Onoda.



       Nacido el 19 de marzo de 1922, en Kamekawa, Wakayama, fue destinado a las islas Filipinas, concretamente a la isla de Lubang, como oficial de inteligencia, en septiembre de 1944, con la misión de ejecutar tareas de reconocimiento, contrainformación, guerrilla y sabotaje contra las fuerzas invasoras norteamericanas. Sus órdenes, eran claras: cumplir con su deber, esperar al regreso de las fuerzas propias, y jamás rendirse ni tampoco suicidarse, durase lo que durase la misión encomendada.

       Junto con otros tres compañeros, el soldado Yuichi Akatsu, el cabo Soichi Shimada y el soldado Kinshichi Kozuka, mantuvo dichas órdenes aún después de la rendición del Japón. Fueron bastante activos, y su presencia era conocida. Yuichi se entregaría a los filipinos en 1949, enviando una nota a sus compañeros avisándoles que la rendición del Japón y la orden imperial de entrega de armas era cierta. Al igual que con los panfletos que veían, pensaron que eran tretas enemigas para hacerles desistir en su misión.



       En 1954, en un intercambio de disparos con una patrulla del ejército filipino que los buscaba, cayó abatido el cabo Shimada, continuando la lucha Onoda y Kozuka. Quemaron cosechas, sabotearon lo que pudieron, y no dudaban en enfrentarse, si no había remedio a civiles, policías y militares que les atacasen. Numerosas fueron las expediciones, algunas incluyendo a los hermanos de ambos, para lograr su entrega. Todas, incluyendo la de 1972 en la que participaban los hermanos de Onoda y su padre.

       Desde octubre de 1972, luchó en solitario, pues un encuentro fortuito con la policía filipina, mientras quemaban cosechas, derivó en enfrentamiento armado que acabó con la vida del soldado Kinshichi Kozuka, ya de 51 años de edad.

        Finalmente, serían los esfuerzos de un estudiante universitario japonés, Norio Suzuki, los que darían resultado. Lograría encontrarse con Onoda a principios de 1974, y ganarse su confianza. Pese a ello, el teniente seguía desconfiando, por lo que Norio, por indicación del propio Hiroo, volvió a Japón a buscar a su superior: el comandante Yoshima Tanigushi. Afortunadamente seguía con vida, y aceptó trasladarse a la isla de Lubang. Desde hacía 13 años, Onoda había sido dado por muerto, pero se rumoreaba que seguía vivo, y su historia al igual que otras parecidas, ya eran famosas en todo el Japón.

Norio Suzuki con el teniente Onada.

        La emotiva reunión tuvo lugar el 9 de marzo de 1974. El teniente Onoda acudió a ella con su fusil Arisaka, munición, granadas y su katana, sospechando de alguna emboscada. En una playa, le esperaba el mayor Tanigushi que portaba una carta del Emperador, en la que le ordenaba rendirse y entregar las armas. Tras oírla de labios de su superior, descargó su arma, la entregó, y se sentó a llorar en el suelo. Llevaba 29 años de lucha constante, y tocaban a su fin.



        La rendición oficial tuvo lugar al día siguiente, el 10 de marzo de 1974, en una base de radares de vigilancia aérea del ejército filipino situada en la misma isla. Asistió en persona Ferdinand Marcos, antiguo guerrillero, y presidente de Filipinas en aquellos años, a quien Onoda le entregó su katana. Le fue inmediatamente devuelta, junto con un perdón presidencial por las treinta muertes y el centenar largo de heridos que había ocasionado durante todos aquellos años de lucha en la selva. Curiosamente, conocía el tiempo de la misión, pues había llevado un detallado calendario por fases lunares que falló en sólo seis días con respecto a la fecha real.



       No se adaptó a la vida en su patria, y aunque recibió su paga atrasada de esos 29 años, no era una gran cantidad. Sin embargo logró un gran éxito editorial con sus memorias: “No surrender: my thirty-year war”, que podéis encontrar a la venta en internet todavía. Luego se trasladó al Brasil, donde regentó con gran éxito una granja. Posteriormente, fundaría en Japón la Onoda Shizen Joku, o escuela de naturaleza de Onoda, una especia de campamento educativo para jóvenes.



        Regresó a Lubang en 1996, donde pagó una escuela local de su bolsillo. Finalmente, el guerrero ya encontró la paz, ayer, 16 de Enero de 2014 en un hospital de Tokyo. Va desde aquí, mi humilde homenaje al bravo teniente Hiroo Onoda.

            (Una magnífica descripción de su odisea podéis encontrarla en este gran blog: www.sentadofrentealmundo.com/2009/10/el-teniente-hiroo-onoda.html).




lunes, 24 de septiembre de 2012

LOS MISTERIOS DEL HANGAR Nº 7



Consuélate si tu día ha sido malo, pues el día 4 de junio de 1942, del oficial piloto japonés del portaviones Ryujo, Tadayoshi Koga fue aún peor…

Tadayoshi Koga

Volando en un A6M Zero, en el ataque de dicho día a Dutch Harbor en las Aleutianas, fue alcanzado, muy posiblemente, por fuego desde tierra. Dañadas las líneas de combustible y con impactos en el motor, decidió aterrizar de emergencia en la cercana isla de Akutan, lugar designado como tal por los planificadores japoneses del ataque, y con un submarino cerca para rescatar a los pilotos abatidos. Todo debería haber ido como la seda, pero la gran humedad y blandura del terreno propiciaron que el aterrizaje con el tren desplegado del Zero, en vez de resolverse felizmente, o terminar como mucho con el popular “caballito”, acabase de forma trágica: con el caza volcado y el cuerpo de Koga, sin vida, en el interior, víctima de una fractura de primeras vértebras cervicales. Sus compañeros de vuelo, pensando que podría seguir vivo, optaron por no destruir los restos. Fue un gran error.

el Zero de Akutan.

El 10 de junio de 1942, el PBY Catalina del teniente William Theis, por azar, pues se había perdido, encontró los restos del caza nipón. Al volver a la base reportó su hallazgo, e informó que el caza no parecía estar muy dañado. Tras dos intentos de rescate, el 15 de junio de 1942, el caza fue recuperado, y enviado a Dutch Harbor, y de ahí, mediante el USS St Mihiel a Seattle y San Diego. Fue un extraordinario golpe de buena suerte.

el teniente William Theis, a la izquierda.

Hasta los primeros meses de 1942 muchos analistas británicos y americanos creían fervientemente que los aviones japoneses eran burdas copias de los occidentales, y como muy avanzado, tenían monoplanos de tren de aterrizaje fijo, y sorprendentemente muchos aseguraban, que los japoneses debido a sus ojos rasgados serían malos pilotos. Entró Japón en guerra, y fue la debacle.

lo que se pensaba que tenían los japoneses, a fecha de marzo de 1941.

Sus cazas principales, el Mitsubishi A6M Zero y el Nakajima Ki-43 eran soberbios; y no sólo eso, sino que parecía que podían alcanzar distancias impensables para cualquier caza conocido. Muy maniobrables, con armamento más que adecuado, y con una velocidad y maniobrabilidad enormes. Y no sólo los cazas, sino también sus aparatos de bombardeo, que mostraban diseños muy modernos y funcionales. Estaba claro que se desconocía casi todo de la industria aeronáutica japonesa, y tal confianza y desconocimiento de preguerra muy bien podía costar la derrota.

No es esta una historia sobre el que sería conocido como el “Zero de Akutan”. Sólo mencionar que, reconstruido, realizaría su primer vuelo con sus nuevos propietarios, el 20 de septiembre de 1942, a los mandos del capitán de corbeta Eddie R. Sanders, mostrando sus cualidades y virtudes contra otros cazas del arsenal aliado, sino también sus defectos y las “trampas” de los diseñadores japoneses, y muy en especial la práctica ausencia de blindaje, de depósitos autosellantes y radios de gran alcance. Cierto es que muchos de sus defectos, como por ejemplo, la vulnerable localización de los depósitos de oxígeno del piloto, detrás de la cabina, y sin protección, ya eran bien conocidos por los pilotos aliados, pero el conocimiento, de primera mano del mismo reportaba conocimientos invaluables. Tristemente este ejemplar se perdería en un curioso accidente en febrero de 1945: mientras iba por una pista de rodadura hacia la de despegue, el Curtiss SB2C Helldiver que iba detrás perdió el control, haciendo pedazos con su masiva hélice al Zero.

El Zero de Akutan, de nuevo en funcionamiento...con nuevos porpietarios.

Pero no bastaba sólo con un solo A6M Zero. Era preciso estudiar y conocer cada aeronave del arsenal japonés, y establecer una línea fluida de información entre los cerebritos de retaguardia y los hombres que día a día se tenían que jugar la piel contra estas máquinas. Y aquí nació, a finales de 1942, ATAIU,  Air Technical Allied Inteligente Unit. (también se puede encontrar en archivos y libros como ATIU o TIU).

Antes de seguir, se debe recordar cuáles eran los tipos principales de cazas aliados en el teatro del Pacífico en esas fechas. Olvidaros de P-47s, P-38s, y Mustangs, y también de Spitfires…la mayoría de las unidades americanas volaban con el venerable P-40, o peor aún, con una mezcolanza de P-39s y P-400s airacobras (la mayoría de los gurpos de caza no los soltarían hasta bien entrado 1944). Los P-38 Lightning comenzaban a llegar con cuentagotas al teatro de operaciones, y los Thunderbolt y Mustang tardarían aún más, y todo ello en virtud de lo decidido en la conferencia ARCADIA, de diciembre de 1941, en la que se decidió que Alemania “iba primero”.

Curtiss P-40 Warhawk.
P-400, versión de exportación del Airacobra, en Guadalcanal. Cruel objeto del chiste "¿qué es un P-400? un P-40 con un cero en la cola...

Los británicos no lo tenían mucho mejor. Aniquilados sus Brewster Buffalo en Birmania y Singapur, se mantenían en la India y el Índico, a duras penas, con una mezcolanza de Curtis Hawk 75 Mohawk y Hurricanes. Incluso su “superestrella”, el célebre Spitfire Mk V, llevado a toda prisa a Australia (deberían haber empezado operaciones en junio de 1942, pero gran parte de los cazas se desviaron en Freetown hacia Egipto. Los primeros vuelos fueron en Agosto, pero los escuadrones nº 54, 452 y 457 no recibieron suficientes cazas hasta noviembre), en su primer combate contra el Zero, había sido severamente vapuleado pues perdieron 13 de 27, por un Zero derribado (bueno, eso lo leeréis en un montón de libros del tema. La realidad fue otra: se trató de un comunicado muy crítico del Cuartel General de MaCArthur, tras dos batallas aéreas en marzo y en mayo de 1943. En la primera se perdieron cuatro Spitfires contra un Zero derribado y ocho bombarderos G4M dañados; en la segunda cayeron cinco Spitfires por siete Zeros dañados y siete G4M también dañados. El blanco de ambos bombardeos fueron cuarteles estadounidenses, que quedaron muy dañados; lo que motivó un enfado monumental). Australianos y neozelandeses aguantaban con sus P-40,  y los  cazas holandeses, ya ni existían…
Curtiss Hawk75 Mohawk IV. Pese a sus limitaciones dieron un gran servicio
Hurricane IIc en la India. Fueron el principal caballo de batalla de la RAF en dicha región hasta bien entrado 1944

Brewster Buffalo de la RAF. Fácil presa de los expertos pilotos japoneses
 
Spitfire Mk Vc


Sólo los F4F Wildcat de la US Navy y los P-40C del American Volunteer Group en China aguantaban algo…y eso con tácticas muy específicas. El resto, sufría y mucho. El pánico era grande, y los pilotos aliados reportaban a cualquier caza monomotor como Zero, y el resto de aeroplanos como “bimotores” o “aviones de ataque monomotor”, y no pocas veces, como diseños alemanes o italianos. Eso también debía cambiarse.

Cierto es que todas las fuerzas aéreas han reparado y probado aviones del enemigo. Por ejemplo, los japoneses del 64th Sentai probaron ampliamente en China un Curtiss P-40E capturado en Birmania (también probaron un B-17E capturado en Birmania). Pero lo que se pretendía que lograse el ATAIU era mucho más ambicioso. No sólo reparar y probar aviones enemigos, sino que realizar una gran labor de ingeniería, hasta el último tornillo, con una catalogación precisa de los desconocidos aviones japoneses, tanto en tipo como en número, informar a las unidades de cazas y generar documentación útil tanto para el estado mayor como para el piloto de caza y el instructor de vuelo. Y había que hacerlo en medio de una guerra, y ahora mismo.

bajo otra bandera...cazas P-40 y B-17 con insignias japonesas.
Los primeros intentos vinieron de un organismo “menor” en Anacostia, Washington DC, llamado TAIC por Technical Air Intelligence Center, con participación británica también. Al mando pusieron a un individuo disciplinado a la par que imaginativo, un tal capitán Frank McCoy (ascendería a coronel más tarde), junto con un sargento de su misma pasta, Francis Williams. Rápidamente se daría cuenta que la inteligencia debía ser complementada con exámenes in situ de aeroplanos japoneses.



El inicio práctico de dicho programa tuvo lugar en el aeródromo australiano de Eagle Farm, cerca de Brisbane, donde se les asignó para su trabajo el hangar nº 7. De forma inmediata, se puso al mando directo, en ese lugar, a otro oficial con una gran formación aeronáutica, el teniente Clyde D. Gessel. El conglomerado de ingenieros, mecánicos, pilotos, delineantes, lingüistas y demás personal de apoyo se lanzaron rápidamente a obtener aviones japoneses (había personajes realmente curiosos como el jefe de ala australiano Norman B. Tindale, arqueólogo y entomólogo, y con avanzadísimos conocimientos de japonés merced a su infancia allí). Y pronto encontraron un fértil terreno: Nueva Guinea.


Teniente Clyde D. Gessel.


Trabajo diario en el Hangar nº 7. Foto de Sybil Brady.

“Nadie vuelve vivo de Nueva Guinea”, mira que los japoneses estuvieron en agujeros terribles en el Pacífico, pero para el soldado y aviador japonés combatir en dicha isla, y por extensión en las Salomón, era una sentencia segura de muerte. Un terreno muy hostil y una resistencia aliada importante. Y las bajas, incluyendo entre los aviadores, aumentaron sin fin, hasta la práctica aniquilación de los mismos.
Los técnicos de ATIU enfocaron el problema de forma muy novedosa. Tenían expertos en investigación de accidentes aéreos, así que más que una inspección de restos de aviones nuevos o interesantes, los investigaban. Eran retirados y montados, buscando cuál era la causa de su destrucción, a fin de hacerla más eficiente, y las piezas, a la manera de arqueólogos, fotografiadas, descritas, dibujadas y catalogadas, en especial las que seguían siendo útiles, con vistas a la reconstrucción de aviones.  Se lograrían reconstruir en dicho hangar, procedentes de la región de Buna, tres cazas, de esta manera: un Mitsubishi A6M Zero con las nuevas alas recortadas en la punta, un Nakajima Ki 43 y un  Kawasaki Ki-61.

Ki-43 Oscar

Lo primero que se hizo, y que resultaría una obra que ya perdurará para siempre en el tiempo, aunque no se sepa bien su origen, fue catalogar los aviones japoneses que se iban descubriendo, y de la forma más sencilla de recordar posible. La denominación aeronáutica japonesa no era única, y tanto el ejército como la marina tenían la suya propia, y además eran bien liosas.

Por ejemplo el ejército imperial, después del fabricante, llamaba a todos sus aeroplanos como Ki por Kital, es decir, fuselaje, seguido de un número que se asignaba a cada diseño del mismo. Si había una modificación considerada como mayor, se añadía un número romano, I, II o III; y si era menor, una letra minúscula, kai, otsu, hei… (nuestras a ,b, c…), los motores recibían el prefijo Ha de Hatsudoki, Motor, y un numeral. La marina podía denominar de diferente manera el mismo motor, y en la industria tenían un número propio.

Por el contrario, la marina imperial, seguía un código parecido al de la marina norteamericana, así A6M5 mod 32, significaba A por caza naval, 6 el modelo de caza, M de Mitsubishi y 5 por la versión. Modelo significaba un cambio del cual 3 era cambio estructural y 2 el código del motor.  Pero también eran designados por Type y un numeral de un año japonés, como el A5M Type 96 Claude, o el Zero, llamado así por Type 0. también se usaba el código de letras a modificaciones menores, y pasados los años, sus aviones recibieron también nombres propios (igual hizo el ejército imperial): los cazas embarcados de vientos, los del ejército de aves, los cazas nocturnos de luces de, los de ataque de montaña y los de “ataque especial” de flores.

Como se puede ver, intentar recordar todo esto podía ser un horror, y a los sencillos occidentales nos es más fácil decir que hemos derribado en llamas a un tal Oscar que al modelo de Halcón peregrino de fuselaje número 43 modificación mayor 2ª con detallitos b…

La idea de los códigos la tuvo el sargento Williams, y al ser sureño, y de Tenessesse, la mayoría de los nombres iniciales tenía un fuerte aroma a dicha zona. Todos los nombres eran como máximo de dos sílabas, y sencillos de recordar. Así los cazas e hidroplanos recibirían nombres propios varones como Ki-43 Oscar o A6M Zeke (aunque nunca desplazaría a Zero), los bombarderos, entrenadores, aviones de enlace e hidrocanoas recibirían femeninos, y los transportes nombres que empezasen por T. sólo hubo dos excepciones a esa última, el Ki-44 que fue llamado Tojo y el Ki-61 que fue llamado Tony.

Kawasaki Ki-61 Tony
Nakajima Ki-44 Tojo.

Estos códigos se popularizaron de inmediato y se convirtieron en muy útiles para comunicaciones de radio, informes, reportes de avistamientos y un largo etcétera. Y hubo numerosas anécdotas al respecto. Contemos unas cuantas. El Zero Mod 32 de alas recortadas fue llamado Hap para agradecer al General “Hap” Arnold su gran apoyo al proyecto. Pero inmediatamente comenzaron los chistes sobre Haps en llamas con el irascible carácter del citado general, por lo que tras la oportuna protesta se cambio a Hamp. Algunos nombres femeninos se debieron a esposas, como por ejemplo el de Rally, o alguna de las WAAF de la unidad, como una Joyce, al parecer de muy buen ver. El famoso de Betty fue obra de Williams, en honor a una enfermera de buenas carnes que había conocido.

A6M mod 32 o Hap...digo...Hamp.

La lista de códigos fue enorme, pues se asignaba de forma inicial uno a cada informe de un posible nuevo avión nipón. Eso implicaba que, a veces, recibiese dos códigos diferentes el mismo aeroplano (como John que luego resultó ser un Ki-44 Tojo), pero como era un sistema dinámico, se corregía y mejoraba, haciéndolo cada día más útil. También recibieron códigos algunos aviones alemanes e italianos, pues se sabía que había cierto intercambio tecnológico entre paises del eje. Por ejemplo el Fw 190 era Fred, el Bf 110 era Doc y el He 111 era Bess; incluso el venerable Ju-52/3 tenía el suyo: Trixie. Curiosamente los únicos aviones alemanes que sirvieron con los japoneses fueron treinta He-112B comprados antes del estallido de la guerra del pacífico, y su código era (bastante apropiado) Jerry. Al empezar a aparecer el Ki-61, se reportó inicialmente que eran Bf 109 o Macchi C202. rápidamente se vio que era un avión japonés casi al 100% (el motor era de origen alemán), con lo que se quedó con el código del C202 que era Tony, y ya se sabía que no se había enviado ninguno a Japón.

Fw-190 "Fred". Se usaron sólo a fines de evaluación
Para uso de las unidades aéreas editaron una serie de magníficas fichas técnicas sobre cada avión. No sólo sus siluetas, dimensiones y pesos, sino prestaciones, armamento, carga, y en caso de bombarderos y similares, los campos de tiro de las diferentes armas defensivas. Incluso se mostraban la disposición de los tubos de escape y su patrón nocturno vistos desde la posición de la de ataque de las seis en punto, ligeramente desde abajo, información muy útil, pues desde finales de 1942 los japoneses comenzaron a realizar un alto porcentaje de misiones nocturnas. También venía reflejada la situación de placas de blindaje, depósitos de combustible blindados o sin blindar o la posición de cada tripulante. Tan útiles eran sus fichas que llegaron, de hecho, a comprometer el secreto del proyecto. Pese a las insignias aliadas en los aviones que volaban, los observadores aéreos los reconocían rápidamente, e informaban sus vuelos ¡como incursiones reales japonesas!

                               

ejemplos de fichas de los equipos de ATAIU.

Aparte de la gran labor de ingenieros, técnicos, mecánicos y pilotos, se recibió una inestimable ayuda de prisioneros japoneses. En el manipulado código del Bushido en que desde niños habían sido adoctrinados, la captura era el mayor deshonor después de la cobardía, y no había forma de lavar tal mancha. El prisionero japonés quedaba deshonrado y no volvía a ser aceptado, hiciese lo que hiciese, por lo que para un piloto capturado ya no había vuelta atrás. Se producía así un curioso fenómeno de evolución de la persona, en el que la colaboración total con el capturador no sólo era el único camino sino también deseable. Era mejor “servir” a un enemigo de forma honorable que seguir siendo un Ronin apestado y sin amo. Así, vista esta gran ventaja, los pilotos capturados después de un tiempo prisioneros, proporcionaban valiosas indicaciones e informaciones, e incluso llegaban a volar alguno de los aviones capturados, sin que existiese riesgo real de fuga o sabotaje.

La labor de los equipos de ATIU era inestimable, por lo que no es extraño que su acción se extendiese a Birmania, China, y a partir de finales de 1944 a las Filipinas. Y si Buna en Nueva Guinea había sido un delirio, los aeródromos japoneses en dichas islas resultaron ser Navidades perpetuas: un gran número de aviones para estudio, y lo mejor, de los últimos y mejorados modelos, como el Ki-84 o los torpederos B6N Jill y el escurridizo bimotor de reconocimiento Ki-46 Dinah…

J2M1 Jacks en vuelo.

La labor de ATIU no se extinguió al acabar la guerra. Al igual que las operaciones Overcast y Paperclip, el Japón imperial recibió proyectos semejantes. Así se llegaron a destinar, nada más y nada menos que cuatro portaaviones de escolta (los CVE USS Core, USS Barnes, USS Bogue, USS Tulagui) y el buque de apoyo a portaaviones USS Cumberland, para traer los últimos modelos de aviones japoneses para su prueba, ayudados de forma aún más intensa por pilotos japoneses que los habían volado un buen número de horas. Y no sólo era importante el estudio por las tecnologías que se podían aprender, sino también porque en poder de un gran número de movimientos de liberación nacional y nuevos países, quedaban aviones japoneses de combate, sus tripuaciones y personal de tierra. Así los comunistas de Mao volarían varios años más los Ki-43 Oscar, Ki-84 Frank y Ki-43 Tojo; Tailandia hasta casi los cincuenta tendría como caza principal al Oscar, e incluso los franceses en Indochina volarían diversos modelos contra el Vietminh hasta obtener aviones británicos y luego norteamericanos. Y más les valdría a los gabachos haber atendido las enseñanzas de ATIU…ahí habrían aprendido como volar bien los Ki-43 Oscar que tenían, avión reputado como fácil y dócil de volar si se sabía, evitando destrozar cierto número de ellos de forma innecesaria y las carcajadas de los pilotos japoneses, a los que habían puesto a hacer tareas secundarias sin atender a sus consejos…

No sólo se quedaron en la descripción de los aviones. Se hizo muchísimo más. Por ejemplo, se descubrió que en cada aeroplano, capturado o derribado, que examinaban los japoneses en sus fábricas instalaba una plaquita metálica en la cabina, en la que se informa mediante un simple código de la fábrica que lo había ensamblado, la fecha y el número de fabricación del mismo. Mediante dicha información fueron capaces de establecer la tasa de producción de cada modelo, su ritmo de fabricación y las fábricas más activas. También, mediante exámenes de las aleaciones utilizadas en armas, fuselaje y motores pudieron ver cambios en procesos de fabricación, por ejemplo con el nivel de magnesio de la de los motores, que al ser bajo y dar problemas en los mismos permitió orientar ataques hacia las vías de suministro de dicho material. Hasta se dieron cuenta que la munición perforante – explosiva de primeras series para las ametralladoras de 12,70 mm modelo Ho-103 Type 1 (que montaban el Ki-43 Oscar y el Ki-44 Tojo, por ejemplo) tendían a estallar justo al salir por el cañón, lo que obligaba a poner en el capó del motor una pequeña chapa a modo de blindaje. Y sin olvidar armas más extrañas, como el poco conocido cañón Ho-301 de 40 mm montado en las alas de algunos Ki-44, y alimentado por proyectiles cohete sin vaina…

el cañón de 40 mm Ho-301...
...y su proyectil cohete.

No fueron perfectos, por supuesto. Por ejemplo, algunos aviones importantes japoneses de fin de la guerra ni se lo olieron pese a su intenso historial de combate en los últimos meses, como es el caso del Nakajima Ki-100, y en otras ocasiones fueron víctimas de informaciones “intoxicadas”. La más famosa fue la del código Frank…el ya coronel McCoy quería darle su nombre a uno de los mejores cazas japoneses, y pareció que encontraba candidato en el espectacular Nakajima AT-27. Informes sin contrastar de inteligencia lo daban como ya en servicio, y hasta había artículos en varias revistas y periódicos japoneses. Era una treta como la alemana del Heinkel He-100…el tal caza era fruto de un concurso de una revista de modelismo de preguerra, patrocinado por Nakajima, en el que se pedía a los lectores que diseñasen un super caza que les gustaría que se construyese. El patinazo no fue mucho más allá (aún así se le asigno el código de Gus, por si las moscas), pues ese mes también apareció también el los cielos el Ki-84 Hayate, y McCoy tuvo su caza.

Nakajima At-27 Gus.
El que no se olieron...Kawasaki Ki-100.

El comportamiento de las unidades de ATIU, ATAIU, TAIU o TIU (como las queráis llamar) estableció estándares de actuación y análisis, y les sería a los aliados occidentales muy útiles cuando se tuviesen que enfrentar a otro enemigo chiflado por el secreto y la desinformación, y comenzasen a tener que llamar de alguna forma a los MiG-15, SU-7 y otros aviones modernos. Pero eso, como decían en Conan, es otra historia…

El Hangar nº 7 de Eagle Farm, en la actualidad.