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lunes, 24 de marzo de 2014

EL ATAQUE AL TORREY CANYON

El 13 de septiembre de 2013, la Audiencia Provincial de La Coruña dictó sentencia para uno de los casos más controvertidos de delito ecológico que han sacudido nuestro país: el famoso hundimiento del petrolero Prestige. Uno de los encausados, director general, por aquel entonces, de Marina Mercante, D. José Luis López Sors fue absuelto.

El Prestige se hunde. Nuevamente las costas gallegas volvieron a sufrir los efectos de la marea negra...

Quede claro que de ningún modo me voy a meter a considerar ni el caso ni la sentencia en sí. No es ni el objetivo de este blog comentar sucesos semejantes, ni tampoco reabrir viejas heridas sobre ciertos temas que ya bastante han hecho para dividirnos, aún más si cabe, a los españoles de a pie. Pero sí que me llamaron la atención unas declaraciones suyas a varios medios, al día siguiente, en las que comentaba que el ministro de fomento de aquel entonces, D. Francisco Álvarez-Cascos, le informaba de la existencia de dos cazabombarderos F-18 del Ejército del Aire, armados y preparados para atacar y hundir al Prestige, si así era decidido. Posibilidad que quedó descartada, invocando el caso del Torrey Canyon.


¿Pero que petrolero era ese, y que había ocurrido exactamente con el Torrey Canyon?
El Torrey Canyon, era un petrolero de clase LR2, es decir con un peso de 80.000 a 159.999 DWT (Dead Wieght Tonnage), y con unas medidas que lo ponían en la categoría de Suezmax, o las máximas permitidas para atravesar el canal de Suez. En concreto, tenía un desplazamiento de 61.263 GRT (Gross Tonnage Register) y fue construido en los astilleros de Newport News, en 1959. Poco después de su botadura, se le llevó a Japón, donde tras una cuidadosa “cirugía naval”, su peso pasó a las 120.000 toneladas, con un aumento de su tamaño que lo introdujo de lleno dentro de la citada categoría de Suezmax.

El canal de Suez.

Hoy sería un petrolero más del montón, pero en los años sesenta, y más aún con su impresionante velocidad máxima de 17 nudos, era uno de los tankers más grandes del mundo. La progresiva subida de los precios del crudo del Medio Oriente dictó la necesidad, por razones de coste, de construir petroleros con mayor capacidad, buscando abaratar los costes del transporte.
Pese a la nacionalización del canal de Suez por parte del régimen de Gamar Abdel Nasser a finales de los años 50, todavía se consideraba como una vía segura y abierta al tráfico naval, por lo que no se planteaban los astilleros la construcción de petroleros más grandes de los estándares de tráfico a través dicho canal. La guerra de los Seis Días, y luego la guerra de desgaste de principios de los 70, con su cumbre en el conflicto del Yom Kippur en 1973, llevarían al cierre de la citada vía de navegación, y la necesidad de construir barcos aún mayores, que hiciesen rentable la vía del cabo de Buena Esperanza. Pero por aquel entonces, petroleros como el Torrey Canyon, eran lo más grande que se esperaba ver surcar los mares.

El presidente de Egipto, Gamar Abdel Nasser. Su panarabismo modificó Próximo Oriente para siempre.

En 1967, era considerado el décimo tercer barco mercante más grande del mundo. En marzo de ese año, estaba a punto de terminar un viaje que iniciado en la terminal kuwaití de Mina Al Ahmadi, llevaba una carga completa de crudo a Milford Haven, en el suroeste de Gales.

Foto moderna de la terminal kuwaití de Mina Al Ahmadi.

Un posible retraso en la salida de puerto de no aprovechar la próxima pleamar, llevó a su capitán, el italiano, Pastrengo Rugiati, a tomar un rumbo desaconsejado por su peligrosidad, concretamente, entre las islas de Scilly y la costa. Un excelente relato del accidente, podéis consultarlo en el magnífico artículo de D. Luis Jar Torre, en el número de mayo de 199 de la Revista General de Marina (en la web está en http://www.grijalvo.com/Batracius/Batracius_Torrey_Canyon.htm).



Tal decisión llevó a que sobre las 9:00 horas del 18 de marzo de 1967, el Torrey Canyon, con rumbo 350 y a unos 16,5 nudos de marcha, chocase y embarrancase en Pollard’s Rock. Quedó parado, embarrancado, y con parte de sus tanques destrozados, lo que dio lugar al inicio de la inevitable marea negra. Por aquel entonces, afortunadamente, ya estaba surgiendo una importante conciencia ecológica, y una preocupación creciente por el medio ambiente, tanto en su conservación como en actuaciones especializadas para intentar mitigar los efectos de catástrofes medioambientales. Así que comenzaron de inmediato, las tareas de salvamento del crudo, todavía dentro del petrolero, así como de la limpieza de la mancha. El salvamento del buque, fue encargado a la prestigiosa empresa Wijsmuller (la misma que años después se encargaría de “nuestro” Prestige).

El Torrey Canyon, encallado.

Y tuvo problemas de inmediato: olas de más de seis metros, fuertes vientos, nuevas grietas en el casco…la tripulación, excepto el capitán, ya evacuada. Sólo él y los expertos de la empresa de salvamento a bordo. El esfuerzo de dicha empresa de salvamento fue máximo. De entrada, el remolcador de altura Utrecht, al que se le unió el Titan, el Stentor, y más adelante el portugués Praia da Adraga. Y el panorama no pintaba bien. Ya se habían vertido 30.000 toneladas de petróleo (de las 119.328 toneladas que transportaba); y 14 de los 18 tanques del petrolero, presentaban daños. Además, la sala de máquinas estaba parcialmente inundada.

Remolcadores Utrecht y Titan.
Inserción del equipo de Salvamento con helicópteros Westland Wessex de la Royal Navy.

Se comenzaron a parchear las brechas en el casco, y a insuflar aire comprimido en los tanques, con el fin de lograr una mayor flotabilidad que permitiera desembarrancarlo y remolcarlo posteriormente. Y el día 21 de marzo, la tragedia: una súbita y violenta explosión en la parte superior de la sala de máquinas, lanzó por la borda a un marinero portugués (el cual sobreviviría) y al capitán del Titan, H.B. Stal, el cual, pese a su rápido rescate, terminaría por sucumbir a sus heridas. Era inevitable, el petrolero estaba condenado…

Marea negra procedente del Torrey Canyon.

Y aquí entró, como de costumbre, a liarla la política. Por aquel entonces, de Primer Ministro estaba el laborista Harold Wilson. Y las cosas no le iban nada bien. La economía británica estaba en recesión, la libra sufriría ese mismo año una severa devaluación, y el paro aumentaba. Como es lógico, la popularidad del Premier británico estaba por los suelos. Y el naufragio estaba convirtiéndose en una patata caliente, y en un problema político y social de primer nivel. Para complicar aún más el problema, las islas Scilly, era uno de los distritos electorales que más le apoyaban, en especial, porque desde hacía tiempo tenía una casa de vacaciones en ellas (de hecho, tras su muerte en 1995, está enterrado en dichas islas). Había que hacer algo, y algo que fuese rápido y lo más espectacular posible.

El primer ministro Mr. Harold Wilson.

De entrada, reunión de emergencia de todo el gabinete en el lugar de los hechos. Concretamente, se eligió la estación naval de Couldrose, cerca de Helston, hecho que muchos autores argumentarían como un elemento de presión más para las decisiones que se iban a tomar. El 25 de marzo, vio el último intento de salvamento, con un tiempo que progresivamente empeoraba, y con vientos de fuerza 8, y una galerna ya establecida en el área. El 26 de marzo, el barco cedió, partiéndose en dos cerca del puente de mando. Había que actuar, y ya mismo…

La tormenta parte en dos el Torrey Canyon...

Si hay algo en lo que los militares de todos los países se esfuerzan, es en servir a sus conciudadanos de la mejor manera posible. Si dicho esfuerzo es máximo en tiempos de guerra, no se queda muy atrás el que se hace en la paz. Y reconocerme los militares que me leáis ésto: si dentro de las labores de protección de tus compatriotas y país en tiempo de paz, se puede usar armamento real, sin apenas riesgo de daños a terceras personas, entonces es un deber que se ejerce con notable satisfacción.
Y precisamente eso era lo que había decidido el gabinete de Mr. Harold Wilson: la solución militar. Recordando los tiempos de la guerra, se diseñó una operación de ataque aéreo, en dos fases bien diferenciadas: la primera consistía en bombardear el petrolero, y hundirlo, rompiendo así los tanques intactos, y vertiendo todo el petróleo en la mar. La segunda, era usando armas incendiarias, quemar todo ese petróleo, y evitar así la progresión de la marea negra. Sonaba muy bien sobre el papel, pero cuando lo oyeron los técnicos de salvamento marítimo, se quedaron roncos de tanto advertir de la profunda estupidez que iban a hacer.
El 27 de marzo la Royal Navy ordenó el abandono de la zona por los equipos de salvamento, y envió a la zona, el destructor HMS Daring. La orden de ataque aéreo era ya un rumor que era conocido por todos, y antes de la salida, siete marineros, que estaban en tierra, intentaron “escaquearse” de la misión, no lográndolo gracias a la acción del primer oficial. Fue una mancha en lo que sería una gran actuación de piquete de seguridad, y más contando que la orden de zarpar se había dado menos de ocho horas antes.

HMS Daring. Cabeza de la clase homónima de destructores. Dieron un gran servicio en las marinas británicas, australiana y peruana. Buques recios y muy marineros. De hecho, la modernísima clase de destructores actuales de la Royal Navy, los Tipo 45, han recibido de nuevo la denominación de Daring  Class.

El ataque comenzó en la mañana del 28 de marzo de 1967. La primera oleada, la integraban uno de los modelos de jet de ataque más bonito (y de servicio más largo e insigne) jamás construido, el Blackburn Buccaneer. Ocho de ellos, pertenecientes al 800 Sqdn de la Fleet Air Arm, y procedentes de la RNAS Lossiemouth, atacaron al Torrey Canyon con 42 bombas de alto explosivo y caída libre, de 1000 libras cada una. Los repetidos impactos devastaron los restos del petrolero, rompieron todos los tanques, y crearon algún incendio.



Tres instantáneas de uno de los aviones más bonitos jamás fabricados: el Blackburn Buccaneer.

A continuación, llegaron en perfecta formación entre ocho y doce (según fuentes) Hawker Hunters T7 de la RAF, pertenecientes al 234 Sqdn (que por aquel entonces era parte de la Unidad de Conversión Operacional nº 229 o OCU, por sus siglas en Inglés), y procedentes de la base de Chivenor. Cada uno arrojó, sobre la mancha de petróleo, dos tanques de unos 230 galones (imperiales, of course!), llenos de keroseno de aviación, y a una velocidad y altura que garantizasen su rotura completa e inmediata. La idea era crear una película de tan inflamable compuesto, que hiciese las veces de yesca, para que a continuación, otros dos Hunter T7, armados con cohetes de 5 pulgadas, con cabeza de fósforo blanco, hiciesen entrar en ignición dicha película de keroseno, y continuación, el petróleo inmediatamente inferior a la misma. El ataque tuvo gran éxito, y rápidamente el petróleo comenzó a arder, formando una gran (y contaminante) nube de denso humo negro.

Hawker Hunter T7.
Detalle de cohetes de 5" en un Hunter.

Y un par de horas después, se cumplió el pronóstico de los técnicos de salvamento. La subida de la marea, que además resultó ese día ser excepcionalmente alta para ese lugar y esas fechas, procedió a enfriar el petróleo, apagando el incendio creado con tanto esfuerzo por los pilotos de combate británicos. Entre los políticos, el pánico sustituyó a la satisfacción de los primeros momentos. Así que se ordenó un nuevo ataque para el día siguiente.

Las bombas alcanzan al Torrey Canyon...

...y el petróleo arde. Poco duraría.

El día 29 de marzo se puso toda la carne en el asador. A la escena volvieron nuevamente los Blackburn Buccaneer, esta vez serían doce procedentes de la RNAS Brawdy y pertenecientes al 800 Sqdn (existe una curiosa discrepancia en internet, pues ciertas páginas otorgan a este escuadrón el mérito del primer ataque). Les acompañarían un número similar de uno de los jets más feos jamás construidos, el De Havilland Sea Vixen, procedentes de la RNAS Yeovilton, y pertenecientes al 899 Sqdn. La RAF nuevamente aportaría Hawker Hunters T7 de la base de Chivenor. Todos ellos (algunas fuentes hablan que los Buccaneer portaban bombas de alto explosivo, pero son las mismas que otorgan el crédito del ataque del día anterior al 800 Sqdn) iban provistos de depósitos de combustible, llenos de “petróleo gelificado” con alta capacidad incendiaria, y el correspondiente dispositivo pirotécnico para lograr la ignición rápida y completa de la mezcla.



Y tres fotografías de uno de los aviones más feos jamás fabricados: De Havilland Sea Vixen.

Los periodistas pueden ser muy brutos a la hora de manejar conceptos técnicos. Es lógico. No pueden saber de todo, y la presión que impone dedicarse a varios artículos a la vez, junto con el escaso tiempo que tienen en la mayoría de las ocasiones para su confección, les aboca a errores a cual más grosero. Eso es algo que desde el mundo de la medicina conocemos, y a veces, sufrimos. Pero pensar que los periodistas, por esta circunstancia, son idiotas, es un error enorme, y por desgracia, muy común.
Puede que no se aclaren con el concepto técnico, pero desde luego, saben perfectamente cuando se les miente de forma descarada. Y si la mentira procede de un portavoz del gobierno, la detección funciona aún mejor. Y desde luego, eso del “petróleo gelificado” no se lo tragaba nadie. Lo que se había usado era lisa y llanamente, napalm. Y el problema era que debido a la mala prensa del mismo (las imágenes de civiles survietnamitas achicharrados en las noticias de la noche contribuyeron en gran manera), el gabinete de Wilson había declarado que las fuerzas armadas ya no lo usaban y se habían destruido todas las existencias. Y llegaba el desastre del Torrey Canyon, y varias escuadrillas lo utilizaban, y en cantidades bastante notorias. El escándalo fue de primera magnitud, pues en el Reino Unido (no como en otras partes de Occidente) eso de que el político mienta se lleva muy mal. Y para colmo de males, el segundo ataque sólo logró incendiar la mancha unas cuantas horas más, hasta que nuevamente las aguas volvieron a extinguir el incendio.

Ilustración de la época del ataque al petrolero. Ni el Hunter es el modelo correcto, ni se usaron cañones de 30 mm contra el mismo...
Otra un poco más acertada. El Hunter es del modelo correcto, el T7.

No se planteó un tercer ataque. Aparte de su inutilidad, la observación de los dos anteriores (no sólo por parte de los británicos, los soviéticos como buenos cotillas habían desplazado dos de sus barcos espías a la zona) reveló que contra un blanco estacionario, se habían fallado cerca del 25% de la munición empleada. Dio lugar, en plena guerra fría, a un buen número de chanzas en la prensa, y un fuerte dolor de cabeza en los estados mayores de la OTAN.

Y se decidieron por el uso de técnicas de limpieza medioambiental. Pero lo que al principio era una catástrofe ecológica local, ahora, tras los bombardeos, era un desastre medioambiental de primer orden, con incidente diplomático incluido. La gran marea negra estaba ya alcanzando las costas de la Bretaña francesa, que ya tenían lo suyo con sus propios naufragios, lo que motivó una protesta muy intensa por parte de Francia.

Extensión definitiva de la marea negra del Torrey Canyon.

Las barreras ya no eran apenas eficaces, así que se decidió por el uso de una nueva, y todavía poco testada, tecnología: los dispersantes de crudo. El producto usado, el BP 1002, funcionaba de forma mixta, como un solvente y un emulsionador, para dispersar y disolver el crudo. El problema era que derivaba de productos muy tóxicos usados en la limpieza de barcos, y no se había probado su efecto sobre el medio ambiente. En total, se acabaron usando, arrojadas desde 42 barcos, unas 10.000 toneladas del citado producto, el cual demostró una impresionante efectividad. De hecho, resultó ser demasiado efectivo: no sólo liquidó la mancha de petróleo, sino también todo organismo vivo. Más de diez años más tarde, las zonas donde no se usó el compuesto químico, se habían recuperado de forma mucho más completa que las otras. La catástrofe ecológica no pudo ser más completa.


Toda marea negra, en cualquier país, ocasiona importantes repercusiones políticas. El Prestige en España, el Amoco Cádiz en Francia, el Exxon Valdéz en los EEUU…pero afortunadamente cada desastre enseña nuevas lecciones, y las ya aprendidas son recordadas y aplicadas. Creo que tuvimos mucha suerte que una de ellas, la del Torrey Canyon fue recordada por el director de la marina mercante, en los no tan lejanos días de noviembre de 2002.

Otro desastre medioambiental en el canal: el Amoco Cadiz.

La utilidad y gran servicio que las Fuerzas Armadas prestan en tiempos de paz es innegable. Su equipo, organización y disposición de sus miembros son capaces de transformar el peor de los desastres en un caos más o menos organizado, y llevar ayuda a muchas personas. Pero tan importante como saber cuándo hay que requerir su ayuda, es conocer cuándo NO hay que hacerlo.

Y desde luego, que un F-18 Hornet cargado de bombas no es de ninguna utilidad para evitar el impacto de una marea negra…


sábado, 18 de enero de 2014

LA "NOVIA" DE LOS EJÉRCITOS (Parte 1)

Los aficionados a la historia militar repetimos siempre el mismo error: olvidar que un ejército es la representación de la sociedad que lo crea y mantiene, con todas sus luces y con todas sus sombras. Pero además cometemos otro: centrarnos en hablar de la efectividad de las diversas armas, tecnologías y tácticas, olvidando factores mucho más mundanos y comunes, que a lo largo de la historia han llegado a destruir numerosas fuerzas combatientes: las enfermedades. En algunos momentos las bajas por enfermedad han sido muy superiores a las que provocaba el enemigo, así patologías como la peste, el tifus, el cólera o la fiebre amarilla, por citar algunas, han llegado a tener una gran influencia en el resultado de batalla y campañas. Y entre ellas, curiosamente, debe figurar en un lugar de honor la protagonista de esta entrada en el blog: el Mal de Venus o Sífilis.


La sífilis está causada por una bacteria conocida como Treponema Pallidum, que cuando estudiabas medicina, si el catedrático de microbiología quería regalar puntos en el examen, sólo tenía que preguntar sobre ella: todos nos la sabíamos al dedillo. Se trata de una espiroqueta de una longitud no mayor de 15 micrómetro y diámetro de entre 0,1 a 0,2 micrómetros, que requiere la muy señorita tinciones específicas con plata para su correcta visualización. Es un patógeno exclusivamente humano, aunque una cepa, la Nichols, puede ser inoculada a primates o conejos, pero sin que desarrollen la enfermedad. Fue descubierto en 1905 por Schnaudin y Hoffman, aunque no sería hasta 1913, en el que el bacteriólogo japonés Hideyo Noguchi estableció que era el causante de la sífilis.

Treponema Pallidum.

Su origen, aún hoy en día es muy discutido. Hay tres teorías: la precolombina, la del intercambio colombino y la conocida como la de la “guiñada”. Todas ellas tiene sus defensores y detractores, y sus pruebas propias, y se centran principalmente en si la enfermedad existía en Europa antes de los viajes de Cristóbal Colón o después. La de la guiñada (enunciada por un historiador llamado Alfred Crosby) es una mezcla de ambas, que defiende que las infecciones por otros treponemas ya eran conocidas antes de los viajes del explorador, pero que el Treponema Pallidum vino de las Américas con una fuerza y una capacidad patógena realmente descomunal, por lo que ambas teorías están en lo cierto.

Huesos largos infantiles, precolombinos, que muestran estigmas de sífilis congénita.

Cualquier libro de historia de la medicina pone el inicio de la pandemia en el mismo punto geográfico y temporal: las guerras que nuestro reino sostuvo en la península italiana en los finales del siglo XV y principios del XVI, fundamentalmente contra la Francia de Carlos VIII. Y una de las posesiones más preciadas en esas tierras era el puerto de Nápoles. Se dice que los soldados españoles que combatían tanto bajo el blasón de los Reyes católicos como bajo el de la flor de lis del monarca francés, y que se habían contagiado en América, contagiaron a su vez a las prostitutas napolitanas, que a su vez, extendieron el mal por los soldados franceses durante la breve ocupación de la ciudad. De ahí su primer nombre: el mal napolitano.

Carlos VIII de Francia.

Cuando una enfermedad infecciosa aparece por primera vez en una población determinada, la expresividad clínica de la misma es exagerada, mostrando todo su potencial lesivo. Y más aún en una época en la que no se conocía la existencia de microorganismos y no se conocían ni remedios eficaces contra las mismas ni pautas de higiene que limitasen su expansión.
En aquella campaña por tierras italianas, al ejército de Carlos VIII de Francia no le pudo ir peor. Enfrente tuvo que vérselas con, quizás, el mejor general español de todos los tiempos: D. Fernando González de Córdoba, más conocido como el Gran Capitán. Sus nuevas tácticas, el inteligente uso que hizo en varias batallas de los nuevos arcabuces, destrozaron al ejército galo. Un ejército que ya estaba muy castigado por las fuertes bajas (en especial de nobles y oficiales) y por la irrupción de la sífilis entre sus filas. Al volver a Francia, como tal, se había desintegrado. La derrota unida a la enfermedad y al pésimo clima del final de la campaña contribuyeron al hundimiento de todo atisbo de disciplina, transformando a muchos soldados en rezagados, y a éstos, en temibles bandidos. Se produjo así una gran extensión de la nueva enfermedad por la campiña italiana, y posteriormente en la francesa, al llegar los patéticos restos del otrora orgulloso ejército francés a su tierra de origen. De hecho se comenta que tanto su general, el duque de Montpensier como el propio rey Carlos VIII se contagiaron del mal napolitano.


 De la gran virulencia de su contagio, y su rápida expansión dan fe que ya a finales del siglo XV comenzaron a aparecer leyes que obligaban a abandonar núcleos urbanos a los enfermos de sífilis. Así tenemos la ordenanza de Paris en 1498 o la de Londres a principios del siglo XVI. Tales ordenanzas tenían la ventaja de limitar el contagio entre los habitantes de la urbe en cuestión, pero a cambio de diseminar la enfermedad por la campiña circundante.
Aunque las primeras descripciones del mal son de las primeras décadas del siglo XVI (como la del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo) y en textos médicos ya aparece perfectamente establecida desde mediados del citado siglo, la denominación de sífilis no surge hasta 1530, y es obra del poeta y cirujano veronés Girolamo Fracastoro, que en su obra Siphylis sive morbus gallicus describe la dolencia en las carnes de Syphilo, un pastor que es castigado con la misma por enfrentarse al dios Apollo. Aparcaría con el tiempo otras denominaciones médicas del periodo como la de Lues, avariosis o bubas.

El cronista D. Gonzalo Fernández de Oviedo

Rápidamente es reconocido su origen como de transmisión sexual, lo que la convertía en algo extremadamente vergonzante. Así las denominaciones de la misma varía en virtud de quien era tu enemigo de entonces: los franceses lo llamaban el mal napolitano, los ingleses el mal francés, los holandeses el mal español, los rusos el mal polaco, y los turcos…simplemente la llamaban el mal de los cristianos. Y había otro elemento que la hacía aún más maldita, pues las mujeres contagiadas se la transmitían a sus hijos neonatos, al pasar éstos por el canal del parto, en lo que se conocía como sífilis congénita.


En aquellos tiempos la primoinfección, lo que hoy conocemos como sífilis primaria, tenía mucha más virulencia. En su obra Práctica de la Cirugía, el médico francés Jean de Vigo describía que la enfermedad comenzaba con la aparición, como mencionaba ya Paracelso “tras comercio impuro con una cortesana que tuviese bubones” (una curiosidad: los clérigos eran los únicos que se podían contagiar por una “corrupción” del aire)  de una lesión gelatinosa ulcerada de consistencia firme denominada Chancro (que podía aparecer en cualquier mucosa, desde la genital hasta la bucal), que no es exclusiva de la sífilis, y que puede darse en otras enfermedades de transmisión sexual. Lo que ya cambiaba era la gravedad del cuadro, caracterizado por la aparición de fiebre intensa, fuerte dolor articular adenopatías regionales, y un estado de laxitud general. Esta sintomatología, actualmente, ya es mucho más débil, siendo mucho más común la existencia del chancro. El periodo de aparición de la sintomatología desde el contagio podía ser de 10 días hasta las 5 o 6 semanas, con unos 20 días de promedio. Y aquí venía el primer problema, porque un enfermo podía estar ya contagiándola sin su conocimiento.

Chancro sifilítico en mucosa oral.

La clínica se resolvía por sí sola (si se sobrevivía a las fiebres) en unos días, pensando el paciente que ya estaba curado. Al cabo de meses (semanas en dichos siglos)  empezaba la sífilis secundaria caracterizada por fuertes cuadros febriles, aparición de manchas lívidas abultadas y la diseminación por el cuerpo de una serie de costras con forma de verrugas llamadas clavos sifílíticos, que producían un exhudado muy rico en bacterias que podía infectar por contagio directo de una mucosa con una mano o un objeto. Muchas veces esas lesiones se ulceraban, ocasionado fuertes dolores “que hacían aullar a los pacientes día y noche” como escribía Jean de Vigo, y con el grave peligro de infectarse por otros gérmenes ocasionando así la muerte por un shock séptico. La profusión de estos clavos era muy amplia llegando a desfigurar incluso al paciente, al igual que lo hacía la lepra, enfermedad que ocasionaba un rechazo social al individuo, patología que estaba en franca remisión y que venía a ocupar su hueco la sífilis, con la característica añadida de haber sido contraída por vicio nefando.

Clavos Sifilíticos

También remitía, si se sobrevivía, por si sola. Y también seguía pudiendo el enfermo infectar a otras personas con el Treponema Pallidum. Pasados los años aparecía la sífilis terciaria, caracterizada porque las lesiones descritas se induraban y cogían consistencia gomosa, por lo que se las conocía como gomas sifilíticas, junto con afectaciones importante de órganos que causaban ceguera, aneurismas de aorta e incluso demencia. En la época renacentista y posteriores, debido a las pésimas condiciones de vida, la falta de remedios y de higiene, y por la presencia de frecuentes reinfecciones, no era raro que esta etapa se presentase de forma solapada con la anterior, dejando convertido al paciente en una desgracia humana. Lo único bueno era que el paciente ya no tenía potencial de infectar a otras personas. Tan graves eran los cuadros que recibió la denominación de Variola Mayor, en contraposición a la temible viruela, que recibía la de menor.

Cómo podía deformar la sífilis terciaria. Destrucción de tabique nasal y tejidos circundantes.

Está claro que un soldado contagiado de sífilis quedaba inútil para el servicio, y se convertía en una importante carga. Modernamente se ha calculado que una mujer de mala vida infectada de sífilis, podía en un campamento militar del periodo, infectar a unos 15 a 25 soldados por semana, los cuales a su vez, se convertían en nuevos vectores de la enfermedad con prostitutas, campesinas y cantineras que estuviesen sanas. El contagio así podía llegar a ser exponencial con todos los problemas que conllevaba. Un ejército así afectado, en un par de meses podía llegar a perder hasta un 40 – 45% de su fuerza de combate (como llegó a ocurrir en más de una ocasión, como en el asedio de Novara a finales del siglo XV), lo cual no era algo que se tomase a la ligera. Y con un componente añadido: el general o príncipe que sufriese de tal desastre, desde luego, que no iba a ser bien mirado a su regreso. Una cosa es llevar a tus jóvenes a que los despedacen en algún remoto campo de batalla, y otra muy diferente es devolverlos a sus hogares convertidos en algo peor que leprosos.
"Las Dos Caras del Amor". Ilustración de portada del libro de poemas de Auguste Marseille. Muestra a la sífilis camuflada y con careta de una bella joven. 

Como es de esperar, rápidamente surgieron los primeros remedios y medidas preventivas. Algunas tan estúpidas como la recomendada por Cataneus, que hablaba de mantener “anudada la base de la verga después de yacer con mujer de mala vida, para impedir la diseminación del veneno variólico por el organismo” o el uso de vapores de la madera del Guayaco, que ya era usado contra la lepra. Otras de eficacia marginal, como tomar baños turcos o de vapor a gran temperatura (algo que en el siglo XX como luego veremos, elevar la temperatura corporal, sí que dificultaba la infección inicial). Por desgracia muchos creían que si había gran temperatura en los mismos, más rápida y segura era la curación, lo que causó no pocos accidentes mortales. Y los primeros fármacos específicos: los preparados mercuriales.


“Una noche con Venus, y una vida con Mercurio” rezaba un refrán. Y era cierto pues el paciente debía estar aplicándose esos fármacos durante toda su existencia. El mercurio metálico como tal no es tóxico, al no poder ser absorbido por el organismo (de hecho, en tiempos los mineros de tan preciado mineral lo bebían para recogerlo luego en sus heces y hacer contrabando del mismo). Por lo tanto hay que mezclarlo con algún compuesto graso que permitiese su absorción, y la acción terapéutica en el organismo. Y había multitud: desde combinarlo con aceite gris para formar “ovocones” o supositorios, el uso de calomelanos de mercurio para su administración oral en forma de tabletas blandas, mezclarlo con parafina para su inyección intramuscular o en forma de ungüentos mercuriales para fricciones y friegas en la piel. Se llegó a usar incluso el protocloruro de mercurio en forma de vaporizaciones para su absorción a través de los pulmones. Los nombres de los fármacos eran de lo más variado: Ungüento Napolitano, Agua de los caribes, Agua Astral, Bálsamo Solar… mi preferido era el Chocolat Verolique del barón francés Saint Ildephon, cuya publicidad rezaba “que podía tomarlo con tranquilidad el esposo delante de su mujer, sin que ella sospechase nada, y aún más, podía dárselo a ella como golosina que camuflaba el remedio, devolviendo así la paz al hogar”.

Guayaco, en una ilustración de la época.

Todos ellos tenían en común los mismos inconvenientes: el tratamiento era largo, no siempre eficaz (más contra las lesiones cutáneas) y muy caro, por lo que no estaba al alcance de cualquiera. Y lo peor eran los efectos secundarios: caída de pelo y dientes, afectación neurológica severa, alteraciones gastrointestinales, diarreas profusas y toda la amplia gama del hidrargirismo o intoxicación por preparados mercuriales. Como poco el paciente salivaba a litros, olía fatal y sus ropas siempre andaban sucias de lo que manchaban los ungüentos.
Antes y después del tratamiento con ungüentos mercuriales.
Poco cambiaría el panorama hasta los inicios del siglo XX. Sólo en materia de prevención habría alguna posibilidad nueva gracias a la mejora de un invento conocido ya desde los tiempos de griegos y romanos: el preservativo. Inicialmente un simple cobertor del glande, hecho de tela, y ciertas sustancias con capacidad espermicida, fue evolucionando a lo largo de los siglos XVI a XVIII a modelos más eficientes, que cubrían todo el pene, y fabricados con tripas de animales o cuero muy fino. Por aquel entonces ya surgieron leyendas negras y las dificultades que la moral imperante imponía a su uso. Se sabía ya que era eficaz para prevenir el contagio de la sífilis, pero muchos médicos comentaban que eso hacía que los hombres se arriesgasen aún más en contactos sexuales no seguros, y que no dejasen una forma de vida considerada como perniciosa y depravada. Además, también argumentaban, y con razón, que su fiabilidad no era buena, se picaban o se rompían si no se les fabricaba o mantenía con mimo. 

En aquella época eran reutilizables, aunque requerían cuidado constante, y por supuesto, eran carísimos. Aún así todo soldado profesional, de cualquier nacionalidad, que tuviese conocimiento de su existencia, hacía todo lo posible y pagaba lo que hiciese falta por conseguir tan vital artículo. Era eso, o terminar prontamente sus días, ciego, demente, desfigurado y rechazado por todos.

Preservativo fabricado en Suecia a principios del s. XVIII

Otra medida inicial que se comenzó a realizar, y los Tercios españoles fueron de los primeros, fue que los cirujanos, barberos y médicos de los diversos ejércitos revisasen periódicamente a las prostitutas y cantineras que acompañaban a las tropas. Es cierto que por aquel entonces no existía el cuerpo de sanidad como hoy lo conocemos, pero sí que un buen Maestre de Campo tenía cuidado en reclutar galenos y cirujanos lo más competentes posibles. Dichas revisiones como hemos visto, chocaban con el problema comentado de un periodo ventana entre el contagio y la aparición de los síntomas. Y en el caso de las mujeres, con otro añadido: el chancro inicial, muy visible en el varón; en la mujer se encontraba con mayor frecuencia o bien en labios menores, o en el cérvix uterino, siendo mucho más difícil su detección. Y muchas prostitutas, temerosas de su suerte, ideaban mil y un remedios caseros para que no se les detectase ni el chancro ni sus exhudados. Y sin contar el periodo entre sífilis primaria y secundaria en el que la paciente estaría asintomática, pero con capacidad infecciosa. Pese a sus limitaciones, sería un método que sería practicado hasta la actualidad, y que permitía prevenir el contagio de un apreciable número de soldados.

Gicolama Hyeronimus Fracastoro. Dio el nombre científico definitivo a la enfermedad

También los cirujanos y barberos de entonces realizarían esta cura local contra sífilis y gonorrea: con una lanceta abrían un poco el meato urinario, para a continuación con un pera de agua rellena de algún desinfectante como el permanganato potásico, proceder a realizar vigorosos lavados de las vías urinarias. Se habla maravillas del curetaje, aunque siempre he pensado que gran parte del éxito provenía de que el paciente, durante mucho, muchísimo tiempo se le quitaban las ganas de cualquier tipo de contacto sexual.
El siglo XIX comenzó a ver un enfoque mucho más científico de la sífilis desde el punto de vista militar. De entrada, el descubrimiento de la vulcanización del caucho permitió la fabricación de los primeros compuestos de goma, entre ellos los condones que pasaron a ser fabricados con este nuevo compuesto desde 1855. Curiosamente, se seguirían usando durante mucho tiempo los de tripa, pues eran más finos, reutilizables y más baratos.
La actitud de los ejércitos fue muy variable. De entrada, todos ellos comenzaron a intentar definir un patrón tipo del soldado que contraía la sífilis, y resultaba que había un patrón muy común en todos ellos: edad de 20 a 25 años, soltero, y de estratos sociales muy humildes y con poca educación. En el caso de los británicos, que hicieron un serio estudio en sus tropas en la India, la sorpresa fue que la tasa de sífilis y otras enfermedades de transmisión sexual (ETS) eran mucho mayores entre los soldados de la metrópoli que entre los Cipayos y otras fuerzas nativas. Por lo general, los nativos tenían más edad, conocían en que prostíbulos no había que meterse y casi todos tenían esposa e hijos, que dependían de la paga del ejército para su subsistencia.

Tropas coloniales británicas, circa 1850. su tasa de ETS era mucho más baja que las de las unidades de la metrópoli.

Así pues la medida más habitual y promovida por los estados mayores era incentivar el matrimonio de los soldados e insistir en la abstinencia. Funcionaba si el ejército era pequeño y de tiempos de paz, pero si había que hacer levas importantes por una guerra el desastre era seguro. Eso mismo le ocurrió a los ejércitos de la Unión durante la guerra de Secesión. La tasa de sífilis entre los regimientos reclutados en grandes ciudades del este se disparó de forma alarmante, y todo ello pese a que poseían alguna de las factorías de preservativos más grandes del mundo.

Incidencia de la Sífilis según mapa encargado por el US Army en 1875.

Los alemanes, con su pragmatismo a ultranza, se dejaron de tonterías: suministraron condones a sus tropas en gran número (de hecho, casi todos los preservativos vendidos en la primera década del siglo XX eran de fabricación germana), aparte de dar clases de educación sexual y prevención de ETS a sus tropas, e imponer en su reglamento como ofensa castigable disciplinariamente, el contagiarse de sífilis. Por el contrario, los franceses del Tercer Imperio seguirían basándose en la abstinencia y en la insistencia en el matrimonio. Y peor aún, el ejército y la marina, considerados como garantes de la grandeza de Francia y representativos de sus mejores y más elevados valores, consideraban al enfermo de sífilis como indigno de portar el uniforme, y por lo tanto sujeto a la medida del licenciamiento deshonroso. Les pasaría factura años más tarde.
Soldado francés...

y Prusianos en 1870. Las diferentes actitudes ante el problema de sus sociedades y estados mayores traerían consecuencias negativas y positivas, respectivamente.