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lunes, 5 de agosto de 2013

LAS GUERRAS SIOUX 6: Un desconocido río de Montana (Parte 1)



George Armstrong Custer y el río Little BigHorn, son dos entidades ya totalmente indivisibles en la historia militar, pero lo mismo ocurre con el gran número de mitos que circulan tanto sobre la batalla como acerca del mítico militar norteamericano. Pocas veces un personaje y su batalla emblemática han desencadenado tantos errores, versiones y opiniones encontradas.

De entrada, el personaje del teniente coronel Custer ha sido objeto de los más enconados debates. Último de su clase en West Point (recibiendo el título de “cabra” o “chivo” de la promoción), al igual que otros grandes generales americanos que estaban en los últimos puestos, como Pickett, Jefferson Davis, o James Longstreet, y sin olvidar los que estaban de la mitad hacia abajo como Patton, Einshenhower o el propio Ulisses Grant (que era llamado antes y después con el cruel mote de “UselessGrant). Se le ha acusado de impetuosidad, ser un carnicero, un tirano con sus hombres, no tener sentido táctico, así como de estar más preocupado de su imagen personal y de su popularidad, con vistas a una posible carrera política.

El cadete George A. Custer.

La carga de Pickett en la batalla de Gettysburg.
Custer tuvo que enfrentarse a muchos desafíos durante su vida militar, y la gran mayoría, los cumplió con acierto. En primer lugar, tener que enfrentarse a la magnífica caballería confederada con las mediocres unidades de la Unión. Desde Hannover en Pennsilvania en 1863, hasta Yellow Tavern en Virginia, en 1864; su comportamiento en el campo de batalla, y el de sus hombres sometidos a una rígida pero muy necesaria disciplina, no paró de mejorar. Después, durante las guerras indias, tuvo que enfrentarse a enemigos muy hábiles y aguerridos, con unos soldados habitualmente mal pagados, mal abastecidos, en destinos detestados, y con un grave peligro siempre. Combatiendo habitualmente con mal tiempo, y casi siempre en inferioridad numérica, tuvo que ser aún más draconiano, pues la propia naturaleza de sus raids de caballería así lo exigía.

Custer era muy cuidadoso con la imagen. Se dice que fue más fotografiado que Lincoln...


Sin ser uno de los grandes militares de su era, tampoco era el loco o el incompetente que muchas películas de Hollywood han retratado. Y realmente, en la campaña de verano de 1876, quizás fue el único mando que pese a la derrota, estuvo a la altura de las circunstancias, y se comportó, pese a sus errores, de forma audaz y agresiva.

Ya hemos visto que, de entrada, la estrategia de dicha campaña era nefasta, y lo empeoraba la presencia de ciertos mandos que no tenían experiencia alguna en la lucha en la frontera, como su propio mando, el General Alfred Terry. Pero además, Custer tenía otro problema grave, y éste tenía que ver con un subordinado suyo: el capitán Alfred W. Benteen, acerca de un suceso ocurrido ocho años antes, a las orillas del río Washita.

El capitán Alfred Benteen. Su comportamiento en la batalla daría origen a múltiples discusiones.

El 26 de noviembre de 1868, en plena guerra contra los Cheyennes, Custer asaltó el campamento invernal del jefe Caldero Negro (siempre me ha parecido que quedaba mejor su nombre en inglés, Black Kettle), en lo que sería conocido como la batalla de Washita (aunque para los Cheyennes, y dadas las tácticas que ya empleaba la caballería de los EEUU contra ellos, sería más bien la masacre de Washita). La batalla fue un gran éxito, y contribuyó en gran medida a la derrota de dichas tribus indias.

Lo que debería haber sido una gran victoria, se convirtió rápidamente en un quebradero de cabeza. Muchos periódicos del este acusaron a Custer y a su superior, Sheridan, de haber masacrado a indios pacíficos que iban a la reserva, y de haber capturado y asesinado sin razón a mujeres, ancianos y niños indefensos. Fue en ese momento, en el que la leyenda negra comenzó a acompañar, y nunca abandonar a George Amstrong Custer. Pero además, ocurrió otro incidente más peliagudo…

Grabado de la época de la batalla de Washita.

Un deficiente reconocimiento no permitió descubrir que dicho campamento no era el único de la región, y pronto la columna de Custer, tras su victorioso ataque, se vio asediada por un fuerte contingente indio, lo que obligó a una rápida retirada del lugar. Un subordinado de Custer, el mayor Joel Elliot, al mando de un destacamento, y sin órdenes específicas, se separó del grupo principal, siendo rápidamente cercado y masacrado por los vengativos Cheyennes. Su destino fue conocido días más tarde, y Benteen, amigo personal de Elliot reprochó siempre a Custer haberlo abandonado a su suerte; y lo peor de todo, con los años incrementó su odio, y además no se cortaba en absoluto en sacar, siempre que podía, el tema, incluso en presencia de su superior.

El mayor Joel Elliot.

Personalmente, nunca he entendido la postura de Benteen. No era un novato, y había participado en varios raids en territorio confederado durante la guerra. Y era, o debía ser plenamente consciente, que en una operación similar, ante una persecución por fuerzas muy superiores, los incursores deben romper contacto lo antes posible, y el que quede atrás, se las tiene que apañar él solito. Volver atrás, o intentar buscar un destacamento perdido, simplemente, es sellar un destino fatídico para tus fuerzas. Tampoco he entendido bien la postura de Custer. Debería haber trasladado a Benteen de forma fulminante, sin embargo, tendría otros problemas más, y además, según allegados, siempre se sintió apenado y responsable por el trágico destino de Elliot y sus hombres. Pese a las críticas de su subordinado, siempre lo consideró como un soldado experto y bien capaz.

Antes de la campaña, Custer había sido desposeído de su mando debido a un escándalo político de grandes proporciones: el affaire Belknap. En 1870, el secretario de la guerra William W. Belknap logró que el Congreso y el Senado le otorgasen la potestad de las concesiones de puestos de comercio en los fuertes del ejército. Dichos puestos eran muy jugosos, y daban sus buenos beneficios. Pronto, el sistema comenzó a corromperse, y al parecer, el secretario, comenzó a aceptar sobornos para concederlos. Uno, en especial, el de Fort Still en Lawton, Oklahoma, fue concedido a través de un soborno pagado a su segunda mujer, Carita. Poco después murió de tuberculosis al poco de dar a luz, y el soborno se siguió pagando como forma de “mantener a su hijo “huérfano”. El niño murió poco después, y Belknap y su tercera mujer, Amanda (hermana de Carita…¡si es que uno encuentra folletines familiares hasta en la historia militar!), siguieron cobrando la “ayuda”.

El secretario de la Guerra, William W. Belknap.

El escándalo se descubrió por los artículos que un anónimo mando de caballería enviaba regularmente a los periódicos del este, denunciando que a los indios se les vendían armas más avanzadas de lo deseable, y que los soldados debían comprar allí, material de peor calidad y a precios exorbitantes. Siempre se sospechó de Custer como el autor de los escritos, y al ser llamado a declarar en la comisión especial del Senado, en los sobornos, además, incluyó a Orvill Grant, hermano del presidente. Ulises S. Grant. Magnífico general durante la Guerra de Secesión, fue un mal presidente en sus dos mandatos, principalmente al manejar muy mal la economía, y al fiarse y defender demasiado a muchos personajes, familiares incluidos, que se enriquecieron ilícitamente de forma notoria. No es necesario aclarar, que Grant no se lo perdonó a Custer y le privó del mando. Si volvió a comandar el 7º de caballería fue debido a la intercesión de los generales Terry y Sherman.

Ulisses S. Grant como presidente de los Estados Unidos. Sus dos mandatos se vieron ensombrecidos por el fracaso de sus políticas económicas y los numerosos escándalos de corrupción de sus gabinetes.

Con respecto al tema del armamento y material, los mitos son aún mayores. Veamos los más notorios.

El mito de las ametralladoras Gatling es uno de los mejores ejemplos. Siempre se ha dicho que de haberlas llevado, Custer hubiese derrotado con facilidad a los Sioux. Pero veamos con cuidado el material. La ColtGatling modelo 1875 del calibre 45-70 Goverment distaba mucho de ser un modelo fiable y transportable como los inventados por Hiram Maxim años después. Se alimentaba con un cargador vertical que funcionaba por gravedad, pero que provocaba interrupciones múltiples. Además, la extracción tendía a desculotar los deficientes cartuchos de la época, los percutores se rompían, y los cañones se calentaban con gran rapidez.

Colt Browning 1875. Pesada, poco robusta y escasamente fiable, no era el buen arma que sería años más tarde. Este magnífico ejemplar pertenece al museo de Artillería Fields of Thunder.

Cuando tiras con réplicas de armas de la época, adviertes otra limitación, y es la pólvora negra que todavía contenían los cartuchos de dichos años. Tras una buena sesión de tiro el arma queda bien sucia y con numerosos residuos. Unos mecanismos relativamente simples como los de un Colt Single Action Army, un Winchester o un Springfield, resisten bastante bien ese nivel de suciedad, algo que no ocurre con los delicados mecanismos de una ametralladora, aunque sea de accionamiento manual. De hecho, las Gatling no comenzaron a funcionar bien hasta el advenimiento de pólvoras modernas, que dejaban mucho menos residuo y hacían más fiable el arma. Así pues, las Colt Gatling mod 1875 solían dejarse en las guarniciones y en los fuertes, y de hecho, causó bastante sorpresa que Terry decidiese llevar tres de estas piezas en su columna.

En esos años, no se encuentra tampoco ningún relato en los que el uso de dicha arma en las guerras indias supusiese alguna diferencia o éxito de ningún tipo, por lo que es lógico pensar que fue acertada la decisión de Custer de no llevar ninguna.

Otra posibilidad que se apunta es la de haber llevado en su columna uno o dos cañones de montaña. Los de la época eran todavía de avancarga, y aunque ligeros y resistentes, chocaba su uso con una doctrina táctica imperante, que se remontaba a la guerra de Secesión. El General confederado Joseph Selby era famoso por llevar una o dos piezas de artillería de montaña en sus famosos y exitosos raids, pero era debido a que encontraba muchos pequeños destacamentos de la Unión atrincherados en resistentes blocaos, imposibles de someter sin artillería. Y casi era del único general de caballería de ambos mandos que en sus incursiones las llevaba, pues se estimaba que ralentizaban en exceso los movimientos en territorio enemigo. Los Sioux, tampoco eran muy conocidos por llenar de fortificaciones las Grandes Praderas, y además, el terreno del Rosebud y del Little Bighorn, es muy escabroso, y transportarlas por él (como comprobaría el propio Terry) era una tortura. Eran muy útiles en columnas de infantería, pero un estorbo para la caballería ligera.

Recreadores modernos con uno de los cañones de montaña de la época. La magnífica fotografía está tomada del blog de Cristopher Zimmerman, dedicado al periodo. Está contenido en la página de True West, cuya dirección es Truewest.nig.com.

 Sí que hubiera causado honda impresión de haber contado con una pieza que entraría en servicio en 1884: el cañón de montaña Hotchkiss de 2 libras. Era muy ligero, pero a la vez resistente, de tiro rápido, y retrocarga con vaina metálica de una pieza. Servido por un equipo de tres hombres, en una emergencia, podía colocarlo en posición y manejarlo uno solo, y al disponer de un primitivo sistema de amortiguación del retroceso, no era necesario volver a colocarlo tras cada disparo. Los indios no tenían defensa alguna contra ese soberbio cañón, y su aparición supuso su derrota definitiva.


Cañón Hotchkiss de 2 libras, y 1,65 pulgadas de calibre. Colección, también, del museo Fields of Thunder.

Otro de los grandes mitos, que una simple investigación histórica desmiente, es la superioridad armamentística de los indios, en especial de rifles de repetición Winchester (y otros similares, como los Whitney Kennedy) tenían sobre las tropas del ejército. Fue un bulo que tras la derrota cundió entre muchos periódicos, y que servía para atacar con fuerza a ciertos miembros de la administración Grant (entre ellos el ya mencionado Belknap) por la polémica ya mencionada de los puestos de comercio en los fuertes.

De hecho no eran, a largo plazo, buenas armas para los indios. No tenían la tecnología precisa para reparar muchas de sus piezas, más frágiles que los duros rifles de pedernal que solían usar, y además, la munición, no podían fabricarla ellos mismos. Y entonces, como ahora, el precio de los cartuchos metálicos era bien caro. De hecho, muchos indios, de poder elegir, preferían las carabinas o los rifles monotiro Springfield del ejército, al ser más resistentes y fiables.

Foto clásica de dos Sioux con sendos Winchesters. El fotógrafo S.J. Morrow recorrió todo el oeste tomando fotografías de todos los temas. Muchas de las fotos de los libros que tratan de la época son de sus cámaras...

Actualmente, las estimaciones más optimistas de indios armados con rifles de repetición estilo Winchester o Henry, en la batalla de Little Bighorn, no pasan de un 30%, teniendo mayor consenso cifras menores del 20%. El resto, seguían usando viejas armas de avancarga, y en especial Trade Musketts, de chispa; que eran más resistentes, más sencillos de reparar y más fácil obtener el pedernal, la pólvora a granel y el plomo precisos para dispararlos. Además, se calcula, que no llegaban a un 60% los indios armados con armas de fuego, llevando el resto armas más tradicionales como arcos y flechas o lanzas.

Otro gran mito tiene que ver con la pésima calidad de varias partidas del cartucho usado en las carabinas, el .45 – 70. Varios fabricantes, para abaratar costes de producción de las vainas (el componente más complicado de fabricar de un cartucho metálico) decidieron hacerlos en dos partes. El cuerpo de la vaina se hacía del correspondiente latón militar, pero el culote era de una barata aleación de cobre, que se unían mediante calor. Cuando se hacía fuego muy prolongado con un Springfield, el calor de la recámara debilitaba la unión, lo que provocaba que la potente extracción del sistema trapdoor, desculotase la vaina, dejando gran parte en recámara e inutilizando así el rifle. En el US Army se sabía de se defecto, y a tal fin, a las columnas solían acompañar mulas cargadas con rifles nuevos, de tal forma que al soldado se le pasaba uno de estos, mientras que personal de segunda fila se dedicaba, con sus cuchillos, a extraer esas vainas de las recámaras, y volver a poner, nuevamente en funcionamiento, esas armas.


Se ha dicho que las tropas de Custer sufrieron de dichos fallos, y que debido a ello, tuvieron que luchar sólo con sus revólveres, de menor alcance y potencia, lo que favoreció su derrota. Sin embargo, el desarrollo de la batalla, y el relato de los indios que allí lucharon, permite descartar este defecto como decisivo en la derrota sufrida.

Y una curiosidad que no me resisto a contar: el 7º de caballería ya no usaba sables en aquella época. Muchos de los soldados eran antiguos miembros de la caballería confederada, que ya en 1863, consideraba como inútil dicha arma, prefiriendo llevar todos los revólveres, precargados, que pudiesen portar; realizando así las cargas con los mismos, y confiando en la masiva potencia de fuego que desarrollaban a corta distancia en un escaso periodo de tiempo. Dicha táctica demostró ser muy útil, y muy superior al uso del sable, por lo que no es de extrañar que se adoptase en masa.

Recreadores modernos reconstruyendo una carga de caballería confederada del final de la guerra.

viernes, 30 de noviembre de 2012

LAS GUERRAS SIOUX 5: El inicio de la Gran Guerra



Para la década de 1870 estaba claro que los días de la forma de vida tradicional de los Sioux, estaban contados. Una vez terminada la guerra de secesión, y abiertas las principales rutas de inmigración al oeste, el destino más seguro de la nación Sioux y el resto de los indios de las grandes llanuras, era que poco a poco la gran marea de colonos, con su cultura, armas, medios productivos y enfermedades infecciosas; terminarían por reducir su número y absorberlos progresivamente. Pero el futuro reservaba a la nación Lakota una nueva guerra más: la gran guerra Sioux de 1876 a 1878.
Y el inicio de la misma tuvo lugar en campos de batalla bien situados al este…concretamente en Europa. En 1871 la Francia de Napoleón III fue clamorosamente derrotada por la Prusia de Bismarck y el Kaiser Guillermo. Las “reparaciones” de guerra fueron cuantiosas; tanto, que el incipiente estado germano dejó de emitir monedas de plata, y cambió su patrón mixto de plata – oro, por uno basado en el oro, hecho que poco a poco comenzó a ser imitado. Francia, a su vez, se arruinó, y no pudo pagar las numerosas deudas que había contraído en las dos décadas anteriores. Poco a poco, se fue gestando una crisis económica muy intensa…
El final de la Guerra Franco - Prusiana: un derrotado Napoleón III conversa con Otto Von Bismarck.

En los EEUU, la factura de la guerra de Secesión era inmensa. El Norte endeudado hasta las cejas, y el Sur, quebrado y destruido, y con gran necesidad de ser reconstruido. La inflación se disparó, y pudo ser controlada a base de más deuda pública, y de una política monetaria de emisión de dinero muy estricta. Como motor de la economía se impuso la expansión hacia el oeste y la explotación de sus recursos naturales, y sobre todo la construcción de ferrocarriles. Y como pasó en España a finales de la década de 1860, la mayoría presentaban balances muy negativos, y los fondos de inversión que los sostenían eran claramente piramidales. Y como forma de aguantar todo el entramado, estaba la explotación de las minas de plata, que surtían, sobre todo a los países europeos…potencias que estaban adoptando el patrón oro en exclusiva…y en las que se había invertido un cuantioso capital para ponerlas en marcha y hacerlas rentables.

En Septiembre de 1873, en la Unión, todo el sistema se derrumbó, y al igual que ahora, su Lehman Brothers fue la Jay&Cooke Company, que poseía importantes acciones de ferrocarril, sobre todo la fallida Northern Pacific Railway, muy afectada por el tratado de Fort Laramie, y que de la noche a la mañana, no pudo hacer frente a sus vencimientos. Su quiebra comenzó a arrastrar en cadena a numerosos fondos inversores y bancos, y se vio agravado por tres acontecimientos: el “viernes negro” de 1869, causado por dos especuladores (Jay y Gould, ayudados por un cuñado del presidente Ulyses Grant) en una chapucera maniobra para hacerse con el mercado del oro de Nueva York; el gran incendio de Chicago de 1871, y los inmensos daños en la ganadería de la epidemia de gripe equina de 1872. El clavo del ataúd fue la Coinage Act  de 1873, por la que el estado federal dejaba de comprar plata, y pasaba a un patrón oro en la práctica; decisión que devaluó de forma importante los beneficios de la misma, que sustentaban muchas de estas inversiones.
El "viernes Negro". Ilustración de la época.

La crisis fue severa y larga, y sería conocida por varios nombres: desde la “gran depresión” (perdería su nombre a favor de una aún peor de 1929), pasando por el “pánico de 1873”, o la “crisis larga”; pues sus efectos durarían hasta 1879. ¿Y a los Sioux, qué les importaba todo esto? Sencillo, pues desde hacía mucho tiempo se rumoreaba que sus sagradas Black Hills ocultaban importantes depósitos de oro…
Y para desmentirlo, en 1874, se envió una expedición geológica, escoltada por un nutrido destacamento militar, al mando de un joven y bien conocido oficial: George Amstrong Custer. Su finalidad era demostrar que no había oro en tal lugar, pero de entrada se hizo algo mal: se vulneró el tratado de Fort Laramie de 1868, pues no se pidió permiso a los Lakota para atravesar su territorio. Pero lo peor estaba por venir: en las Black Hills SI había oro.
La expedición de las Black Hills de 1874.

Se ha acusado a Custer, durante muchos años, de inflamar la fiebre del oro de 1873 por pura ambición política, diciendo que exageró la presencia del preciado metal, pues si bien lo había, no era en gran cantidad ni sencillo de extraer. Sin embargo, no hay documentos que lo prueben, y su informe sólo menciona aspectos formales de su labor y de su misión. El informe geológico tampoco exageraba, pero el boca a boca, los rumores, y la desesperación de un gran número de almas empobrecidas y arruinadas por la crisis convirtieron el territorio Sioux en una nueva California.
El gobierno federal, en plena situación de recesión económica no veía con malos ojos la explotación del yacimiento, así que informó que impediría el acceso a las Black Hills en cumplimiento del tratado, pero a la vez, insistió en que no podía impedir que sus ciudadanos buscasen la prosperidad donde se hallase. Hablando en plata…perdón, oro…lo que necesitaban era un casus belli para iniciar otra guerra con los Sioux, y echarlos de allí. Y los Lakota, con sus ataques a los buscadores y razzias en territorios cercanos se lo proporcionaron en bandeja. Cierto es que algún jefe que conocía bien el poder industrial y militar del hombre blanco, como por ejemplo el propio Nube Roja, intentó entablar negociaciones. Por ejemplo, el propio Nube Roja, propuso en consejo, vender las Black Hills al estado federal a cambio de 70 millones de dólares y la titularidad de los territorios “cedidos” en 1868; conceptos ajenos a la tradición Sioux, y que casi le cuestan la cabeza. En una negociación posterior, el gobierno les ofrecería 25.000 miserables dólares, y nuevos territorios muy lejos de las grandes llanuras, lo que fue considerado por los indios como una gran afrenta. Es irónico, era la primera vez que se les trataba como iguales, como un blanco avaricioso y poderoso negocia con otro blanco más débil y mucho menos afortunado.

Casus Belli: las Black Hills en una foto moderna.

El ejército americano de la década de los 70 había mejorado muchísimo respecto a años anteriores. Los salarios seguían siendo bajos, pero el material, en especial, las armas, habían mejorado sensiblemente. Ahora ya estaban al completo dotados de armas de cartucho metálico y artillería ligera eficaz. Aparecían ya las primeras e imperfectas ametralladoras Gatling, y lo más importante: habían establecido, desde la guerra del sur de las Grandes Llanuras, a finales de los 60, la estrategia correcta para derrotar a los indios.
Los mandos también eran expertos y eran decididos. De entrada, a la cabeza del ejército estaba William Tecumseh Sherman, general que no precisa presentación para los aficionados a la historia militar: gran estratega, y abogado de la “guerra total”, y de la destrucción implacable del enemigo. Al mando de las operaciones estaba el General Sheridan, uno de los grandes que convirtió a la caballería de la Unión, durante la guerra de Secesión, en un igual de las magníficas unidades a caballo confederadas. Los mandos de los que se rodeó, eran la élite del ejército en su tiempo: Evans del 3º de caballería, Mckenzie del 4º, Carr del 5º, Miles del 5º de infantería…y un tal George Amstrong Custer que mandaba el 7º. Al mando de los departamentos correspondientes puso a  tres generales expertos de las guerras indias, John Gibbon, George Crook y Alfred Terry. 

Había una debilidad crucial: en 1877 había elecciones presidenciales y de gobernadores de estados, y era claro ya que el oeste debía jugar ya un papel importante en el país. Muchos de estos mandos tenían claras ambiciones políticas, y no es de extrañar…eran famosos, no se les rechazaba tanto como a los grandes magnates ganaderos o del ferrocarril, y ya habían soportado muchos años de bajos salarios e incluso de haberse degradado voluntariamente al final de la guerra para poder seguir sirviendo. Era un factor que los envenenaría fatalmente.

Gatling de 1875. Muy imperfecta aún, pero signo de los nuevos tiempos.

Y eso que tenían el manual perfecto de las guerras indias: atacar los campamentos, persecución implacable y sin descanso de los mismos olvidando las partidas de guerreros, disciplina de movimiento y de fuego…y sobre todo, usar varias columnas de forma coordinada y atacar en invierno. Las batallas de Washita, Soldier Springs y Summit Springs contra Kiowas, Comanches y Cheyennes del sur habían demostrado lo válido de la técnica. Pero aprendieron una lección que era peligrosísima contra los mucho más expertos Lakotas: que los indios, ante la sospecha de fuerte oposición huían, y que sólo se defendían con fiereza en acciones de retaguardia para permitir la huida de un campamento cercano.
Aún así parecía que el US Army tenía todos los triunfos, por lo que comenzó a suceder en 1876, simplemente carece de una explicación lógica y certera…y todo empezó con el plan de campaña de Sheridan. El plan era simple, y ya probado: tres columnas, convergentes, barriendo un territorio (que era el doble que el de la campaña del sur de las Grandes Llanuras). La que no era yunque, era martillo, y la sobrante cerraba la tenaza. De haberse realizado de forma correcta, en invierno, ahora los Lakotas, serían otro pequeño capítulo más de las guerras indias. Pero no fue así.

El plan de Sheridan. Fuente Atlas of The sioux Wars.

La columna del General Gibbon partiría del oeste, desde Fort Ellis, que guardaba el paso Bozeman. Crook, desde el sur, desde Fort Fetterman, con poderosas fuerzas subiría desde el sur, por el territorio del río Powder y del Tongue, para girar hacia el oeste, al brazo sur del Rosebud; mientras que Ferry, barrería desde el este, partiendo del Fuerte Abraham Lincoln, en Bismark, el final de la línea del ferrocarril. Y aquí lo increíble: nadie se coordinó con nadie, ni había un mando supremo, pues Sheridan, quedaría en su oficina, como simple observador, y sin preparar ni calendarios, ni puntos de encuentro, no una cadena de mando clara en el terreno. Las semillas de la catástrofe comenzaban a sembrarse…
Crook fue el primero en mover ficha, pues oliéndose la campaña, había preparado ya de forma inicial su movimiento. Partió el 1 de marzo de 1876, en un tiempo despejado pero intensamente frío, con 10 compañías de caballería y dos de infantería, pero sin suficientes exploradores Crow. Inmediatamente, los Lakotas comenzaron a seguir a distancia a la columna, siendo imposible cualquier tipo de sorpresa. El 7 de marzo, y tras un ataque relámpago Sioux el día 5, Crook, con gran habilidad realizó una contramarcha, amagando con la vuelta, pero dejando libre a la caballería y parte de la infantería bajo el mando de Reynolds. Los Sioux se tragaron el anzuelo, pensando que la fuerza había regresado a su base. En la entrega tercera de esta serie, ya se ha hablado de la suerte de esta fuerza incursora, y cómo tras estar a punto de conseguir una gran victoria en un poblado, se retiró de forma desordenada y desastrosa, abandonando botín, muertos y heridos. 26 días después del inicio de la marcha, las fuerzas estaban de vuelta en Fort Fetterman, ateridas de frío, agotadas, y con la moral por los suelos. Y peor aún, dejando a los Sioux la idea bien clara que esta nueva campaña no era una simple incursión de enseñar la bandera, sino una ofensiva seria y total.
Gen. George Crook. Aunque de extraño aspecto fue uno de los mejores mandos de las guerras indias.

Gibbon fue el siguiente en salir, sobre el 1 de abril de 1876, desde Fort Ellis, y con 450 hombres del 2º de caballería y del 7º de infantería. El 20 de abril, en Tullock Creek, recibió un mensaje de Crook, anunciándole que esperase unos días, a que pudiese reunir otra fuerza para asistirle en sus esfuerzos. Así que éste decidió esperar en la zona hasta el 9 de mayo. Si los Sioux hubiesen tenido una sucursal de Doña Manolita o de la bruja de oro, hubiesen pillado lotería sin dudarlo: no se podía tener mejor suerte, una columna móvil detenida y entregada a la molicie y al aburrimiento. Lo único de mención fue el intento de atacar un campamento indio cercano, hallado por su excelente jefe de exploradores, el teniente James H. Bradley (otro personaje que merece su propio post), y terminado de forma abrupta al intentar cruzar un río Yellowstone embravecido.

Gen. John Gibbon.

Terry, por su parte, y tras extensos preparativos, logró partir de Bismarck el 17 de mayo, con tres compañías de infantería, y las 12 de caballería del 7º, al mando de Custer.  El resto de mayo, se caracterizaría por un ridículo intercambio de mensajeros entre las fuerzas de Gibbon y las suyas, intentando coordinar sus esfuerzos y sus operaciones, desinformándose más que otra cosa, y no logrando nada en concreto. Mientras, los Lakota reunían fuerzas, y consolidaban sus alianzas con Cheyennes y otras tribus huidas del sur. El tiempo, comenzaba a mejorar, y las oportunidades por el bando del ejército se iban perdiendo.
Gen. Alfred Terry. Sus decisiones y órdenes a Custer y Reno serán siempre objeto de controversia...

Por fin, el 29 de mayo de 1876, la  nueva fuerza de Crook se puso en marcha. Y a lo largo de junio, los acontecimientos se precipitaron…
No hay mucho que contar de la fuerza de Gibbon. Se pasaría el mes persiguiendo fantasmas, sin lograr fijar bien los campamentos indios en el Rosebud, y sin lograr bloquear adecuadamente el martillo que pretendía Terry en la zona del Yellowstone y sus afluentes. 

Mapa moderno de la región del río Yellowstone, con sus afluentes.

Crook por su parte comenzó a encontrar fuerte resistencia en la región del Rosebud, lo que le convenció que el principal campamento indio estaba en la zona. Estaba siendo engañado, por una acción bien eficaz de “maskirovka” Sioux. El 17 de junio, en el valle del río Rosebud, sus auxiliares Crow y Shoshones se dieron de bruces con una poderosa fuerza Sioux. Y no sólo hicieron eso, sino que su acción de reataguardia y su excelente repliegue, salvaron a la columna, pues de forma increíble no se habían dispuesto ni piquetes de vigilancia adecuada, ni había disposiciones defensivas adecuadas.  
La batalla de Rosebud Creek no es fácil de explicar. Imaginaos un río, con pequeños bosques en sus orillas, y que al NNO tiene una línea de colinas y crestas similares a una mano extendida, con algunos de sus dedos agarrotados. Uno de los grandes fallos de los ejércitos occidentales en estas campañas es la escasez de una las fuerzas más importantes en este tipo de campañas: las tropas de montaña. Es un tipo de guerra tan complicado y demandante como el combate urbano, pero al que se le presta muy poca atención. Por ejemplo, una habilidad importante de estas tropas es saber orientarse en ese terreno, y saber flanquear, asaltar y ocupar la cresta correcta y dominante, sabiendo mantener, a la vez la cohesión con las fuerzas amigas. Y eso fue lo que les ocurrió a las fuerzas de Crook, se extendieron y perdieron cohesión. Se salvaron del desastre, gracias a otro detalle: los Sioux tampoco eran expertos en guerra de montaña, y les pasó lo mismo. Tras un día de intensos combates inconexos, los indios rompieron contacto. 

Caballería de los EEUU, 1876.

Crook clamaría victoria en su mensaje enviado a Sheridan y a Terry el día 19 de junio. Increíblemente, Sheridan, mucho más lejano recibiría el reporte el 23 de junio, mientras que Terry recibiría el suyo el día 30 de junio (lo que ya dice mucho sobre la pésima coordinación y conocimiento de las operaciones de otras columnas). En el mensaje, advertía además, de otras dos importantes e inquietantes noticias. La primera, que precisaba refuerzos y suministros, y que no podría continuar operaciones en un par de semanas (al final seguiría en la zona, sin apenas moverse de su campamento de Goose Creek, siete semanas más). La segunda era peor: las estimaciones de inteligencia eran erróneas, y que las fuerzas Sioux eran bien combativas, expertas, y lo peor de todo, ¡que eran enormes! y que los merodeadores invernales no eran ya los únicos…
Terry centraría sus operaciones en la zona este del Yellowstone, demasiado al norte del Rosebud como para hacer algo, y demasiado al este del Bighorn y sus afluentes como para enlazar con Gibbon. Todos los signos mostraban que sus fuerzas iban a dar con el premio gordo: el gran y principal campamento indio. Desesperado por no hallarlo empezó a tomar decisiones erróneas: la primera, dividir sus fuerzas en tres. Una columna más ligera, al mando del mayor Reno reconocería la boca del río Tongue; mientras que la fuerza más móvil, al mando de Custer, estaría cercana a Reno, moviéndose por la zona más al oeste, entre el Tongue y el Bighorn. Se suponía que ese gancho enviaría a los indios hacia Crook, el cual, como sabemos, estaba mucho más al sur, con sus propios problemas, y sin moverse en el momento crucial.

Los planes del Gen. Terry. Fuente Atlas of the sioux wars.

El segundo error, fue peor, pero por desgracia muy común en la historia militar. Sus órdenes a Reno y a Custer, no fueron claras, y sin darles libertad de acción, tampoco establecía, en el plan, una conducta clara ante el contacto o, posibilidad del mismo, con el enemigo. Algo parecido le pasaría a Nagumo, en 1942 en Midway, cuando pendiente de un segunda ataque a dicha isla, le informaron de la presencia de varios portaaviones americanos.
Las nuevas órdenes, le decían a Custer que siguiese por el Rosebud hacia arriba (alejándose aún más de Crook), en virtud de los escasos resultados de Reno, que a su vez, sólo había reconocido 8 miserables millas de su sector. La idea era que cogiesen en una pinza al gran campamento indio con las fuerzas de Gibbon, en un bloqueo cerca del inicio del Bighorn. Fuerzas que nadie sabía donde estaban y ni siquiera, si estarían en la zona. Pero si encontraba a los indios…no había instrucciones acerca de qué hacer. Ni tampoco había una estimación adecuada de sus fuerzas ni de su calidad. Bueno, eso no es cierto, sí que la había, pero en aquellos momentos, estaban en la silla de uno de los correos de Crook, cabalgando sin resuello hacia el norte, intentando avisarles del avispero que era la región.
Así, del 19 de junio al 24 de junio de 1876, Custer y sus fuerzas giraron hacia el norte, enlazaron con Reno, y se dirigieron hacia un pequeño río, afluente del Bighorn, de nombre pegadizo, y que la historia militar ya no olvidaría jamás: el río Little Big Horn.
Y allí, las semillas de la catástrofe y la imprevisión, florecerían con tragedia, para terminar con los amargos frutos de la derrota y la leyenda…




jueves, 13 de septiembre de 2012

LAS GUERRAS SIOUX 4: Nubes sobre la senda



Es hora de presentar un nuevo enemigo de la nación Sioux. Y uno de los más peligrosos precisamente por su condición inanimada: el oro. Número atómico 79, grupo 11, al lado del mercurio y del paladio, blando, maleable, dúctil…y enormemente valioso. Los Sioux, con sus limitados conocimientos de orfebrería y metalurgia no entendían como el hombre blanco podía perder el honor, la decencia, la compostura y la vida por una piedra de curioso color amarillo. Para su cultura, su valor era muy escaso, y a fin de cuentas, al Sioux sólo le importaba cabalgar, cazar el búfalo, ganar gloria en la batalla y fama para su tribu. Vamos, que querían vivir tranquilos y según los dictados de sus antepasados; pero no querían ser ricos…je, je ¡menudos infelices!

En 1862 se encontraron minas de oro en Bannack, cerca de Grasshopper Creek, en el oeste de Montana, dando lugar a una nueva fiebre del oro, y de una intensidad similar a la del 1849 en California. En principio a los Sioux ni les iba ni les venía, pues no era su territorio, y además, la ruta para llegar tampoco pasaba por sus terrenos de caza. Y era bien complicada, pues había dos formas: una por el brazo norte de la senda de Oregón, la llamada Platte Road, entrando por la zona oeste de Montana, la otra, subiendo por el río Missouri hasta el norte, entrando por el Noreste. Ambos eran viajes bien largos, difíciles y sólo aptos para, o los muy valientes o los muy desesperados. 

Y en esas llego un aventurero llamado John Bozeman. Abogado de profesión, llevaba menos de dos años en la frontera, buscándose la fortuna, y en cuanto oyó de los nuevos yacimientos de oro, decidió que había que sacarles partido. Había tenido malas experiencias reclamando minas de oro en Colorado, así que decidió que lo mejor, más que explotar una mina de oro, era “hacer minería del minero”, proporcionándole todo lo que precisase, ya fuese material de trabajo o juego, alcohol y prostitutas. 



Había rumores de un posible paso cerca de Virginia City en Montana, así que en 1863, con la ayuda de un auténtico hombre de la frontera, John Jacobs, se lanzó a buscarlo. Y lo encontró…y en un tiempo infame recorrió una senda nueva, cruzando el río Bighorn, el Little Bighorn y el Powder, dejando las montañas Bighorn al oeste, y enlazando con la senda de Oregon a menos de 100 km de Fort Laramie. Me puedo imaginar la risa que se pudieron echar los indios que vieron avanzar penosamente a ambos personajes, enfundados en pieles de Búfalo, y con un par de mulas roñosas y esqueléticas. Pero acaban de acortar la ruta a las minas de oro en más de 400 millas…aprovechando un viejo sendero de caza de los Arapahoes, los Shoshones, y especialmente de los Lakotas.

Bozeman lideraría las primeras caravanas de colonos por la senda que recibiría su nombre: la senda Bozeman, y además fundaría en Montana, para sus negocios, el pueblo de Bozeman (humildad, inexistente en el oeste…). Ambos, le harían muy rico. Al final acabaría sus días, en 1867, asesinado en las orillas del río Yellostowne por indios pies negros, aunque todos los autores coinciden actualmente que su asesino fue su compañero, Tom Cover, merced a su disparatada y cambiante versión.

De manera inmediata, los indios de la zona, que sabían perfectamente lo mal que les acababa yendo cuando aparecía una ruta que cruzaba por sus terrenos de caza, se lanzaron a atacar a los colonos. Motivaron estos ataques, varias expediciones en 1866, lideradas por un tal General Patrick Edward Connor (ya conocido de un post anterior), una contra los Arapahoes, derrotados en la batalla del río Tongue; otra contra los Shoshones, derrotados en la batalla del río Powder; y otra contra los Sioux Lakota, que ya hemos visto que acabó en retirada y casi en desastre total.

En 1866, el ejército de los estados Unidos no estaba en su mejor forma. Largamente desmovilizado después del final de la guerra de Secesión, su número se había visto muy reducido. También habían desaparecido en la frontera muchos regimientos de voluntarios formados por ex - prisioneros de guerra confederados, y el número total de tropas regulares había descendido. El servicio en la frontera era muy impopular, las unidades eran rotadas con frecuencia, lo que aseguraba que las lecciones tácticas se perdiesen, el entrenamiento casi inexistente (muchos pensaban, que al ser veteranos de la guerra civil, no lo necesitaban) el material estaba muy gastado, las pagas eran malas y muchos oficiales tuvieron que aceptar reducciones importantes en rango y sueldo para seguir sirviendo. Así que, con este panorama, tocaba marear a los Lakota con negociaciones.

En el verano de 1866, un antiguo propietario de minas, de nombre Nelson Store decidió usar la senda Bozeman para llevar más de mil cabezas de ganado a Montana. Aunque el ejército se lo prohibió, no hizo caso alguno, y siguió adelante, logrando su propósito de inaugurar la primera gran ganadería de dicho estado. Fue demasiado para los Lakota, pero aún así, dieron una oportunidad al arreglo con una nueva reunión de jefes en Fort Laramie. Reunión que coincidió con la llegada de tropas de refresco al mando del coronel Henry B. Carrington.

Coronel Henry B. Carrington

Éste era un curioso personaje, sólo posible en el ejército de la Unión durante la década de los 60. No era militar, sino abogado de profesión, y de bastante éxito al parecer. Fue nombrado coronel del 18 regimiento de infantería, con el que nunca vio combate en la guerra de secesión. Sin embargo, era un reputado organizador y legista, alguien a quien le podías encargar con seguridad un despliegue, pues contaba con otra interesante virtud: no tenía delirios de grandeza, le gustaba el ejército y se quedó al terminar la guerra; pero sabía perfectamente que no era un estratega, y que debía obrar con prudencia. Los indios pensaron que venía a hacer de “policía de fronteras”, haciendo cumplir los tratados y cerrando la senda Bozeman. Venía a todo lo contrario, a garantizar los derechos de paso (recordad la trampa que había en los tratados con los Sioux sobre uso y no posesión de la tierra), a establecer varios fuertes a lo largo de la misma, y además se traía a civiles y cabezas de ganado para asegurar la permanencia de los mismos. Fue demasiado, y la guerra estalló.

Senda Bozeman y los fuerte de Carrington. Fuente Atlas of the Sioux Wars.


El ejército había tenido éxito en expediciones contra los Dakota, los Arapahoes o los Shoshones, pero los Lakota eran de otra pasta, y además, tenían un mando organizado y efectivo: el gran jefe oglala Nube Roja. Las unidades de combate de los indios eran bien curiosas, pues más que batallones al uso, se trataba de algo muy similar a un club social. Los guerreros se unían a unos u otros, dentro de una tribu, y los había organizados al estilo de los niveles de una secta masónica, o más lineales como los de los Lakota. Fuera de combate, y en la vida cotidiana, esos clubes se especializaban en diversas tareas: labores de policía en el poblado, caza del búfalo, exploración de nuevos lugares para acampar y un largo etcétera. Se subía, dentro de los mismos, a base de pruebas y actos de valor (no sólo entendidos como combates, sino también entraban las decisiones difíciles y juiciosas), y el cargo más que pequeños beneficios obligaba al que lo ostentaba a continuas demostraciones de su capacidad. Cada uno tenía sus ritos, colores, vestimentas y danzas; y no eran ni secretos ni cerrados, todo lo contrario, contaban con gran publicidad y buscaban expandirse lo máximo posible. Curiosamente, había un importante intercambio cultural con los de otras tribus, y no era nada raro que danzas ceremoniales de unos fuesen adoptadas por otros, como la famosa “danza de los suicidas” de los Cheyennes, adoptada masivamente por los Lakota. Los miembros de un club debían proteger y cuidar a los suyos, y ganar fama y gloria para sus colores mediante sus acciones, en especial las bélicas. Bien aprovechados y con jefes respetables los clubes podían ejecutar complejas maniobras en el campo de batalla, y debido a su espíritu de equipo, ser enormemente efectivos. Sin un gran jefe al que respetasen, iban por libre, facilitando su derrota por el más jerarquizado ejército norteamericano. Para suerte suya, Nube Roja demostró ser uno de los más grandes jefes de la nación Sioux.

Carrington comenzó su tarea como lo hubiese hecho cualquier Legado romano. Reparó el antiguo Fort Connor, llamado ahora Fort Reno, y subiendo por la senda Bozeman, construyó Fort Phil Kearny y Fort CF Smith, reforzando Fort Ellis en el paso Bozeman. Era consciente de la escasa calidad y número de sus tropas, así que adoptó una estrategia muy defensiva y cautelosa. A finales de año recibió refuerzos de la mano de dos impetuosos oficiales veteranos de la guerra de secesión: el capitán William J. Fetterman y el capitán James Powell, ambos del 2º regimiento de caballería. De inmediato su temeridad y desprecio por la estrategia de Carrington se convirtieron en severos problemas.

Los fuertes se establecieron en lugares complicados, atendiendo más a la disponibilidad de agua que a criterios defensivos. Carrington sabía que las técnicas de atrincheramiento desarrolladas en los últimos años, con la artillería y los fusiles de percusión, junto con la ausencia de un tren de asedio Sioux, facilitaban una defensa eficaz de los mismos, siempre y cuando no quedasen peligrosamente desguarnecidos. Sin embargo, al estar situados en valles, permitían que los indios los vigilasen de forma constante, y que la madera y el cereal tuviesen que ser obtenidos fuera de los mismos. Los ataques a lo largo de la senda arreciaron, cerrándola casi en su totalidad, sólo contrarrestados con tímidas y cautelosas incursiones contra las elusivas partidas de caballería Sioux. Fetterman estalló…

Capitán William J. Fetterman

La historia cuenta que en una tumultuosa cena de oficiales había dicho que le bastaban 80 hombres bien armados para recorrer todo el territorio Sioux. Nube roja había concentrado su estrategia en ataques relámpago contra las partidas de madera y de cereal, causando un desesperante goteo de bajas al ejército, pero sin lograr llevarlos a una emboscada. Los infantes del 18 regimiento mantenían sus formaciones, y seguían adelante con su misión, los soldados del 2º de caballería eran más agresivos, puede que todo fuese ser paciente y preparar bien una trampa…

Así que el 21 de diciembre de 1866 se lanzó un nuevo ataque contra un convoy maderero, que pronto se encontró en apurada situación, la fuerza de rescate, de 80 hombres curiosamente (49 infantes del 18º y 27 de caballería del 2º) debía ser mandada por Powell, pero invocó Fetterman su anterior rango (teniente coronel) para mandarlo, quedando Powell de segundo y el teniente George Grummond (otro de los grandes críticos de Carrington) del 18º, mandando curiosamente el destacamento de caballería. Las órdenes eran bien precisas, rescatar el convoy, protegerlo, traerlo de vuelta, y NO cruzar Lodge Trail Ridge. Fetterman desobedeció todas ellas.

Bastó que se encontrara con una partida de Lakotas, comandadas por un joven y bravo guerrero, de nombre Caballo Loco, para que se lanzase en su persecución, presintiendo una victoria fácil. Eran un señuelo, que los llevó al valle de Peno, donde les lanzaron la típica emboscada en L, los fragmentaron en tres grupos y los aniquilaron completamente, en un tris tras. Uno de los grupos con dos civiles armados con rifles Henry del cal. 44 rimfire aguantó más, seguido de otro con la mayoría de la caballería, con carabinas repetidoras Spencer del .56-.50, pero el de la infantería, con Springfield 1861 de avancarga fue barrido inmediatamente, pues los indios provocaban las descargas en masa, para acercarse rápidamente al cuerpo a cuerpo. El desastre fue inmenso, y las unidades del 18º y del 2º de caballería se encontraron cercadas en sus fuertes.
Springfield mod 1861 de percusión.


Reproducción moderna de una carabina Spencer mod 1863

Un civil voluntario, de nombre JohnPortugeePhillips cabalgó 236 millas a Fort Laramie para llevar la noticia del desastre y pedir refuerzos. Y el desastre era gordo: no solamente quedaba cerrada la senda Bozeman, también se amenazaba Platte Road y la construcción del primer ferrocarril transcontinental a través de Wyoming. Nube Roja les había hecho una faena considerable. El general al mando del distrito, el general Cooke hizo que Carrington se la cargara (más tarde sería exonerado), y lo sustituyó por el Brigadier General Henry Wessells, que alcanzó Fort Kearny con dos compañías de caballería y cuatro de infantería como refuerzo, tras un viaje épico en tormentas de nieve intensas, el 16 de enero de 1867. Un hundido Carrington salió el 23 de enero hacia Fort Laramie, con su mujer, y otras mujeres con sus hijos (incluyendo la esposa embarazada del difunto teniente Grummond) y una pequeña escolta, llegando a Fort Laramie en medio de temperaturas de hasta -38º C, y con la mitad del pasaje con quemaduras por congelación. Abandonaría el ejército en 1870, y dedicaría gran parte de su vida a defenderse de las acusaciones de haber ocasionado la matanza con su inactividad posterior (lo cual no era cierto).

General Henry Wessells.


El parón invernal permitió cierta reorganización al ejército, pero sin mucha mejoría aparente. Los suministros disminuyeron alarmantemente en los fuertes, gran parte de los caballos y mulas o murieron o fueron sacrificados, y hasta se sufrió un brote de escorbuto. Y en abril, los Sioux comenzaron de nuevo a dar batalla…y ahí Wessells y el resto se dieron cuenta que no nadaba muy desencaminado Carrington con su estrategia.

cuadro idealizado de la muerte del teniente Grummond



Nube Roja siguió con sus ataques a partidas de obtención de madera y forraje, dedicando especial atención a pillarlos al descubierto. Sin embargo, sus aliados Cheyenne, arrastrando a elementos Lakota, se decidieron a atacar los campamentos madereros y forrajeros directamente. Los existentes eran pequeñas fortificaciones de fortuna, muchas veces aprovechando los carromatos como hemos visto mil veces en las películas. Así el 1 de agosto atacaron lo que se dio en llamar “el campo de heno” (Hayfield) cerca del Fort CF Smith, recientemente reforzado por dos compañías de infantería mandadas por el Coronel Luther P. Bradley. La táctica la de siempre. Provocar una descarga de los Springfield mod. 1861, y cargar mientras los soldados realizaban el laborioso proceso de recarga.

Pero mientras cargaban, de forma sorprendente, recibieron otra descarga, volvieron a cargar, y otra descarga casi inmediata, y así hasta que el ataque quedó roto…¿qué había pasado? Pues que había nuevos naipes en la baraja: los rifles de retrocarga.

Hasta entonces el ejército había usado el bien fiable rifle Sprinfield mod 1861 (hay algunas noticias no constratastadas que también se usó en las grandes llanuras el Remington Zuoave mod 1863). Preciso y manejable, pero disparaba una potente bala minié del cal. 58 que debía cargarse por la boca, tras morder el cartucho de papel que contenía pólvora y bala, y atacarla hasta la recámara, para a continuación, cebar la chimenea con un pistón de cuatro aletas, y eso significa mucho tiempo de recarga.

Sin embargo, durante el invierno se habían recibido los nuevos Springfield Mod 1866 (tanto en versión rifle como carabina de caballería), del calibre .45-.70 Government. Eran ya de cartucho metálico, y se cargaban rápida y directamente en recámara, a través de un ingenioso sistema de trampilla diseñado por Allin (no era el único, pero su segunda versión era la más sencilla y fiable que había), lo que permitía una tasa de fuego por minuto muy superior. Además el citado sistema de Allin se adaptó para usarlo en rifles Sprinfield Mod. 1861, y convertirlos así de avancarga a retrocarga. También se incrementaron el número de carabinas Spencer de repetición, un precioso y fiable diseño de 1863, con un cartucho mucho menos potente, pero que permitían un fuego muy rápido y preciso gracias a su cargador tubular, situado en la culata del arma, de 7 cartuchos. Y a esto le añadís que los civiles que compartían penurias con los soldados se comenzaron a armas con rifles repetidores de palanca Henry, y en 1867, con el primero de los famosísimos Winchester: el modelo 1866 Yellowboy.

Conversión Allin de un Springfield
Reproducción moderna, por Uberti, de un repetidor Henry. Queridos Reyes Magos...


La mayoría de los indios de la época seguían armados con sus armas ancestrales, lanzas, hachas de guerra y arcos, que eran letales contra las armas de avancarga, de lenta tasa de disparos. Los que poseían armas de fuego, o bien eran saqueadas a soldados y civiles, o mucho más frecuentemente, eran los famosos Trade muskets. Se trataban éstos de armas, en teoría de peor calidad (digo en teoría, pues el estado del gran número de supervivientes actuales lo desmienten. Puede que los fabricasen compañías de segunda fila, pero decidme quién era el machote que le vendía un arma pésima o defectuosa a un Sioux…), y con llave de chispa. El ánima del cañón era habitualmente lisa, y la llave de disparo requería ser cebada con pólvora negra, una pequeña cazoleta, tras haberlo cargado como anteriormente se describió con el Srpingfield Mod 1861. Además seguía disparando viejas bolas de plomo, por lo que su precisión, por encima de los 50 metros, era casi inexistente (las modernas competiciones con estas armas, la modalidad de Miguelete, el blanco, de casi un metro cuadrado, está situado a esa distancia, y aún así se falla un montón…). 

A pesar de ser de recarga más lenta (los indios hacían una pequeña trampa aquí. Usaban bolas de menor calibre que metían en la boca, y que escupían rápidamente en el cañón tras haber echado una dosis a ojo de pólvora, y luego usando la misma polvorera, cebar la cazoleta. La precisión era horrible, pero daba igual, ellos disparaban a muy corta distancia con ellos. Un mito más que se derrumba, el del fantástico tirador indio, eran más bien malos o como mucho mediocres) y menos precisos, los indios los preferían por una razón muy sencilla. Los de pistón exigían que tuviesen pistones que se podían corroer o funcionar mal en las condiciones en las que los Sioux los podía almacenar, y al no poder fabricarlos, si se quedaban sin ellos, el arma quedaba inútil.

 Por el contrario las llaves de chispa requieren pedernal, una piedra que aprendieron a reconocer y tallar, y para las balas sólo hacía falta algo de plomo, una cazoleta y un fuego; y la pólvora se compraba sin problemas (y muchas veces la daba el gobierno en las reservas).  Y si estáis pensando que el plomo podría ser un problema para un pueblo nómada, los indios, gracias al comercio tenían un suministro enorme de algo parecido: el peltre. Se trata de una aleación de cobre, estaño, antimonio y plomo, muy usada en la fabricación de cacerolas y utensilios caseros. Para fundirlas hace falta algo más de calor, pero no un alto horno, y el plomo queda líquido, y las impurezas, en forma de polvo “nadando” por encima, por lo que son sencillas de retirar. Y puede que no sea tan perfecta como la mezcla de plomo al 95% con bismuto al 5%, pero la pelotería que se obtiene es más que válida. Por estas razones, los usarían muchísimo tiempo, y sólo la llegada del cartucho metálico haría que comenzasen a hacerse con estas nuevas armas.

Comparativa entre llave de pistón (arriba) con una llave de sílex.


El 2 de agosto de 1867, cerca de Fort Kearny se atacó un campamento maderero fortificado con carromatos. La lucha consiguiente fue un calco de la del campo de heno, gracias las nuevas armas de retrocarga, logrando aguantar los soldados y civiles allí atrincherados durante seis horas, hasta la llegada de refuerzos. Pero lo más alarmante llegó el 7 de agosto de 1867, cuando una numerosa partida de Lakotas se atrevió a atacar un tren de la Union Pacific en Plum Creek, una región muy alejada de la senda Bozeman, y considerada como segura.

El asunto era ya desastroso. Las minas de oro de Montana no eran tan fabulosas como se creían, y requerían mucho esfuerzo por magros resultados, la construcción del ferrocarril en Wyoming estaba casi paralizada, la senda Bozeman cerrada, y el coste de las operaciones se había disparado. Costaba mantener al año, un sólo regimiento de caballería en la zona, unos dos millones de dólares. Y eso para una hacienda federal agotada por años de guerra y por la ingente labor de reconstrucción del derrotado sur confederado, y para colmo los indios haciendo incursiones a muy larga distancia, causando inquietud generalizada y parón económico. Tocaba negociar.

Se tanteó a los Lakotas para que acudieran a una nueva conferencia de paz en Fort Laramie, mediante promesas de dinero y mercancías. Nube Roja fue inflexible, si querían tratado, debían abandonarse todos los fuertes de la senda Bozeman, hecho que logró en julio de 1868. Se dio el gustazo de quemarlos hasta sus cimientos, pocas horas después de su abandono. Y no fue hasta noviembre de 1867, cuando acudió al citado fuerte, a firmar el segundo tratado de Fort Laramie.

En dicho tratado, Nube roja consiguió que el condado de Powder River fuese declaro como territorio No-cedido a los EEUU, y lugar para que los sioux y arapohoes que así lo decidiesen viviesen y cazasen allí. Además, se especificaba que mantenían territorios con derecho de caza en el oeste de Kansas, y en el este de Colorado. Y lo más importante: que en dicho territorio no-cedido, no podría entrar ningún hombre blanco, ni siquiera el ejército, sin permiso de los Sioux.

Nunca, los indios, habían conseguido un tratado similar. Pero no volverían a conseguir otro, pues sería la primera y última vez que ganarían una guerra a la joven nación norteamericana.

Como garantía del tratado, el gran jefe Nube Roja, prometió que jamás volvería a alzarse en armas contra el hombre blanco, y que se retiraría a vivir a una reserva. Lo cumplió a rajatabla, pero, con matices…es cierto que no volvió a coger jamás un arma, pero luchó mediante la diplomacia y la resistencia pasiva contra el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida y trato a los nativos americanos. Murió el 10 de diciembre de 1909, en la reserva de Pine Ridge, y su obituario se publicó en los principales periódicos del país. Fue uno de los principales protagonistas de la única guerra ganada por los Sioux, y le quedó la amargura, en sus últimos años de ver la inmensa decandencia de la gran nación Lakota. Pero dicen, que le quedó la chispa de esperanza de ver, que había logrado, por lo menos, mantener la supervivencia de su pueblo, que pensaba perdida desde que en 1870 visitó Washington DC, y comprobó el inmenso poderío del hombre blanco.

Aparte de gran jefe guerrero, fue un experto líder, negociador, y gran diplomático; y muy respetuoso con la ciencia y la cultura. Muy celebrada es la anécdota de cuando en 1870, se presentó en Powder River el padre de la paleontología americana moderna, Othniel Charles Marsh, para pedir permiso para estudiar los fósiles de la región. A cambio de convertirse en un portavoz más de las peticiones de los indios, Nube Roja le permitió libre paso y residencia por el territorio del tratado, así como asistencia para la localización de todos los fósiles que sus guerreros hallasen o conociesen. Se mire por donde se mire su biografía, estamos ante una de las más grandes figuras del antiguo oeste.

el gran caudillo Sioux Nube Roja.