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martes, 18 de marzo de 2014

AL SERVICIO DE SU MAJESTAD 4 (Parte 2)

VALENTINE (1943 - 1960)


En la operación Husky de julio de 1943, no participó ya ningún Valentine en las unidades acorazadas británicas. El Sherman ya se fabricaba en número suficiente para sustituirlos, con la ventaja de ser un carro de combate mejor y más polivalente. Los que quedaron en el Norte de África fueron destinados a los franceses libres, que no los aceptaron tan mal como a los Crusader, pero aún así siguieron exigiendo Shermans y cazacarros M10. Y también a los polacos, que entrenaron con ellos sin parar, y que los acogieron de maravilla, pero huelga decir que esa gente le tenía tantas ganas a los alemanes que eran capaces de irse a combatirlos incluso subidos a un triciclo armado con un tirachinas…

Sí que participó un derivado del Valentine que se había estrenado en la campaña de El Alamein: el cañón autopropulsado Bishop. Dicho nombre, obispo, seguía la broma del GMC M7 americano de 105 mm, que debido a su curioso montaje en púlpito de su ametralladora AA ma deuce del calibre cincuenta, era apodado como Priest, cura. Era el primer intento serio de los británicos de producir en serie un vehículo similar, y para ello encargaron a nuestros viejos amigos de la Birmingham Railway Carriage and Wagon Co. Así que cogieron el bien probado cañón OQF de 25 libras y el bien probado chasis del carro de combate Valentine: fue un fiasco…


La pieza era demasiado grande y pesada para la estrecha cámara de combate, lo que obligó a montarla bastante alta. Su peso, empeoró las prestaciones de los Valentine II y III usados para la conversión. Y lo peor es que los diseñadores se empeñaron en colocarla en una casamata cerrada y con blindaje de 30 mm. De resultas, el “invento” tenía una silueta muy alta, y la pieza un movimiento transversal de sólo 4º a cada lado. Peor era la elevación, limitada a 15º, lo que implicaba que su alcance quedaba disminuido a unas 6.400 yardas, contra las casi 14.000 del cañón original. Y la munición, reducida a 32 proyectiles, repartidos en 21 de alto explosivo y 11 perforantes anticarro (no olvidemos que se usaba ese cañón como pieza antitanque a la desesperada). La cámara de combate sólo aceptaba a tres tripulantes en la torreta, en condiciones atroces de estrechez incluso para un Hobbit… sólo se fabricarían 149 vehículos, que se usarían en el Norte de África, algunos en Sicilia, y en muy escaso número, hasta recibir piezas mejores como el M7 o el Sexton, en la campaña italiana.


Dos vistas de la estrecha cámara de combate del Bishop.

Poco a poco, los Valentine que quedaban en servicio eran reemplazados por Shermans, Churchills y luego A27M Cromwells, lo que significaba que quedaban un buen número de chasis, en buen estado, y muy fiables mecánicamente para los más variados proyectos. Nuevos vehículos que se veía que serían muy necesarios en la invasión de Francia, la que sería la operación Overlord. ¿Hacía falta un transportador pesado? Valentine. ¿Se precisaba un carro que iluminase por la noche las operaciones? Valentine. ¿Se debían mejorar los Scorpion barreminas?, pues Valentine… Tres serían sin embargo las modificaciones que más fama alcanzarían.

La más exitosa, curiosamente, es la menos conocida: el Valentine Lanzapuentes. Hasta ocho compañías fabricarían un total de 282 de estos carros de ingenieros, con precios muy variables, desde las 643 libras hasta las 1.150 libras esterlinas, por cada puente. Se usarían en todos los terrenos de operaciones, desde Italia pasando por Birmania, y hasta el final de la guerra, desde su entrada en servicio en Otoño de 1942. En Italia, se decía que uno sólo de ellos era más valioso que un regimiento de carros Churchill, y no se escatimaba esfuerzo alguno en proteger su vital labor. Por ejemplo, la 27ª Brigada Acorazada, el día D, planeó su desembarco en la tarde del 6 de junio con vistas a proteger sus tres valiosísimos Valentine Scissors Bridgelayers. En 1949, en el ejército británico quedaban todavía unos 21 en inventario, y los dos últimos se retiraron en 1959.



Los desembarcos de Madagascar, Sicilia y Salerno revelaron la gran necesidad de toda fuerza de asalto anfibia en los primeros momentos: es imprescindible contar con apoyo de carros en la primera oleada misma. Desembarcarlos directamente desde los barcos exponía a éstos a un fuego hostil de forma inaceptable. Y la otra posibilidad, equiparlos con dispositivos de vadeo profundo no era del todo ideal. Algo tan simple como un cráter provocado por el bombardeo de la artillería naval podía hacer que se hundieran e impedir su llegada a la playa. Era preciso, por tanto, que los carros de combate pudiesen navegar por sus propios medios.

Hasta entonces los intentos habían sido muy diversos, y poco exitosos. Desde los complicados y farragosos Tauchpanzer sobre PzIII germanos, a los excesivamente ligeros, voluminosos y mal armados Type 2 Ka Mi nipones. Pero los aliados tuvieron la inmensa fortuna de contar con un extraordinario inventor e ingeniero de automoción de origen Húngaro: Mr. Nichols Straussler.

Tauchpanzer alemán
Type 2 Ka Mi japonés.

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial emigró a Gran Bretaña a trabajar con la Alvis Ltd en sus proyectos de automóviles. Era ya un reputado ingeniero en su Hungría natal, aunque era famoso por sus diseños excéntricos y futuristas. La idea que tuvo para crear carros de combate anfibios no podía ser más sencilla a la par que innovadora. De entrada pensó en usar botes de asalto de lona plegables que pegados a los laterales proveyeran de suficiente flotabilidad, pero la idea no le pareció lo suficientemente buena: la idea de ver playas llenas de dichos botes, que además eran demasiado frágiles, no le satisfacía.

Nichols Straussler

Así que en 1941, logro hacerse, gracias a la casa Vickers, con un carro ligero Mk VII Tetrarch y modificarlo con su revolucionario diseño. Lo presentó en Londres, en Hendon Reservoir en Junio de 1941 a una comisión encabezada por el general sir Alan Brooke. Todos quedaron realmente impresionados…el citado carro ligero flotaba gracias a una pantalla de lona plegable, que seguía funcionando aún siendo dañada por fuego de ametralladora, y se propulsaba por su propio motor, que trasmitía su energía a una hélice trasera que se podía plegar en tierra. No podía ser más sencillo a la par que eficaz.

El primero: Tetrarch DD

En un nuevo testimonio a su fiabilidad, se elegirían versiones con el motor GMC para los ejemplares de producción, la cual terminaría en diciembre de 1944. Para entonces, se fabricarían 137 Valentines DD sobre chasis del Mk V, unos 198 sobre el Mk X y 260 sobre el Mk XI. Se reunirían en una unidad: la 27ª Brigada Acorzada, constituida por el 4th/7th Dragoon Guards, 13th/18th Hussars y the East Riding Yeomanry (habría un cambio en febrero de 1944, quedando la 27ª acorazada sólo con los Dragoon Guards como unidad con DD, y pasando el 13th/18th de húsares a la 8ª Brigada acorazada, los East Riding Yeomanry volverían a usar blindados normales, dejando su equipo DD a los Sherwood Rangers). Entrenarían con gran intensidad las especiales características de sus nuevas monturas, y extraerían lecciones muy valiosas de su empleo: la primera, que no se debían usar en mar con más de fuerza 3, que la distancia máxima para ser botados desde los LST era de 4500 yardas, y que el momento más peligroso era al salir por la rampa de dichos LST; momento en el que se corría el riesgo, si no se conducía con cuidado, de hacer extensos rasgones en la lona de la pantalla.



Dichas lecciones no saldrían gratis, habiendo numerosos accidentes en el entrenamiento. Uno de los más graves lo sufriría el 4th/7th en la bahía de Studland, el 4 de abril de 1944. Un cambio brusco en la intensidad del viento ocasionaron olas de más de 5 metros, que terminaron por hundir a 6 Valentines DD con la muerte de 6 tripulantes; llegando el resto de carros a la costa prácticamente inundados.

Valentine Mk IX DD, conservado en la actualidad, y propiedad del coleccionista John Pearson.

Es cierto que al final quien se llevaría la fama el Día D serían los DD sobre el carro norteamericano Sherman, pero por poco. Por ejemplo, el 12th/18th Hussars cambiarían sus últimos Valentine DD por Shermans DD de fabricación norteamericana, justo el día antes de la invasión, el 5 de junio de 1944. Pero su contribución a entrenar tripulaciones y mandos en el difícil empleo de los nuevos carros anfibios no debe ser olvidada. Sólo comparando el éxito de los Duplex Drive en las playas británicas y canadienses con el desastre de los batallones de tanques 743 y 741 del US Army en la playa de Omaha (dos unidades que sólo llevaban entrenando desde finales de abril) se puede dar uno cuenta de la gran importancia que tuvo disponer durante esos cruciales meses de los Valentine DD.

Al final se llevó toda la gloria: Sherman DD.

Pocas acciones de combate verían los Valentines anfibios, y sería en teatros secundarios: con el 7th Hussars en el cruce del río Adige, en Italia, el 29 de abril de 1945; y con el 25 de Dragones en Birmania, también en abril de 1945.

Es increíble la cantidad de lecciones que los constructores de carros de combate británicos no supieron aprender de sus homólogos alemanes. Una de ellas fue el cómo montar un buen cañón antitanque de éxito en un blindado. A finales de 1942 los británicos creían haber dado con “su” 88 mm, el cañón OQF de 17 libras, y como es lógico, se lanzaron colocarlo en el mayor número de blindados posibles.

OQF de 6 libras...
...y OQF de 17 Libras. Vencer a los carros de combate sólo con energía cinética comenzaba a requerir piezas cada vez más masivas y pesadas.

Los germanos ya conocían esas conversiones y sus problemas, y el fundamental era que un cañón anticarro tiene unas necesidades y características en su diseño que no lo hacen del todo apto para un blindado. Es más pesado, y su recorrido del retroceso suele ser mayor. Así que los modificaban a las versiones KwK (kampfwagenkanone), adaptados a su uso en carros de combate. No hacerlo significaba o bien renunciar a blindaje o bien tener blindados de gran tamaño.

Los primeros 17 libras iban montados sobre cureñas de cañones de artillería de campaña de 25 libras. Colocarlos en la torreta de un blindado tenía sus buenos problemas...

Al final sólo saldría bien montar el 17 libras en dos blindados de origen americano, el Sherman y el cazacarros M10, dando lugar al Firefly y al Achilles, respectivamente. Sólo saldría bien su montaje en un blindado de origen británico, en el fiable Valentine. Su nombre: el cazacarros Archer.


El primer prototipo fue mostrado al ejército británico en abril de 1943. Y de entrada supuso un buen shock. El frontal del Valentine había sido sustituido por el glacis modificado del cancelado carro Vanguard, la velocidad había sido aumentada a 20 millas por hora (sin que la suspensión sufriese por ello), la cámara de combate no tenía techo blindado, y lo más increíble…como era imposible que el cañón se montase de forma tradicional, por alterar de forma dramática el equilibrio, se colocó… ¡disparando hacia atrás! No es de extrañar que un memorando de fecha del 7 de junio de 1943 dijese “que el War Office no estaba del todo satisfecho con el vehículo”.

Si se hubiese destinado a unidades normales de carros, seguramente hubiese sido un desastre. Pero se mostró a la Royal Artillery, que era la que tenía la potestad de uso de las piezas antitanque. Y eso fue un gran acierto.

El cañón anticarro de 6 libras se consideraba pesado ya, con sus 1.140 kilogramos. Pero es que el 17 libras ya se subía a los 3.000 kilogramos, y era por tanto engorroso y complicado de maniobrar y colocar en posición. Y de repente, a los sufridos artilleros británicos se les entrega un vehículo que lo monta, fiable, fácil de mantener, y con una maniobrabilidad aceptable. Quedaron encantados casi de inmediato.

La producción del mismo empezó en mayo de 1944 y terminó en febrero de 1945, con cerca de 400 ejemplares construidos. No entró en combate hasta principios de noviembre de 1944, con el 21 Grupo de Ejércitos. Y el que disparase hacia atrás el cañón, lejos de ser una desventaja se convirtió en una apreciada virtud. Sus tripulantes usaban tácticas propias de cañones anticarro, no de carros de combate. En acción, el conductor abandonaba su puesto dejando el motor en marcha (si no lo hacía, el retroceso de la pieza le podía fracturar el cráneo) y se colocaba como otro cargador más (había almacenes de munición a ambos lados de la pieza). Se disparaban varios proyectiles en sucesión rápida, y continuación volvía a su puesto y salía disparado hacia delante a colocarse en una nueva posición.


A lo largo del invierno de 1944 – 45, muchos contraataques blindados germanos se encontraron súbitamente enfrentados a un fuego preciso y asesino de piezas de 17 libras que parecían desvanecerse y volver a reaparecer en otro lugar. El éxito del cazacarros Archer, con estas tácticas fue enorme. Y había otra ventaja que no tenían los tripulantes del Achilles. Éstos, al tener torreta y disparar hacia delante, muchas veces se veían obligados por mandos inexpertos, que no daban la necesaria importancia y cautela de uso que imponía su techo descubierto y su escaso blindaje, a actuar de cañones de asalto en apoyo directo a la infantería, con las lógicas altas bajas de tripulantes y vehículos. En Italia, donde habitualmente las escasas tropas de Achilles apoyaban regimientos de carros Churchill, fue preciso que el alto mando emitiera una orden que prohibiese su uso en misiones que no fuesen las antitanque.



Archers en los combates de 1944 - 1945. Las tres fotos están tomadas en suelo alemán, entre febrero y marzo de 1945.

El Archer, con su exótica posición del cañón no tenía ese riesgo. Muchos de esos mandos inexpertos no le encontraban utilidad de cañón de asalto a un cazacarros que tenía que atacar haciendo la marcha atrás…Sería de los últimos Valentine en servicio, pues el ejército británico los mantendría en uso hasta el año 1955. Un gran número (sobre unos 200) serían cedidos a Egipto, donde combatirían (con poco éxito) contra sus antiguos dueños, menos de un año después.

Archer en el ejército egipcio. Nótese el T-34-85 en segundo plano.

Y lo divertido del uso del Archer fue que devolvió a primera línea a los carros de combate Valentine con torreta y cañón. No se había fabricado una versión de mando del Archer, y las baterías deseaban un vehículo blindado para la misma. Además, al no estar dotados de ametralladoras los cazacarros, se deseaba tener alguna medida de protección contra saltos de infantería. La elección era lógica: echarle mano a los Valentine de últimas series que languidecían en los depósitos de las Islas. Se eligieron los Mk X (6 libras) y Mk XI (75 mm) por tener ya incorporada en la torreta una Besa coaxial, y disponer de munición de alto explosivo para ambos cañones. Se les denominaría en su nueva función como Chargers.

Valentine MK XI Charger en Holanda, 1945.

Es cierto que existieron versiones de mando del Valentine, fabricadas años antes, y también versiones de uso de observadores de artillería, las Observation Post, a los que se les desmontaba el cañón principal (se dejaba uno falso para engañar) y se les aumentaba el complemento de radios. En los Chargers sólo se colocaban radios nuevas, a expensas de parte de la munición, dejando el armamento intacto, pues interesaba que siguiese allí para protección cercana de los cazacarros. Sólo era tripulado por su comandante y artillero en combate, pues éstos viajaban en un vehículo de ruedas de manera habitual, por lo que la gran estrechez sólo se notaba en acción. Y acción fue lo que vieron de nuevo estos Valentines, y en gran número, a lo largo de las campañas de finales de 1944 y de 1945. Fueron muy útiles en esta función, lo que da fe que en un memorando del 21 Grupo de Ejércitos de fecha 27 de abril de 1945, pedía 91 Valentines Mk XI para sustituir vehículos perdidos operacionalmente o al límite de su vida útil…

y otro Charger, éste ya en Alemania, concretamente en Hopsten.

El Valentine, y sus versiones, fue un carro con gran vocación internacional, sirviendo en los ejércitos británico, canadiense, jordano, egipcio, portugués, sudafricano, turco…pero hubo en dos en los que alcanzó un éxito arrollador: con el ejército soviético y el neozelandés.

Los soviéticos recibieron sus primeros Valentine a finales de octubre de 1941. Y al igual que el Matilda, no pudieron venir en mejor momento. Vapuleados sin descanso desde el mes de junio, los alemanes estaban casi a las puertas de Moscú y de la victoria. Sólo les estaban salvando dos cosas en otoño: el “general barro” que las lluvias creaban en las primitivas carreteras de la URSS y su mejor “general”, que no era soviético, sino un aprendiz alemán metido a caudillo y general de Panzers: el propio Führer.

A punto de embarcar en un convoy ártico...


Vía Persia, más lenta pero más segura que la anterior. Foto tomada de internet, claramente de escaneada, pero no soy capaz de encontrar el libro...

Los primeros 20 llegaron a Arcángel el 11 de octubre de 1941 con el convoy ártico PQ1. Al final de año llegarían cerca de 279 Valentines a la URSS. Parece un número pequeño, pero bien concentrados contra las desechas y depauperadas divisiones panzer, era un número a tener en cuenta. Y no se puede olvidar que la mayoría de los carros germanos del teatro de operaciones eran PzIII con cañón corto de 50 mm, o peor aún: obsoletos Pz35t o Pz38t ex-checos con “cerbatanas” de 3,7 cm. El valentine era un carro competente y muy bien blindado para la época. Y además a los soviéticos les encantaba: era ligero, se adaptaba mejor al frío que el Matilda y además era muy fiable y muy sencillo de reparar. De acuerdo, era muy, muy inferior al soberbio T-34. Pero en aquellos difíciles meses quedaban pocos, y todavía la producción del mismo en las fábricas trasladas más allá de los Urales no era muy rápida que digamos, pues por ejemplo en noviembre sólo se produjeron un total de 250 de esos magníficos carros (la mayoría en la mítica factoría STZ de Stalingrado). Y esos casi 300 Valentine fueron muy bien bienvenidos.

recién llegado al Frente de Moscú: Valentine Mk II.

Al final, tanto por la vía Ártica como por la más segura pero mucho más lenta ruta persa, los soviéticos recibirían unos 4.643 Valentine durante la guerra, de los que se perderían en el mar unos 674. Y seguirían pidiendo envíos de los mismos hasta bien entrado el año 1944.

Al igual que con el Matilda, se hicieron experimentos con cañones rusos. Descartado el 76 mm, algunos Valentines fueron equipados con el cañón soviético 20KL de 45 mm. La abundancia de munición británica que recibieron hicieron innecesarias las conversiones.

La mayoría de los llegados en el otoño e invierno de 1941 e inicios de 1942, se perderían en las pésimamente planeadas ofensivas de la primavera de 1942. Para el verano de dicho año, les quedaba bien claro, al igual que a los británicos, que ya no era un carro de combate de primera línea. Pero el frente del este era muy amplio, y siempre había necesidad de apoyo blindado en todos los lugares.

Pérdidas: en el sector de Bryansk 1941...
...Jarkov en la primavera de 1942...
...y camino de Stalingrado.

Así que los ingeniosos rusos decidieron usar ese blindado en teatros de operaciones donde la oposición blindada fuese casi inexistente y las armas anticarro escasa. y aunque los usarían con unidades de reconocimiento toda la guerra, donde alcanzarían todo su potencial sería con las unidades de caballería.

El soldado a caballo seguía siendo muy útil en el difícil terreno de la URSS. Bosques y pantanos eran su terreno predilecto de despliegue, y allí, pese a su gran relación peso potencia, el T-34 no era muy útil por su tonelaje y tamaño. En cambio el Valentine, con sus escasas 16 toneladas, y más pequeño, era magnífico. Era eso, u operar con el espantoso carro ligero T-70… El carro británico estaba bien blindado, con un armamento que con el paso del tiempo mejoraría con cañones que disparaban ya alto explosivo (de hecho la insistencia soviética lograría una buena producción de proyectiles HE para los cañones de 6 libras) y su fiabilidad y facilidad de mantenimiento eran ideales para unidades que recibían un soporte logístico mecánico escaso (al fin y al cabo los caballos no precisan bujías sino avena).

Valentine Mk X rescatado recientemente de una marisma en Polonia.

Además, los cuerpos de caballería operaban en sectores del frente donde lo habitual era que se encontrasen tropas auxiliares de la Wehrmacht, divisiones de infantería de 3ª clase o mejor aún, divisiones de seguridad o de policía. Todas ellas con muy escaso apoyo blindado (la mayoría viejos carros T-26 o BT dejados atrás durante el año 1941) y con escasas y poco eficaces armas anticarro. En ese terreno y contra dichas unidades, el Valentine era muy útil y eficaz, y acompañaría al ejército rojo hasta las mismas puertas de Berlín. De hecho, corre una historia que comenta que le primer carro de combate en entrar en la capital del Reich no fue un T-34 ni un IS-2, sino un modesto Valentine MK XI de una unidad de reconocimiento…Junto con el Sherman, sería un blindado del préstamo y arriendo que la historia oficial de la Gran Guerra Patriótica trataría con afecto.

Hasta el final de la guerra: en 1944...


...y en 1945. Esta última fotografía está informada como cerca de Berlín. 
Los neozelandeses serían otros de los usuarios encantados con el Valentine. Pedirían a los británicos unos 306 (llegarían unos 256 en total) Valentines, junto con unos 34 Matilda CS. El Matilda les parecería complicado y se lo cederían con gusto a los australianos, pero antes, les desmontaron los cañones de 3 pulgadas. Y otra curiosidad: el Valentine no tenía una versión Close Support, al contrario que el resto de los carros británicos de la época.

Valentine CS en Nueva Zelanda.

Así que los emprendedores neozelandeses, usaron esos cañones para crear su propia versión. El primero se produjo en febrero de 1943, y al final se construirían unos 18. Lo divertido de la historia es que el general británico Percy Hobbart pidió en la primavera de 1943 a la Vickers si se podía dotar con ese cañón de 3 pulgadas a algunos Valentine DD, para dar apoyo de fuego en los desembarcos, más eficaz que el que podían proporcionar los cañones de 2 y 6 libras. Tras un estudio de varios meses le contestaron que era del todo imposible…


Valentine neozelandeses en Green Island. Dieron un soberbio resultado.

Al final sólo verían su uso, con gran éxito, en febrero de 1944, durante la operación Squarepeg, el asalto a Green Island, dentro del plan general de aislar la fortaleza japonesa de Rabaul. Los neozelandeses serían los usuarios más longevos del Valentine, retirando los últimos en 1960, sustituyéndolos por M41 Walker Bulldogs norteamericanos.

El sustituto de los venerables Vals de Nueva Zelanda. Los usaron hasta que no pudieron más...


El carro de combate Valentine es el gran olvidado de la historia militar británica. Una apuesta privada que llegó en el momento justo para triunfar, y aún teniendo una concepción obsoleta, su gran fiabilidad y la suerte que tuvo al operar en entornos menos exigentes que otros blindados, garantizaron su éxito. Se puede decir que no fue sólo gracias a sus virtudes, si no a pesar de sus defectos, que terminó convirtiéndose en uno de los más famosos blindados de todos los tiempos. 

El regreso a casa del viejo guerrero: el Valentine canadiense nº 838, enviado a la URSS, y hallado recientemente en una ciénaga. Actualmente reposa en el Canadian War Museum de Ottawa.

miércoles, 5 de febrero de 2014

LEIBSTANDARTE EN COMBATE

La colección “Imágenes de Guerra” de la Editorial Almena se enriquece con un nuevo título, esta vez dedicado a una unidad mítica: la Leibstandarte Adolf Hitler.



El primer tomo de una obra de dos, recoge la historia de la creación de la misma desde el año 1933 hasta el año 1943, en el que tras la batalla de Kursk, es destinada a Italia para descanso y recuperación de su fuerza, tras la dura prueba de las batallas de julio y agosto de 1943. Queda para una segunda parte, lo que queda de su historia, desde las batallas de Ucrania de otoño de 1943, hasta la rendición del grueso de la misma en Austria, en mayo de 1945.

El libro es eminentemente gráfico, pero con una grata sorpresa. Si para un coleccionista de libros militares un nuevo libro sobre Panzers, y más en español, le causa cierta alergia; uno nuevo sobre las Waffen SS, ya le provoca un severo rash cutáneo. Ya cansa ver publicado lo mismo de lo mismo y con lo mismo. Y si bien es cierto que son dos temas que aseguran ventas, llega un momento en que se desea un buen soplo de aire fresco.



Pero este nuevo libro de Imágenes de Guerra no repite este esquema tan manido. Un buen número de fotografías son muy poco conocidas, y respecto al resto, por fin, veo bien datadas y situadas muchas de ellas. El texto, debido a la profusión gráfica y de infografía que lo acompaña sabe a poco, pero no por insuficiente o escaso. Está escrito con sencillez y agilidad, pero conteniendo una buena cantidad de datos, lo que hace que lo devores de un tirón, con gusto, y te quedes con ganas de más. Muy divertida la parte inicial, comentando las milicias nazis de los años 20 y 30, y las siempre desconocidas actuaciones del, entonces, Regimiento Leibstandarte en las campañas de Francia o de los Balcanes.



Como pegas que se puedan poner al libro, pocas. Algún pie de foto “descarriado” (me rechina el del Churchill Crocodile en filas rusas de la página 135…) o el escaso espacio dedicado a la estancia de la unidad en Italia y su participación en el desarme de ciertas unidades del Regio Esercito. Pero que no os asusten las críticas, pues no dejan de ser los imprescindibles peros que todo listillo de blog no se resiste a escribir.



Respecto al precio y calidad de impresión, sólo resumirlo en tres palabras: es Editorial Almena. Con eso queda dicho todo. La edición es sensacional, en ese cartoné flexible y brillante que dura siglos y resiste trato continuado, con un papel que permite disfrutar de la gran calidad de los gráficos, mapas y perfiles a color, marca de la casa. El precio, de 16 € para un libro muy interesante de unas 152 páginas, en formato 17x24.

A buen precio, con un buen número de buenas y relativamente desconocidas fotografías, excelentes perfiles a color, y con un texto ameno y divertido…simplemente es un libro imprescindible. Sólo espero que no tarden mucho en sacar la segunda parte.


lunes, 20 de enero de 2014

LA "NOVIA" DE LOS EJÉRCITOS (Parte 2)

Y llegaría el siglo XX, y todo cambiaría.
La primera revolución llegaría de la mano de un bacteriólogo alemán, el doctor Paul Ehrlich que en 1910 presentaría en el congreso de Wiesbaden, su revolucionario compuesto 606, la Arsfenamina, que fabricada por la casa Farbwerke – Hoechts, se haría mundialmente famosa con el nombre comercial de Salvarsan. Tan revolucionaria era la nueva medicina que la propia casa regaló más de sesenta y cinco mil dosis a médicos de todo el mundo (uno de ellos nuestro famosísimo D. Gregorio Marañón) antes de estar terminadas las pruebas (lo que le valdrían diversas acusaciones penales a Ehrlich, de las que saldría absuelto). El propio doctor lo definía como una bala mágica, y bien podía llamarse a sí, pues era el primer fármaco eficaz contra la sífilis, en una Europa en la que se calculaba que podía estar infectado del morbus gallicus hasta un 15% de su población adulta.


El principio activo era el venenoso arsénico, y ello traía sus buenos problemas. La nueva medicina era complicada de fabricar, y muy cara. Además su administración era por inyectable: por vía intramuscular muy desaconsejada pues era extraordinariamente dolorosa y además se solía necrosar la zona de inyección, y por vía intravenosa. En ésta última había que preparar con cuidado la solución para que la sosa usada junto con agua destilada para disolver el polvo amarillento en el que venía presentado no le hiciese perdiese actividad. Además no se podía esterilizar y si se tardaba más de treinta minutos en iniciar la administración, el compuesto se descomponía y le metías al paciente una dosis letal de arsénico. La infusión era molesta, tardaba más de 15 minutos, en ayunas, y debía reposar luego el enfermo en cama 4 – 5 horas después. Y ésta era una pauta simple, pues dependiendo de la gravedad y avance de la sífilis, las pautas podían ser bien complejas.

Kit para la administración del Salvarsán.

Los efectos secundarios eran los propios de una intoxicación arsenical: trastornos gastrointestinales severos, parálisis, necrosis en piel, ceguera, sordera…e incluso la muerte por envenenamiento, algo que ocurría en un caso de cada 200. Pero curaba la sífilis, y eso era razón suficiente para correr ese riesgo.


El ejército español, embarcado en una complicada guerra en Marruecos, con un ejército de leva compuesto por soldados de extracción muy humilde, entre los que se cebaba la sífilis y otras dolencias venéreas, discretamente, fue de los primeros en adoptar la nueva droga milagrosa. A tal efecto, con una delegación española, se trasladó en diciembre de 1910 a Alemania, el comandante médico D. Ángel Morales Fernández, el cual rápidamente introdujo el uso del Salvarsán entre el arsenal terapéutico de la sanidad militar española.


Dos años después, Ehrlich, nuevamente con la inestimable ayuda de su discípulo japonés, el doctor Sahachiro Hata presentó un compuesto mejorado, el 904, que la Hoetchs llamaría el Neosalvarsan. Mucho más estable y sencillo de usar, que permitió que la mortalidad iatrogénica descendiese a uno de cada 2000 casos de administración. También los militares españoles serían de los primeros en adoptarlo, con grandes resultados. De hecho, el control de prostíbulos, las campañas de información a los soldados y los exhortos a la abstinencia sexual, junto con el uso discreto pero intenso y muy eficaz del neosalvarsán consiguieron que en nuestra guerra civil la tasa de infección por sífilis fuese muy baja para un conflicto de dichas características. Y curiosamente ambos bandos actuaron igual, exhortando principalmente al ejercicio de la moralidad de los soldados y a la abstinencia sexual con prostitutas (Durriti, de hecho, llegó a expulsar de manera fulminante de su columna, en 1936, a toda mujer que practicase el comercio carnal).

Los Doctores Paul Ehrlich y Sahachiro Hata.

Y en esas llegó a la historia el primer conflicto militar con fuerte componente industrial entre grandes potencias: la I Guerra Mundial. La actitud de los diversos países e imperios fue muy variada. De entrada los alemanes (también los astro-húngaros, aunque en menor medida), cuyo actuación en parte copiarían los médicos militares españoles, consistía en un sistema rígido y reglamentado de “logística sexual”. Los burdeles tenían que ser autorizados y estar inspeccionados regularmente. Los soldados que los usaban debían a notar sus nombres en un “libro de visitas” indicando con cuál de las mujeres mantenían relaciones, se les suministraba un pack con preservativos y toallitas con cremas desinfectantes, y si podía haber sospecha de contagio debían someterse bajo pena de sanciones disciplinarias al correspondiente tratamiento.


Los británicos ignoraron el problema hasta 1915, en el que la tasa entre tropas de los dominios como los canadienses y los neozelandeses era tan alta, que los primeros ministros de los mismos exigieron un cambio de política a los altos mandos militares, pasando a tener un sistema no tan estricto pero más parecido al germano. Los estadounidenses también optaron por ignorarlo y exhortar a la abstinencia sexual, hasta que a finales de 1917 tuvieron que adoptar el sistema británico. Cerca de 400.000 de sus hombres ya se habían infectado por sífilis y gonorrea...


Pero lo de los franceses fue delictivo. Tenían una legislación muy estricta en esta materia, que llegaba a los extremos de encarcelar y tratar de forma obligada a las prostitutas que se infectasen de alguna enfermedad venérea. Pero aparte de insistir en el matrimonio y en la abstinencia sexual de los solteros, poco más hicieron. Además, seguía en vigor la expulsión del ejército, por comportamiento indigno, si se descubría que el soldado estaba infectado de sífilis. Pero habiendo en el mercado una carísima pero eficaz medicina, y ante las altas probabilidades que el Poilu común tenía de ser gaseado, enterrado vivo por la artillería o despedazado por las ametralladoras alemanas en tierra de nadie, en paraísos terrenales como Yprés, Verdún o en el Aisne, dicha expulsión ya no sonaba tan mal. El resultado es que la tasa de sífilis del ejército francés durante la primera guerra mundial, duplicó la de las demás potencias.


En 1928, Sir Alexander Fleming descubrió la Penicilina, y este antibiótico, sí que curaba la enfermedad de forma muy efectiva. Comparado con la bala mágica que era este nuevo fármaco, el Neosalvarsán más parecía una maza medieval que el fármaco milagroso que había sido. Y lo mejor, era que con el paso del tiempo se desarrollaron técnicas que permitían fabricarlo en masa y de forma muy barata. Los trabajos, en 1938, de Howard W. Florey, Ernest B. Chain y de Norman Hatley, abrieron el camino para que los científicos de la UDSA Northern Regional Research Laboratory y del casa Pfizer desarrollaran métodos de fabricación que lograrían bajar el precio de fabricación de una dosis de penicilina de los casi 300 dólares de finales de los años 30 al medio dólar de mediados de los cuarenta. Además, la penicilina curaba la sífilis con inyecciones intramusculares de fácil administración, era mucho más estable que los compuestos arsenicales, tenía muchísimos menos efectos secundarios e incluso se podía recuperar parte de la misma de la propia orina del paciente. Era el triunfo definitivo de la humanidad sobre la temida enfermedad. Y llegó a tiempo, pues en 1939 empezó otro conflicto de gran calado: la Segunda Guerra Mundial.


Penicillum Notatum.
Y precisamente la posesión de la Penicilina cambiaría, según los países la forma de enfrentarse a los contagios de sífilis entre sus tropas. Los alemanes, que carecían de ella, y que sabían que el antibiótico que tenían, las sulfamidas, era ineficaz contra las ETS, volvieron a hacer lo mismo que en la Gran Guerra. Para qué cambiar, les había ido bien, y su tasa de contagios de venéreas entre las potencias combatientes había sido la más baja de todas.


Pero lo de los japoneses no tiene mucha explicación…La bacteriología nipona siempre ha sido de un gran nivel, pero lo que es extraño fue lo mal aplicada que estaba en ciertas partes a sus fuerzas armadas. Ponían un gran cuidado en conseguir agua potable de calidad a sus soldados, pero (algo que asombraría a los servicios sanitarios aliados después de la guerra) muchos tratamientos eran erróneos o insuficientes. Según fue avanzando la guerra, la disponibilidad de muchos fármacos fue mucho menor, empeorando muchos problemas de salud, como fue el caso de la malaria.


En el caso de las ETS, predominaba más la cura local con tinturas yodadas o con cloruro de mercurio y sulfotiazol, usándose en menor medida el Neosalvarsán, y con una pauta muy discutible. Y era extraño, pues en la abyecta y bastarda versión del bushido que el soldado japonés estaba embebido ya desde el colegio, como soldado victorioso era y debía comportarse como un conquistador. Y esa visión implicaba que los vencidos, y mejor aún si eran civiles, eran con todo derecho objeto de todo tipo de rapiñas, incluidas las sexuales. Además, tanto el ejército como la marina gobernaban y mantenían una gran red de “casas de confort”, eufemismo de burdeles donde las mujeres eran esclavas sexuales. Y eso significaba que se las obtenía como se obtenía a un esclavo en la antigüedad, y se les trataba infinitamente peor.

"Mujeres de Confort", eufemismo japonés para referirse a las mujeres esclavizadas para prácticas sexuales. su destino era terrible...
Es cierto que se las reconocía médicamente de forma periódica. Pero no para tratarlas: toda la que tenía alguna enfermedad era ejecutada brutalmente, con gran variedad de posibilidades en dicha muerte. Los soldados, tratados con curas locales y pautas no muy correctas del compuesto 904, tenían muchas posibilidades de seguir manteniendo su infección de sífilis. Y aquí los japoneses, en su deficiente tratamiento de la malaria, encontraron un inesperado aliado. En 1917, el médico austriaco Julius Wagner – Jauregg descubrió que las fuertes fiebres que causaba la malaria dificultaban el contagio de la sífilis y mejoraban a los pacientes con cuadros primarios y secundarios de la enfermedad venérea. De hecho, y pese al Neosalvarsán, llegó a postular un tratamiento a base de inocular el parásito productor de la malaria, el Plasmodium Falciparum a los enfermos de lues, para luego tratarlos con quinina. Algunos morían de malaria, pero eso era preferible a padecer una enfermedad tan mal vista socialmente.

Dr. Julius Wagner - Jauregg
La gran mortalidad de soldados japoneses en los dos últimos años de guerra, junto con la abundancia de penicilina (que permitía curar a los ex – combatientes infectados de forma muy discreta) gracias a la ocupación militar aliada de Japón en los cinco años siguientes al final de la guerra, ha impedido conocer de forma exacta la incidencia de sífilis en el ejército y marina japonesa.
Los aliados gracias a la gran eficacia de la penicilina, lo tuvieron mucho más fácil. Los norteamericanos, que habían aprendido la lección de la I Guerra Mundial, hicieron un gran esfuerzo en la educación de sus soldados sobre modos de contagio, síntomas y posibilidades de tratamiento, así como modos de prevención. A tal efecto se realizaron multitud de cómics, folletos, manuales y posters, como el que un tal Stan Lee llegó a realizar (VD? Not for me!).



A los soldados que salían de permiso, se les facilitaba un “kit profiláctico químico individual” que contenía tres preservativos, una toallita jabonosa limpiadora, pomada con un 30% de calomelano (cloruro de mercurio) y un 15% de Sulfotiazol, y una hoja de instrucciones detalladas. A veces, incluso, y de forma sorprendente se incluían “por si acaso” un par de píldoras de sulfamida (totalmente inútiles como hemos visto contra gonorrea y sífilis).



La prueba de fuego vino al final de la operación Husky, en agosto de 1943. Messina quedó bajo gobierno militar americano, y el General George S. Patton que había conocido los estragos de la sífilis en la Gran Guerra ordenó que todos los burdeles de la zona quedasen bajo control directo del US Army, y todas las prostitutas fuesen reconocidas y tratadas médicamente. Los soldados sólo podían ir a lupanares “autorizados” y toda infracción de la norma, era castigada con una fuerte multa. El resultado, lógicamente, fue una tasa de ETS asombrosamente baja.
La otra cara de la moneda fue Palermo, bajo control militar británico. El General Bernard Law Montgomery, hijo de obispo anglicano, y muy puritano no quería ni oír hablar del tema, prefiriendo que sus capellanes insistiesen en la abstinencia… la tasa de ETS en el Octavo Ejército se disparó.
Pero la verdadera prueba de fuego vino a partir del 1 de octubre de 1943. En un irónico guiño al destino, volvemos a la casilla de salida, el puerto de Nápoles. Y si lo de Sicilia, una vez tomada, había sido una buena juerga, la ciudad italiana era Sodoma y Gomorra. Tal fue la tasa de contagio de ETS entre las tropas, que hubo miembros de la inteligencia británica que llegaron a pensar seriamente que podría tratarse de un complot del Eje. La solución, fue la que había realizado el US Army: control médico de los burdeles, educación a los soldados, kits de prevención, y obligación de declarar la enfermedad y someterse a tratamiento. Aún así, en la zona, la tasa de infección del mal napolitano seguiría siendo alta durante el resto de la guerra.


Los altos mandos aliados, así, se habían dejado de remilgos estúpidos. Comprendieron que los soldados eran hombres jóvenes, a los que les costaría resistirse no sólo a una buena juerga al volver del frente, sino también a las directas proposiciones y ofrecimientos de mujeres jóvenes, que agobiadas por la  gran necesidad y pobreza en las que la guerra las había sumido a ellas y a sus familias, no dudaban en tener contacto sexual a cambio de cosas que los soldados tenían muy a mano y en abundancia: comida, ropa o medicinas. No es de extrañar que en aquellos años, el producto más rentable para el mercado negro fuese la nueva droga milagrosa, la penicilina. Las nuevas medidas permitirían que en los años 1944 y 1945 la prevalencia de sífilis entre las tropas aliadas fuese la más baja que hasta entonces había tenido un ejército en suelo europeo.


¿Y qué hay de sus aliados soviéticos? Pues poco se conoce, fuera de textos en ruso, de cómo se enfrentaron a este problema. Pero si como muestra vale un botón, la Batalla de Berlín, en 1945, parece decirnos que no debieron hacerlo nada bien. Los soldados soviéticos, alentados por sus comisarios y su propaganda, recibieron carta blanca para tomarse la venganza, en Alemania, de la brutal ocupación de su patria durante casi cuatro años. El uso de violencia sexual no sólo se permitía, sino que además se alentaba. Y eso unido a una población muy empobrecida por los desastres de la guerra, no hace extrañar la alta tasa de enfermedades venéreas entre las filas de sus soldados. Concretamente la sífilis constituyó la segunda causa de baja de soldados soviéticos, sólo superada por la causada por los combates. Tan severo fue el problema que se solicitó a los aliados occidentales una remesa extra de penicilina, entregada al parecer por vía aérea. Una historia apócrifa de la guerra fría, aseguraba que en aquellos años, después del espionaje enfocado a obtener datos sobre la bomba atómica, la siguiente operación en importancia fue la infiltración comunista de los laboratorios Pfizer, a fin de obtener la máxima información para poder fabricar penicilina en gran cantidad en la Unión Soviética.


La sífilis ya podía ser tratada con eficacia, pero en absoluto estaba vencida, como demostraron las cifras de infección de la guerra de Corea. Durante los años 50 y 60, en muchos países occidentales, con los EEUU a la cabeza hubo un gran esfuerzo informativo sobre la misma a los jóvenes. Se buscaba así atajar la enfermedad desde su inicio, con prevención complementada con una red de dispensarios donde discretamente eran tratados los pacientes y sus parejas recientes. 
Además, la posología de las dosis fue mejorando, reduciéndose el número de inyecciones que se administraban, llegando hasta una dosis única intramuscular para sífilis primaria y secundaria de Penicilina G Benzatina de 2.400.000 de UI (aunque cuando yo estudié medicina, se recomendaba complementarla con dos inyecciones extras de dicho fármaco de 1.200.00 UI al quinto y al décimo día de la primera administración, hasta dar un total de 4.800.000 UI). Ese hecho mejoraba la adscripción al tratamiento, y desde luego era mucho más cómodo que las diez inyecciones seguidas diarias de, la mucho más dolorosa, Penicilina Procaína de 600.000 UI cada una (hasta un total de 6 millones de UI) que se ponían en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea.


Y esas campañas de prevención y tratamiento rindieron sus réditos cuando se enfrentaron los EEUU a la siguiente guerra en el Vietnam. Allí la relajación de la disciplina, las nuevas costumbres sexuales y el nuevo enfoque de la moral que dieron los años 60, junto con la amplia disponibilidad de servicios sexuales abundantes y baratos, propiciaron una tasa record de ETS, incluyendo la sífilis. Sin embargo, la existencia de pautas eficaces de tratamiento para todas ellas minimizó su impacto en las operaciones militares. Aunque, surgió una curiosísima historia: la de la “sífilis negra”.

Ejemplo de cómic educativo de los años 50.
Realmente, ya venía el cuento desde Corea, que a su vez aprovechaba una historia similar, sobre el destino durante la Segunda Guerra Mundial del personal con graves mutilaciones y quemaduras. Se decía que había un tipo especial de sífilis, incurable, que mataba con severa deformidad e inmensos dolores, ahogados en océanos de pus, a los infortunados pacientes. Cuando se detectaba un caso, rápidamente era evacuado a un secreto islote del Pacífico (que los “mejor informados” situaban cerca de la isla de Guam), donde allí quedaba hasta su espantoso final. No se les permitía regreso al hogar, para no difundir la enfermedad ni asustar a la población, y a sus familiares se les ocultaba la causa real de la muerte. A su ingreso, se les daba a elegir si preferían ser declarados muertos o desaparecidos en combate…


Desde luego que tal variante es totalmente falsa. Pero las fuerzas armadas norteamericanas no se cortaron, desde escalones superiores, en difundir el rumor, a fin de lograr evitar que muchos soldados se contagiasen visitando burdeles clandestinos o poco fiables.

Escena de la inmortal película "La Chaqueta metálica".

Cojo y manco quedaría el post si no mencionásemos la existencia de experimentos inmorales para conocer mejor el alcance de la enfermedad, que causarían especial vergüenza y rechazo a los médicos de las generaciones futuras. Como ejemplo mencionar la inoculación de sífilis para estudiar sus efectos y tratamientos a campesinos guatemaltecos en los años 40. Pero el más famoso sería el “experimento de Tuskegee” que comenzó en 1932.
Atraídos y engañados por panfletos que prometían atención médica gratuita, 600 varones negros y de clase baja de Tuskegee, Alabama fueron incluidos en un siniestro estudio. Se eligieron a 399 por tener la sífilis, y a otros 201 sanos como grupo control. Los enfermos no recibieron jamás tratamiento de ningún tipo, pese a la existencia de penicilina, durante 40 años de sus vidas. Sólo se les dijo que padecían una extraña dolencia sanguínea crónica. Así, durante esas cuatro décadas, se recogieron en detalle todas las manifestaciones clínicas de la evolución de un lues sin tratar. El precio fue muy alto: aparte del desarrollo de la forma terciaria en los supervivientes y la muerte prematura de 100 de ellos, también 40 esposas y 19 hijos e hijas se vieron contagiados. Pararía tal aberración gracias a las incansables denuncias de un joven epidemiólogo de San Francisco, el doctor Peter Buxton, que enterado desde 1965 no cejó en su empeño de ver cerrado tal monstruosidad. Lo lograría en 1972, tras filtrar todo el tema al New York Times. El gobierno, no se disculparía e indemnizaría a las víctimas hasta 1997.


Dr. Peter Buxton.

La sífilis como ya dije no está vencida. De hecho, después de la Gonorrea y muy por delante del SIDA, sigue siendo de las enfermedades de transmisión sexual con mayor prevalencia. Por el momento, los tratamientos siguen siendo efectivos, y apenas se ha informado de resistencias a los antibióticos, que en muchos casos más han tenido que ver con medicamentos falsificados o adulterados de alguna manera. También la clínica, tras el contacto del género humano con la enfermedad pasados uso siglos, ya no es tan brutal y rápida como al comienzo de nuestro relato. Pese a ello, la posibilidad que su infección afecte a un gran número de soldados no puede ser ignorada por parte de los servicios de sanidad militar.



Así que todavía queda mucho tiempo para poder seguir siendo la indeseada “novia” de muchos ejércitos.