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jueves, 13 de septiembre de 2012

LAS GUERRAS SIOUX 4: Nubes sobre la senda



Es hora de presentar un nuevo enemigo de la nación Sioux. Y uno de los más peligrosos precisamente por su condición inanimada: el oro. Número atómico 79, grupo 11, al lado del mercurio y del paladio, blando, maleable, dúctil…y enormemente valioso. Los Sioux, con sus limitados conocimientos de orfebrería y metalurgia no entendían como el hombre blanco podía perder el honor, la decencia, la compostura y la vida por una piedra de curioso color amarillo. Para su cultura, su valor era muy escaso, y a fin de cuentas, al Sioux sólo le importaba cabalgar, cazar el búfalo, ganar gloria en la batalla y fama para su tribu. Vamos, que querían vivir tranquilos y según los dictados de sus antepasados; pero no querían ser ricos…je, je ¡menudos infelices!

En 1862 se encontraron minas de oro en Bannack, cerca de Grasshopper Creek, en el oeste de Montana, dando lugar a una nueva fiebre del oro, y de una intensidad similar a la del 1849 en California. En principio a los Sioux ni les iba ni les venía, pues no era su territorio, y además, la ruta para llegar tampoco pasaba por sus terrenos de caza. Y era bien complicada, pues había dos formas: una por el brazo norte de la senda de Oregón, la llamada Platte Road, entrando por la zona oeste de Montana, la otra, subiendo por el río Missouri hasta el norte, entrando por el Noreste. Ambos eran viajes bien largos, difíciles y sólo aptos para, o los muy valientes o los muy desesperados. 

Y en esas llego un aventurero llamado John Bozeman. Abogado de profesión, llevaba menos de dos años en la frontera, buscándose la fortuna, y en cuanto oyó de los nuevos yacimientos de oro, decidió que había que sacarles partido. Había tenido malas experiencias reclamando minas de oro en Colorado, así que decidió que lo mejor, más que explotar una mina de oro, era “hacer minería del minero”, proporcionándole todo lo que precisase, ya fuese material de trabajo o juego, alcohol y prostitutas. 



Había rumores de un posible paso cerca de Virginia City en Montana, así que en 1863, con la ayuda de un auténtico hombre de la frontera, John Jacobs, se lanzó a buscarlo. Y lo encontró…y en un tiempo infame recorrió una senda nueva, cruzando el río Bighorn, el Little Bighorn y el Powder, dejando las montañas Bighorn al oeste, y enlazando con la senda de Oregon a menos de 100 km de Fort Laramie. Me puedo imaginar la risa que se pudieron echar los indios que vieron avanzar penosamente a ambos personajes, enfundados en pieles de Búfalo, y con un par de mulas roñosas y esqueléticas. Pero acaban de acortar la ruta a las minas de oro en más de 400 millas…aprovechando un viejo sendero de caza de los Arapahoes, los Shoshones, y especialmente de los Lakotas.

Bozeman lideraría las primeras caravanas de colonos por la senda que recibiría su nombre: la senda Bozeman, y además fundaría en Montana, para sus negocios, el pueblo de Bozeman (humildad, inexistente en el oeste…). Ambos, le harían muy rico. Al final acabaría sus días, en 1867, asesinado en las orillas del río Yellostowne por indios pies negros, aunque todos los autores coinciden actualmente que su asesino fue su compañero, Tom Cover, merced a su disparatada y cambiante versión.

De manera inmediata, los indios de la zona, que sabían perfectamente lo mal que les acababa yendo cuando aparecía una ruta que cruzaba por sus terrenos de caza, se lanzaron a atacar a los colonos. Motivaron estos ataques, varias expediciones en 1866, lideradas por un tal General Patrick Edward Connor (ya conocido de un post anterior), una contra los Arapahoes, derrotados en la batalla del río Tongue; otra contra los Shoshones, derrotados en la batalla del río Powder; y otra contra los Sioux Lakota, que ya hemos visto que acabó en retirada y casi en desastre total.

En 1866, el ejército de los estados Unidos no estaba en su mejor forma. Largamente desmovilizado después del final de la guerra de Secesión, su número se había visto muy reducido. También habían desaparecido en la frontera muchos regimientos de voluntarios formados por ex - prisioneros de guerra confederados, y el número total de tropas regulares había descendido. El servicio en la frontera era muy impopular, las unidades eran rotadas con frecuencia, lo que aseguraba que las lecciones tácticas se perdiesen, el entrenamiento casi inexistente (muchos pensaban, que al ser veteranos de la guerra civil, no lo necesitaban) el material estaba muy gastado, las pagas eran malas y muchos oficiales tuvieron que aceptar reducciones importantes en rango y sueldo para seguir sirviendo. Así que, con este panorama, tocaba marear a los Lakota con negociaciones.

En el verano de 1866, un antiguo propietario de minas, de nombre Nelson Store decidió usar la senda Bozeman para llevar más de mil cabezas de ganado a Montana. Aunque el ejército se lo prohibió, no hizo caso alguno, y siguió adelante, logrando su propósito de inaugurar la primera gran ganadería de dicho estado. Fue demasiado para los Lakota, pero aún así, dieron una oportunidad al arreglo con una nueva reunión de jefes en Fort Laramie. Reunión que coincidió con la llegada de tropas de refresco al mando del coronel Henry B. Carrington.

Coronel Henry B. Carrington

Éste era un curioso personaje, sólo posible en el ejército de la Unión durante la década de los 60. No era militar, sino abogado de profesión, y de bastante éxito al parecer. Fue nombrado coronel del 18 regimiento de infantería, con el que nunca vio combate en la guerra de secesión. Sin embargo, era un reputado organizador y legista, alguien a quien le podías encargar con seguridad un despliegue, pues contaba con otra interesante virtud: no tenía delirios de grandeza, le gustaba el ejército y se quedó al terminar la guerra; pero sabía perfectamente que no era un estratega, y que debía obrar con prudencia. Los indios pensaron que venía a hacer de “policía de fronteras”, haciendo cumplir los tratados y cerrando la senda Bozeman. Venía a todo lo contrario, a garantizar los derechos de paso (recordad la trampa que había en los tratados con los Sioux sobre uso y no posesión de la tierra), a establecer varios fuertes a lo largo de la misma, y además se traía a civiles y cabezas de ganado para asegurar la permanencia de los mismos. Fue demasiado, y la guerra estalló.

Senda Bozeman y los fuerte de Carrington. Fuente Atlas of the Sioux Wars.


El ejército había tenido éxito en expediciones contra los Dakota, los Arapahoes o los Shoshones, pero los Lakota eran de otra pasta, y además, tenían un mando organizado y efectivo: el gran jefe oglala Nube Roja. Las unidades de combate de los indios eran bien curiosas, pues más que batallones al uso, se trataba de algo muy similar a un club social. Los guerreros se unían a unos u otros, dentro de una tribu, y los había organizados al estilo de los niveles de una secta masónica, o más lineales como los de los Lakota. Fuera de combate, y en la vida cotidiana, esos clubes se especializaban en diversas tareas: labores de policía en el poblado, caza del búfalo, exploración de nuevos lugares para acampar y un largo etcétera. Se subía, dentro de los mismos, a base de pruebas y actos de valor (no sólo entendidos como combates, sino también entraban las decisiones difíciles y juiciosas), y el cargo más que pequeños beneficios obligaba al que lo ostentaba a continuas demostraciones de su capacidad. Cada uno tenía sus ritos, colores, vestimentas y danzas; y no eran ni secretos ni cerrados, todo lo contrario, contaban con gran publicidad y buscaban expandirse lo máximo posible. Curiosamente, había un importante intercambio cultural con los de otras tribus, y no era nada raro que danzas ceremoniales de unos fuesen adoptadas por otros, como la famosa “danza de los suicidas” de los Cheyennes, adoptada masivamente por los Lakota. Los miembros de un club debían proteger y cuidar a los suyos, y ganar fama y gloria para sus colores mediante sus acciones, en especial las bélicas. Bien aprovechados y con jefes respetables los clubes podían ejecutar complejas maniobras en el campo de batalla, y debido a su espíritu de equipo, ser enormemente efectivos. Sin un gran jefe al que respetasen, iban por libre, facilitando su derrota por el más jerarquizado ejército norteamericano. Para suerte suya, Nube Roja demostró ser uno de los más grandes jefes de la nación Sioux.

Carrington comenzó su tarea como lo hubiese hecho cualquier Legado romano. Reparó el antiguo Fort Connor, llamado ahora Fort Reno, y subiendo por la senda Bozeman, construyó Fort Phil Kearny y Fort CF Smith, reforzando Fort Ellis en el paso Bozeman. Era consciente de la escasa calidad y número de sus tropas, así que adoptó una estrategia muy defensiva y cautelosa. A finales de año recibió refuerzos de la mano de dos impetuosos oficiales veteranos de la guerra de secesión: el capitán William J. Fetterman y el capitán James Powell, ambos del 2º regimiento de caballería. De inmediato su temeridad y desprecio por la estrategia de Carrington se convirtieron en severos problemas.

Los fuertes se establecieron en lugares complicados, atendiendo más a la disponibilidad de agua que a criterios defensivos. Carrington sabía que las técnicas de atrincheramiento desarrolladas en los últimos años, con la artillería y los fusiles de percusión, junto con la ausencia de un tren de asedio Sioux, facilitaban una defensa eficaz de los mismos, siempre y cuando no quedasen peligrosamente desguarnecidos. Sin embargo, al estar situados en valles, permitían que los indios los vigilasen de forma constante, y que la madera y el cereal tuviesen que ser obtenidos fuera de los mismos. Los ataques a lo largo de la senda arreciaron, cerrándola casi en su totalidad, sólo contrarrestados con tímidas y cautelosas incursiones contra las elusivas partidas de caballería Sioux. Fetterman estalló…

Capitán William J. Fetterman

La historia cuenta que en una tumultuosa cena de oficiales había dicho que le bastaban 80 hombres bien armados para recorrer todo el territorio Sioux. Nube roja había concentrado su estrategia en ataques relámpago contra las partidas de madera y de cereal, causando un desesperante goteo de bajas al ejército, pero sin lograr llevarlos a una emboscada. Los infantes del 18 regimiento mantenían sus formaciones, y seguían adelante con su misión, los soldados del 2º de caballería eran más agresivos, puede que todo fuese ser paciente y preparar bien una trampa…

Así que el 21 de diciembre de 1866 se lanzó un nuevo ataque contra un convoy maderero, que pronto se encontró en apurada situación, la fuerza de rescate, de 80 hombres curiosamente (49 infantes del 18º y 27 de caballería del 2º) debía ser mandada por Powell, pero invocó Fetterman su anterior rango (teniente coronel) para mandarlo, quedando Powell de segundo y el teniente George Grummond (otro de los grandes críticos de Carrington) del 18º, mandando curiosamente el destacamento de caballería. Las órdenes eran bien precisas, rescatar el convoy, protegerlo, traerlo de vuelta, y NO cruzar Lodge Trail Ridge. Fetterman desobedeció todas ellas.

Bastó que se encontrara con una partida de Lakotas, comandadas por un joven y bravo guerrero, de nombre Caballo Loco, para que se lanzase en su persecución, presintiendo una victoria fácil. Eran un señuelo, que los llevó al valle de Peno, donde les lanzaron la típica emboscada en L, los fragmentaron en tres grupos y los aniquilaron completamente, en un tris tras. Uno de los grupos con dos civiles armados con rifles Henry del cal. 44 rimfire aguantó más, seguido de otro con la mayoría de la caballería, con carabinas repetidoras Spencer del .56-.50, pero el de la infantería, con Springfield 1861 de avancarga fue barrido inmediatamente, pues los indios provocaban las descargas en masa, para acercarse rápidamente al cuerpo a cuerpo. El desastre fue inmenso, y las unidades del 18º y del 2º de caballería se encontraron cercadas en sus fuertes.
Springfield mod 1861 de percusión.


Reproducción moderna de una carabina Spencer mod 1863

Un civil voluntario, de nombre JohnPortugeePhillips cabalgó 236 millas a Fort Laramie para llevar la noticia del desastre y pedir refuerzos. Y el desastre era gordo: no solamente quedaba cerrada la senda Bozeman, también se amenazaba Platte Road y la construcción del primer ferrocarril transcontinental a través de Wyoming. Nube Roja les había hecho una faena considerable. El general al mando del distrito, el general Cooke hizo que Carrington se la cargara (más tarde sería exonerado), y lo sustituyó por el Brigadier General Henry Wessells, que alcanzó Fort Kearny con dos compañías de caballería y cuatro de infantería como refuerzo, tras un viaje épico en tormentas de nieve intensas, el 16 de enero de 1867. Un hundido Carrington salió el 23 de enero hacia Fort Laramie, con su mujer, y otras mujeres con sus hijos (incluyendo la esposa embarazada del difunto teniente Grummond) y una pequeña escolta, llegando a Fort Laramie en medio de temperaturas de hasta -38º C, y con la mitad del pasaje con quemaduras por congelación. Abandonaría el ejército en 1870, y dedicaría gran parte de su vida a defenderse de las acusaciones de haber ocasionado la matanza con su inactividad posterior (lo cual no era cierto).

General Henry Wessells.


El parón invernal permitió cierta reorganización al ejército, pero sin mucha mejoría aparente. Los suministros disminuyeron alarmantemente en los fuertes, gran parte de los caballos y mulas o murieron o fueron sacrificados, y hasta se sufrió un brote de escorbuto. Y en abril, los Sioux comenzaron de nuevo a dar batalla…y ahí Wessells y el resto se dieron cuenta que no nadaba muy desencaminado Carrington con su estrategia.

cuadro idealizado de la muerte del teniente Grummond



Nube Roja siguió con sus ataques a partidas de obtención de madera y forraje, dedicando especial atención a pillarlos al descubierto. Sin embargo, sus aliados Cheyenne, arrastrando a elementos Lakota, se decidieron a atacar los campamentos madereros y forrajeros directamente. Los existentes eran pequeñas fortificaciones de fortuna, muchas veces aprovechando los carromatos como hemos visto mil veces en las películas. Así el 1 de agosto atacaron lo que se dio en llamar “el campo de heno” (Hayfield) cerca del Fort CF Smith, recientemente reforzado por dos compañías de infantería mandadas por el Coronel Luther P. Bradley. La táctica la de siempre. Provocar una descarga de los Springfield mod. 1861, y cargar mientras los soldados realizaban el laborioso proceso de recarga.

Pero mientras cargaban, de forma sorprendente, recibieron otra descarga, volvieron a cargar, y otra descarga casi inmediata, y así hasta que el ataque quedó roto…¿qué había pasado? Pues que había nuevos naipes en la baraja: los rifles de retrocarga.

Hasta entonces el ejército había usado el bien fiable rifle Sprinfield mod 1861 (hay algunas noticias no constratastadas que también se usó en las grandes llanuras el Remington Zuoave mod 1863). Preciso y manejable, pero disparaba una potente bala minié del cal. 58 que debía cargarse por la boca, tras morder el cartucho de papel que contenía pólvora y bala, y atacarla hasta la recámara, para a continuación, cebar la chimenea con un pistón de cuatro aletas, y eso significa mucho tiempo de recarga.

Sin embargo, durante el invierno se habían recibido los nuevos Springfield Mod 1866 (tanto en versión rifle como carabina de caballería), del calibre .45-.70 Government. Eran ya de cartucho metálico, y se cargaban rápida y directamente en recámara, a través de un ingenioso sistema de trampilla diseñado por Allin (no era el único, pero su segunda versión era la más sencilla y fiable que había), lo que permitía una tasa de fuego por minuto muy superior. Además el citado sistema de Allin se adaptó para usarlo en rifles Sprinfield Mod. 1861, y convertirlos así de avancarga a retrocarga. También se incrementaron el número de carabinas Spencer de repetición, un precioso y fiable diseño de 1863, con un cartucho mucho menos potente, pero que permitían un fuego muy rápido y preciso gracias a su cargador tubular, situado en la culata del arma, de 7 cartuchos. Y a esto le añadís que los civiles que compartían penurias con los soldados se comenzaron a armas con rifles repetidores de palanca Henry, y en 1867, con el primero de los famosísimos Winchester: el modelo 1866 Yellowboy.

Conversión Allin de un Springfield
Reproducción moderna, por Uberti, de un repetidor Henry. Queridos Reyes Magos...


La mayoría de los indios de la época seguían armados con sus armas ancestrales, lanzas, hachas de guerra y arcos, que eran letales contra las armas de avancarga, de lenta tasa de disparos. Los que poseían armas de fuego, o bien eran saqueadas a soldados y civiles, o mucho más frecuentemente, eran los famosos Trade muskets. Se trataban éstos de armas, en teoría de peor calidad (digo en teoría, pues el estado del gran número de supervivientes actuales lo desmienten. Puede que los fabricasen compañías de segunda fila, pero decidme quién era el machote que le vendía un arma pésima o defectuosa a un Sioux…), y con llave de chispa. El ánima del cañón era habitualmente lisa, y la llave de disparo requería ser cebada con pólvora negra, una pequeña cazoleta, tras haberlo cargado como anteriormente se describió con el Srpingfield Mod 1861. Además seguía disparando viejas bolas de plomo, por lo que su precisión, por encima de los 50 metros, era casi inexistente (las modernas competiciones con estas armas, la modalidad de Miguelete, el blanco, de casi un metro cuadrado, está situado a esa distancia, y aún así se falla un montón…). 

A pesar de ser de recarga más lenta (los indios hacían una pequeña trampa aquí. Usaban bolas de menor calibre que metían en la boca, y que escupían rápidamente en el cañón tras haber echado una dosis a ojo de pólvora, y luego usando la misma polvorera, cebar la cazoleta. La precisión era horrible, pero daba igual, ellos disparaban a muy corta distancia con ellos. Un mito más que se derrumba, el del fantástico tirador indio, eran más bien malos o como mucho mediocres) y menos precisos, los indios los preferían por una razón muy sencilla. Los de pistón exigían que tuviesen pistones que se podían corroer o funcionar mal en las condiciones en las que los Sioux los podía almacenar, y al no poder fabricarlos, si se quedaban sin ellos, el arma quedaba inútil.

 Por el contrario las llaves de chispa requieren pedernal, una piedra que aprendieron a reconocer y tallar, y para las balas sólo hacía falta algo de plomo, una cazoleta y un fuego; y la pólvora se compraba sin problemas (y muchas veces la daba el gobierno en las reservas).  Y si estáis pensando que el plomo podría ser un problema para un pueblo nómada, los indios, gracias al comercio tenían un suministro enorme de algo parecido: el peltre. Se trata de una aleación de cobre, estaño, antimonio y plomo, muy usada en la fabricación de cacerolas y utensilios caseros. Para fundirlas hace falta algo más de calor, pero no un alto horno, y el plomo queda líquido, y las impurezas, en forma de polvo “nadando” por encima, por lo que son sencillas de retirar. Y puede que no sea tan perfecta como la mezcla de plomo al 95% con bismuto al 5%, pero la pelotería que se obtiene es más que válida. Por estas razones, los usarían muchísimo tiempo, y sólo la llegada del cartucho metálico haría que comenzasen a hacerse con estas nuevas armas.

Comparativa entre llave de pistón (arriba) con una llave de sílex.


El 2 de agosto de 1867, cerca de Fort Kearny se atacó un campamento maderero fortificado con carromatos. La lucha consiguiente fue un calco de la del campo de heno, gracias las nuevas armas de retrocarga, logrando aguantar los soldados y civiles allí atrincherados durante seis horas, hasta la llegada de refuerzos. Pero lo más alarmante llegó el 7 de agosto de 1867, cuando una numerosa partida de Lakotas se atrevió a atacar un tren de la Union Pacific en Plum Creek, una región muy alejada de la senda Bozeman, y considerada como segura.

El asunto era ya desastroso. Las minas de oro de Montana no eran tan fabulosas como se creían, y requerían mucho esfuerzo por magros resultados, la construcción del ferrocarril en Wyoming estaba casi paralizada, la senda Bozeman cerrada, y el coste de las operaciones se había disparado. Costaba mantener al año, un sólo regimiento de caballería en la zona, unos dos millones de dólares. Y eso para una hacienda federal agotada por años de guerra y por la ingente labor de reconstrucción del derrotado sur confederado, y para colmo los indios haciendo incursiones a muy larga distancia, causando inquietud generalizada y parón económico. Tocaba negociar.

Se tanteó a los Lakotas para que acudieran a una nueva conferencia de paz en Fort Laramie, mediante promesas de dinero y mercancías. Nube Roja fue inflexible, si querían tratado, debían abandonarse todos los fuertes de la senda Bozeman, hecho que logró en julio de 1868. Se dio el gustazo de quemarlos hasta sus cimientos, pocas horas después de su abandono. Y no fue hasta noviembre de 1867, cuando acudió al citado fuerte, a firmar el segundo tratado de Fort Laramie.

En dicho tratado, Nube roja consiguió que el condado de Powder River fuese declaro como territorio No-cedido a los EEUU, y lugar para que los sioux y arapohoes que así lo decidiesen viviesen y cazasen allí. Además, se especificaba que mantenían territorios con derecho de caza en el oeste de Kansas, y en el este de Colorado. Y lo más importante: que en dicho territorio no-cedido, no podría entrar ningún hombre blanco, ni siquiera el ejército, sin permiso de los Sioux.

Nunca, los indios, habían conseguido un tratado similar. Pero no volverían a conseguir otro, pues sería la primera y última vez que ganarían una guerra a la joven nación norteamericana.

Como garantía del tratado, el gran jefe Nube Roja, prometió que jamás volvería a alzarse en armas contra el hombre blanco, y que se retiraría a vivir a una reserva. Lo cumplió a rajatabla, pero, con matices…es cierto que no volvió a coger jamás un arma, pero luchó mediante la diplomacia y la resistencia pasiva contra el empeoramiento progresivo de las condiciones de vida y trato a los nativos americanos. Murió el 10 de diciembre de 1909, en la reserva de Pine Ridge, y su obituario se publicó en los principales periódicos del país. Fue uno de los principales protagonistas de la única guerra ganada por los Sioux, y le quedó la amargura, en sus últimos años de ver la inmensa decandencia de la gran nación Lakota. Pero dicen, que le quedó la chispa de esperanza de ver, que había logrado, por lo menos, mantener la supervivencia de su pueblo, que pensaba perdida desde que en 1870 visitó Washington DC, y comprobó el inmenso poderío del hombre blanco.

Aparte de gran jefe guerrero, fue un experto líder, negociador, y gran diplomático; y muy respetuoso con la ciencia y la cultura. Muy celebrada es la anécdota de cuando en 1870, se presentó en Powder River el padre de la paleontología americana moderna, Othniel Charles Marsh, para pedir permiso para estudiar los fósiles de la región. A cambio de convertirse en un portavoz más de las peticiones de los indios, Nube Roja le permitió libre paso y residencia por el territorio del tratado, así como asistencia para la localización de todos los fósiles que sus guerreros hallasen o conociesen. Se mire por donde se mire su biografía, estamos ante una de las más grandes figuras del antiguo oeste.

el gran caudillo Sioux Nube Roja.



martes, 28 de agosto de 2012

LAS GUERRAS SIOUX (Parte 2): Rebelión en Montana



Prometí hablar de los Sioux Dakota, y he aquí su historia más importante.
El tratado de Fort Laramie no fue único, sino el más importante de una serie de tratados realizados con los nativos americanos de las praderas, en 1851. De especial importancia para los Dakota fueron los de Traverse des Sioux de julio de 1851, y sobre todo el de Mendota de principios de agosto.
Por ellos, los Dakota cedieron una parte importante de sus terrenos de caza a cambio de dinero en efectivo y mercancías. Además, significó el establecimiento de dos agencias en Montana, Upper and Lower Sioux Agency (no me atrevo a traducirlas, pues más que un estatus jerárquico, sólo indica su situación geográfica en el territorio. Vamos, como decir Villaarriba y Villaabajo). No era mal trato, pero los engañaron. Al llegar al Senado de los EEUU, el tratado no fue ratificado completamente, y se cambiaron los términos relativos a la indemnización. En 1851, los EEUU estaban sufriendo una fuerte espiral inflacionista como consecuencia del oro californiano de dos años antes, y el tesoro federal no iba muy bien. Y esta es otra de las grandes constantes de las guerras Sioux: dificultad del gobierno federal, problemas con los Sioux al no cumplir compromisos…
El sistema que se impuso en estas primeras reservas, y que luego se perpetuó en sus peores defectos era el siguiente. La idea, como ya se dijo, era reconvertir, casi a la fuerza, a los nómadas en granjeros sedentarios. Para ayudarles, habría aportaciones federales de comida, herramientas y lo que hoy llamaríamos microcréditos a los indios. Para ello, y mediante la oportuna licencia, se establecerían puestos comerciales en las agencias, otorgados a particulares tras pagar los correspondientes derechos, y controlado el proceso por el Bureau of Indian Affairs. No se pudo hacer peor…
No había ido mal con ciertas tribus más proclives a la agricultura por su propia cultura. Pero el caso de los Sioux era muy diferente. Eran muy pésimos granjeros, y si a eso añadimos que se les fue arrinconando, cada vez más, en tierras áridas e improductivas; que la colonización de sus tierras aniquiló la caza, los bosques y los cultivos salvajes de los que obtenían una parte importante de sus reservas de comida; explica que el desastre fuese a más. Por otra parte los comerciantes autorizados se encontraron fiando cada vez más a los Dakota, con precios fijados por el citado Bureau, y viendo como las posibilidades de comercio con los productos que les daban los indios eran cada vez peores. La Fur Trade Company en el Canadá, con un estilo de negocio parecido, un siglo antes, había conseguido pingües beneficios con las pieles. Y esto ya no ocurría aquí, con unos Sioux incapaces de asimilar una explotación comercial de un animal sagrado como el Búfalo, y con una caza cada vez menor por las depredaciones del creciente número de colonos blancos. Estos comerciantes sobrevivían con las aportaciones del gobierno de Washington, y si fallaba o se retrasaba en exceso, era su ruina. No es de extrañar, que progresivamente el Bureau se fuese poblando de personajes incompetentes y corruptos, y que una raza de aprovechados ocupase los puestos de los honrados que lo dejaban arruinados. Yesca y bidones de gasolina…sólo faltaba la cerilla.
Y como toda buena lumbre, que siempre empieza con unas chispas y una fogata pequeña, ésta no fue una excepción. El 11 de mayo de 1858, el estado de Montana fue admitido en la Unión (el trigésimo segundo estado), y dejó de ser territorio de administración federal. Una delegación de jefes Dakotas, comandados por Pequeño Cuervo, acudieron a Washington DC, con la idea de mejorar, en algo los tratados. Lograron empeorar las cosas, y perder más territorio, como la excelente zona de caza al norte del río Minnesota. La autoridad y respeto que perdieron entre los jóvenes fue inmenso, lo que en los sucesos que narraremos tuvo una repercusión desproporcionada.

el Jefe Dakota Pequeño Cuervo

El invierno de 1861 fue muy malo en Minnesota. Malas cosechas, poca caza, mucho frío. Y la guerra de secesión recién empezada en el Este, y perdiendo la Unión por goleada. Los comerciantes autorizados también estaban en una situación crítica. Sus pérdidas eran enormes, y las aportaciones del Gobierno Federal, empeñado hasta las cejas para pagar el esfuerzo de guerra, no llegaban. Así que presionaron al Bureau, para que el dinero les llegase a ellos, para pagar los créditos de los indios, y no a sus jefes. Éstos se opusieron, pues era su sentencia de muerte política, y ya estaban bastante mal vistos desde el 1858. Y los indios, desesperados, hambrientos y decepcionados, no sólo con los blancos, sino con sus propios jefes. La situación era explosiva.
El camino de la guerra, como en todas, fue directo pero con recodos inocentes en apariencia.  El 4 de agosto, los Dakota Sissetowan y Wahpeton, en una acción de presión, consiguieron que se les facilitasen alimentos de primera necesidad en la Upper Agency. El día 15, los Mdewakanton y Wahpekute intentaron lo mismo en la Lower Agency. Pero su intento fue frustrado por el funcionario local del Bureau, Thomas Galbraith. No era un mal funcionario, del montón, y sólo seguía las instrucciones enviadas. Pero, acababa de cometer uno de los peores errores de su vida.
A estos intentos siguió una reunión de los funcionarios del Bureau, representantes de los indios, y comerciantes. Fue muy tormentosa, y se dijeron de todo, entre todos. Pero lo peor, fue un comentario de un comerciante blanco, Andrew Jackson Myrick, muy agobiado por las deudas, que nervioso estalló y le dijo a los jefes indios, que por él, como si tenían que comer hierba, pero que se negaba a vender más víveres a crédito. Los Dakota, en su situación, se lo tomaron como una ofensa inmensa. Sólo faltaba la chispa definitiva.
Y ésta llegó de la forma más estúpida posible. El 17 de Agosto de 1862, domingo, cuatro jóvenes guerreros Dakota salieron de caza. Muy posiblemente estaban borrachos y con ganas de dar caña. Se dirigieron a la cabaña de Robinson Jones, cerca del pueblo de Acton. Allí demandaron más licor, pero se comportaron de forma amistosa. Luego, en compañía de Robinson, se dirigieron a la granja de un conocido, Viranus Webster, donde al parecer bebieron más alcohol, y se retaron aun concurso de tiro. Mientras tenía lugar, surgió una discusión debida a que uno de los guerreros había aprovechado para robar unos huevos. El tema se lió y acabó con uno de los guerreros matando a Viranus. El resto le siguieron y en un abrir y cerrar de ojos masacraron a los Webster y los Jones (ambos, mujer y marido), a algunos de los hijos de los Webster (otros se ocultaron y sobrevivieron), y a la vuelta, pararon en la cabaña de los Jones, y mataron a su hija adoptada, Clara. 

Placa conmemoritativa de los sucesos de Acton

Al volver a su campamento contaron la historia como les vino en gana, pasando de villanos a víctimas, y pese al intento de apaciguar ánimos de los jefes, los guerreros exigieron la guerra. La consiguieron.
Se dice que en los primeros dos días, casi la mitad de los ochocientos civiles muertos que ocasionaría la revuelta de los Dakota murieron. Había mucha frustración y odio, y lo peor de todo, es que no había jefes cuya autoridad se respetase. La ferocidad y crueldad de los Dakota no tuvo freno. Uno de sus primeros objetivos fue la Lower Agency, donde mataron entre otros a Myrick, que sería hallado con su boca y estómago repletos de hierba.
Bandas de guerreros cayeron sobre toda granja o pequeño poblado blanco. Y se regodearon a base de bien. No se respetó vida alguna. Saqueos, torturas, secuestros, y para las mujeres, como por desgracia es costumbre en estos conflictos, la siniestra ley de la violación múltiple. Se emplearon a fondo. Y pasadas las primeras noticias, se produjo una desbandada general del territorio de Montana. Todos los blancos huían, dejando atrás propiedades, dinero, haciendas y a hasta a familiares. Todos perdiendo hasta el resuello en su desenfrenada huida a Dakota, Iowa o a alguno de los pueblos grandes y fuertes de la región. Y en estos lugares, tareas de fortificación contra reloj, fundir balas, hacer cartuchos de papel, engrasar armas, hacer acopio de víveres…y miedo, miedo sin final, cerval, atenazador, que aumentaba cuando llegaban a la posición los despojos humanos en los que se habían convertido los supervivientes. En la unión no se había vivido algo igual.

Refugiados de la revuelta...da igual quiénes, cuándo o dónde. Siempre las mismas miradas...

Las tropas disponibles, eran escasas, mal entrenadas y equipadas, y de pésima calidad. La inmensa hoguera que era la guerra en el este exigía la participación y sacrificio de los más fuerte y preparados. No es de extrañar que la primera respuesta, la entrada en acción del 5º regimiento de voluntarios de Minnesota acabase en su aniquilación en Redwood Ferry. Todo cesó en el territorio: viajes, comercio, ganadería, agricultura…hasta dejaron de funcionar los vapores por el Red River.
Los Dakota pusieron inmediato asedio a los pueblos y fuertes principales. Pueblos como New Ulm o posiciones como Fort Ridgely fueron atacadas de forma repetida, pero nunca tomadas. Y la campiña asolada, y masacrado todo blanco que no había podido huir o refugiarse en lugar seguro. La rebelión estaba fuera de control, y el 2 de septiembre de 1862, en Birch Cuolee otro destacamento del ejército fue emboscado y aniquilado.

versión idealizada de los asedios de New Ulm

Por parte de estado, el gobernador, Alexander Ramsey contó para la organización de la defensa de las milicias a su anterior contrincante y ex-gobernador, Henry Sibley, tipo bravo y buen organizador. El gobierno federal envío a uno de sus mejores generales del momento John Pope, una estrella ascendente que se estrellaría al mando del ejército del Potomac contra Robert E. Lee en la segunda batalla de Manassas.  Contaría con las veteranas tropas de los regimientos de infantería de voluntarios de Minnesota 3º y 4º, mientras a toda prisa se creaban los 9º y 10º; y con la promesa recibir en breve a los regimientos 6º y 7º del estado de Minnesota (recibiría al final compañías dispersas de los mismos).

Henry Sibley





El general John Pope

La campaña fue breve, pero intensa y brutal. El 23 de septiembre de 1862, en Wood Lake, arrinconaron a los Dakota y los derrotaron de forma brutal. Previamente Pequeño Cuervo había intentado negociar con Sibley sobre un cese de hostilidades contando con la presencia en sus campamentos de casi un centenar de rehenes blancos. Pero para entonces estaba claro que el jefe Dakota estaba a remolque de los acontecimientos y no tenía autoridad efectiva alguna sobre los guerreros más jóvenes. El acuerdo era imposible.
La batalla de Wood Lake es de las más extrañas de las guerras indias. Merece el premio a la emboscada peor planeada y ejecutada de la historia. La crisis de mando entre los Dakota, unido al emborrachamiento general de botín y venganza satisfecha, lograron que fuese un desastre. Y más aún cuando los regimientos 3º y 4º eran de veteranos, y venían de luchar contra los confederados. Una vez empezado el tiroteo, hicieron picadillo a los Sioux. Y eso ya dice mucho de la calidad de sus soldados, aniquilar a los indios que los han emboscado…

Vista del Monumento de la Batalla de Wood Lake

Cuadro del 3º de Minnesota, un año después, en Little Rock, Arkansas. Se convertiría en un regimiento de élite de la Unión.

Los Dakota habían tenido suficiente, y el 26, en lo que se llamaría Camp Release (liberación) se entregarían a las tropas de Pope, junto con los rehenes blancos que aún conservaban. La crueldad que habían exhibido en dos meses de guerra era inmensa, en absoluto ajena a una guerra total entre tribus, pero excesiva para el hombre blanco. Y ahora les tocaba vengarse a ellos…
De entrada, fueron encarcelados en ese mismo lugar, pendientes de juicio militar. Pequeño Cuervo tuvo que renunciar a la jefatura, y acabaría huyendo a Canadá, donde como muchos indios que huyeron, pasaría frío, hambre, exclusión social y ninguna ayuda de los canadienses. Volvería a sus tierras, con una recompensa de 500 dólares sobre su cabellera. Recompensa  y cabellera que cobraría un granjero local,  Natham Lamson, que lo mató el 3 de julio de 1863, al pillarlo robando moras en sus tierras. Su cabellera, sería expuesta en el cercano pueblo de Saint Paul hasta 1971, año en el cual, tras una campaña del American Indian Movement (AIM), le sería devuelta a su tataranieto.
El resto de los rendidos, en número de 303, fueron juzgados y condenados a principios de diciembre de 1862, acusados de rebelión, saqueo, asesinatos y violaciones múltiples. El juicio fue una farsa inmensa. Sin abogados, sin traductores, sin posibilidad de defensa, la mayoría fueron condenados en menos de cinco minutos de juicio. Las ganas de revancha de los blancos, tras su brutalidad, eran inmensas. Tuvieron un defensor inesperado, el obispo episcopaliano Henry Whipple, que conocía a muchos de ellos, y sabía que no podían haber participado en esos hechos, y que la mayoría de los culpables verdaderos estaban ahora a merced de las alimañas salvajes en Word Lake.
Sus protestas llegaron oídos del presidente Abraham Lincoln, que ejerció su potestad de supervisar las sentencias de muerte dictadas. Al final conmutó la mayoría, pero firmó treinta y ocho, principalmente de cabecillas identificados de la revuelta. Todos fueron ahorcados el mismo día, el 26 de diciembre de 1862, en Mankato, Minnesota (Mn). Hasta el momento, ha sido la ejecución más multitudinaria de la historia de los EEUU. No fue una decisión popular, pero Lincoln declaró que “no quería votos logrados por ahorcar a hombres inocentes”. En las elecciones de 1864, Minnesota votaría masivamente a su rival, el antiguo general McClellan.


Dos líderes, Pequeño Seis y Botella Medicinal, lograron fugarse antes a Canadá. No se librarían, pues años mas tarde, fueron localizados por agentes del gobierno (se dice que eran gente de Pinkerton), y tras ser emborrachados y drogados con laúdano, se los secuestró y trasladó a los Estados Unidos. Su sentencia se ejecutó en Fort Snelling (Mn) en 1865. Y la venganza no quedaría ahí. El resto de encarcelados sufrirían, al igual que el resto de Dakotas de duras privaciones durante el invierno. La neumonía y el hambre matarían a un alto número de ellos.  Lugares como Camp MacClellan en Iowa o Pike Island cerca del citado Fort Snelling se convertirían en tumbas de más de un tercio de sus prisioneros.

El jefe Botella Medicinal. Lo de secuestrar líderes de Al Qaida no  es algo nuevo...

En abril de 1863, el congreso de los EEUU declaró nulo todo tratado con los Dakota, y se abolieron sus reservas. El pueblo Dakota, bajo pena de muerte si regresaban (y con un precio de 25 dólares por cabellera, ya fuese de hombre, mujer o niño), fue expulsado de la Unión al territorio de Nebraska (todavía había espacio para tal decisión). A la mayoría se les embarcó en vapores, y les dejó en la reserva de los indios Crow, que como sabemos se llevaban a matar con los Sioux. La mayoría se acabarían uniendo a sus hermanos Lakota.
La rebelión de los Dakota de 1862 pese a ser iniciada por culpa de engaños y desde la desesperación del hambre, la pobreza y la falta de esperanza fue terrible y muy cruel. Los blancos nunca perdonarían al pueblo Sioux por ella, y haría que fuesen considerados, hasta la década de 1880 como peores que animales. Como anécdota comentar que el propio general John Pope, que después de la guerra de sucesión luchó con acierto contra Apaches, y que desató varias tormentas políticas al denunciar los incumplimientos de los tratados con los indios, el mal trato que se les daba y la brutal corrupción del Bureau of Indian Affaires (le costaría que se le abriese una comisión de investigación por sus desastrosas decisiones en la segunda batalla de Manassas o del 2ª Bull Run), haría una excepción con los Sioux. Declararía que debían ser exterminados hasta el último de ellos… 
Sin embargo, las guerras Sioux, no habían hecho mas que empezar.

¡Y por supuesto que Hollywood hizo película del tema! si no la habéis visto, no sufráis, pura serie Z, de las olvidables...

lunes, 27 de agosto de 2012

LAS GUERRAS SIOUX (Parte 1): Por culpa de una vaca


Me declaro un gran enamorado del Western clásico, culpa quizás, de muchas tardes en mi infancia de sábado cine, y de las primeras emisiones de Antena 3 y Tele 5. Y cuando te enamora tal género cinematográfico, es lógico que te acabe por fascinar la historia real de sus protagonistas. De los sheriffs, Marshalls, pistoleros, forajidos…y gracias a John Ford, de la caballería, los ranger de Texas…y los indios. ¡Qué demonios, hasta me encanta esa pastelada de “Bailando con lobos”!
La Legión Invencible. La segunda (y la mejor) de la trilogía de la caballería de John Ford
Y si en las películas eran peligrosos, en la realidad, eran realmente temibles. La mejor caballería ligera del mundo. Hábiles, valerosos, inteligentes, sufridos…nunca un país tuvo enemigos tan extraordinarios y nobles como ellos. Los apaches chiricauas del chamán Jerónimo, los geniales guerrilleros del jefe Joseph y sus Nez Percée, el inmenso sufrimiento de los cherokees del sendero de las lágrimas. Tantas historias y gestas para ser cantadas en todas las lenguas del hombre. Y sobre todas ellas, y mira que son bien grandes y emocionantes, hay una gran nación de las praderas que sobresale: la nación Sioux.



Guerreros Sioux posando para la cámara. En la realidad serían más temibles y menos ceremoniosos.
 
El nombre de Sioux, indirectamente, se lo puso una tribu rival, largamente olvidada debido a su pronta asimilación por el hombre blanco: los Chippewa. Aliados incondicionales de los franceses de Louisiana, denominaron a esta tribu rival, en su lengua, como los Nadouessioux, es decir, los “pequeños serpientes”; término que en cualquier lengua india ya decía mucho de su carácter…

Guerrero Chippewa
Inicialmente, vivían en el Alto Mississipi, en lo que hoy son los estados de Wisconsin, Minnesota y Iowa. Pero tuvieron que salir de allí por patas. La razón: que los franceses armaron, desde 1700, a los Chippewa, con Mosquetes de mecha, y lo convirtieron en guerreros muy superiores. Podéis leer hasta hartaros de que si un arco tira más rápido, que si es más letal, que si bla, bla, bla… me pasé  casi toda la carrera tirando con arco compuesto de 45 libras. Después de cinco años seguía siendo mediocre, tirando a malo. Comencé a tirar con avancarga pasados los 35: en menos de año y medio era un fusilero competente…no hay más que explicar.

Mosquete de Mecha. No penséis que es tan primitivo...tiran de maravilla...

 
Así que los Sioux tuvieron que emigrar a las grandes planicies de Nebraska y Montana, llenas de espacio, libertad, búfalos…y un frío que aniquila en invierno, y unos cuantos miles de indios Crows, Cheyennes, Shoshonas, Kiowas, Chickasaws…ninguno eran hermanitas de la caridad ni pacifistas de pro. Se impusieron a todos ellos, y además dieron con las Black Hills, sus colinas sagradas, por motivos que todavía, aún hoy en día, el hombre blanco no conoce. Y mejor que siga así. De esta migración aprendieron dos cosas importantes: la primera, que los arcos y lanzas no están mal, pero que había ponerse a manejar armas de fuego de forma experta; y la segunda, que el hombre blanco no era de fiar y podía ser tan cabronazo, o más, que ellos.
Decir Sioux, es quedarse corto, pues se parecen y mucho a nosotros, que decir español requiere matización: que si gallego, vasco, valenciano, canario, catalán, andaluz, leonés, madrileño (va ironía: ¿realmente existen de verdad? Y viví allí un año y conocí a dos “gatos” solamente…). Bromas malas aparte, había tres grandes grupos de Sioux, que además de su nombre, son conocidos tanto por su localización como por el nombre de su dialecto.
Primero tenemos a los Dakota. Se quedaron en Minnesota, principalmente, hablaban el Santee, y se les denominó como Sioux del Este. Narraré su historia en un post específico.
Luego tenemos a los Nakota. Se quedaron en la porción oeste de Minnesota, y en al este de ambos estados actuales de Dakota, del Norte y del Sur, lo que causa cierta confusión con el nombre de los anteriores. Su dialecto era el Yankton. También les llamaron los Sioux de enmedio o medianos (clara influencia de un traductor español fanático de Tolkien). Serían los que en mayor medida se “civilizarían” (vamos que adoptaron muchas costumbres de los blancos). Serían los que en mayor número dotarían a la Policía india (juro que le dedico un tema fuera del de las guerras Sioux) y serían reclutados para ser exploradores en su lucha contra sus congéneres.
Y finalmente, los más famosos de todos: los Sioux Lakota. Los reyes de las grandes llanuras del Noroeste, los más duros, bravos y famosos de todos. Los protagonistas de una gran epopeya de casi cuarenta años de resistencia directa. Su dialecto, el Teton; y divididos en siete grandes concilios: Brulé, Sans Arcs, Hunkpapa (¿os suena un tal Toro Sentado?, pues era de éstos), Oglala (Nube Roja, Caballo Loco…si no os suenan estos nombres, no habéis tenido una infancia sana), Miniconjou, Pies Negros (sí, eran Sioux ¡sorpresa!) y Two Kettles (al que las traducciones en español siempre les llaman “dos ollas”…y ¡no! ¡Dos teteras!). Y para completar el cuadro, también se les llama Sioux del Oeste. 

Sioux Oglala
 
Otro concepto importante en las guerras Sioux es el de merodeadores invernales y  merodeadores veraniegos. Los primeros, eran Sioux irreductibles que renegaban del contacto y ayuda del hombre blanco. Los segundos, sí que la aceptaban, a fin de pasar el duro invierno de las llanuras lo mejor posible, y tener más ventajas en el comercio. Llegado el verano, volvían a su modo de vida tradicional, uniéndose incluso a las confederaciones indias que luchaban contra el ejército. Por parte de los blancos, las primeras “reservas” más bien serían centros de asistencia a los merodeadores veraniegos, a fin de reconvertirlos a granjeros y que dejasen el modo de vida nómada. Educarían a sus hijos y los cristianizarían, minando el poder político de jefes y chamanes. Había funcionado con muchas otras tribus, pero en esos años, la presión de la inmigración sobre los Sioux era escasa, lo que no suponía acicate alguno para dejar el nomadismo. Aún así, alcanzaría dicha política resultados dispares: no muy malos con los Nakota, pero ínfimos con los Lakota.
Si no tenían suficiente con las tribus antes mencionadas, les cayó encima el hombre blanco. A mitad del siglo XIX, en 1851, en Fort Laramie, el “Gran Padre Blanco de Washington (DC)” firmó un acuerdo con los Sioux, Cheyennes, Arapahoes, Crows, Assiniboine, Mandan, Hiratsa y Arikihara; por el cual les permitía la libre circulación y derechos de caza en las tierras que ocupaban, a condición que permitieran, sin estorbos, el paso de las caravanas a la costa oeste a través de la senda de Oregón. Ojo a la trampa…que no reconocía la propiedad de dichas tribus sobre sus territorios de caza y sagrados, término que además no alcanzaban a comprender los nativos americanos de las grandes llanuras. Sería lo que siempre enfrentaría a blancos e indios. Y motivaría, que nadie cumpliese los tratados: por parte de los blancos, por políticos y colonos ambiciosos con cierta mano en la capital de la nación; por parte de los indios, como forma que tenían los guerreros más jóvenes de cuestionar la autoridad los jefes firmantes. El conflicto estaba servido. Y como siempre, aparecería algún cretino que prendería la hoguera.
Estamos en agosto de 1855, y la senda de Oregón estaba más transitada que la A-6 en viernes por la tarde. Los Sioux no estaban muy felices que digamos, ni tampoco los colonos. A eso añadirle que el ejército de los EEUU de la época era realmente ridículo, y no podía garantizar muchas cosas, y menos en las grandes llanuras. Así que los Sioux, de vez en cuando, provocaban alguna estampida entre las reses de los colonos para quedarse con algunas cabezas de ganado “encontradas” (a fin de cuentas lo mismo que pasó en Nuevo México y Texas años más tarde, pero eso es otra historia…); y los colonos, que las marcaban, quejándose de la actitud de los indios, pero no cortándose en absoluto en salirse de la senda, y cazando lo que les daba la gana para completar raciones…En definitiva, que ambos se puteaban siempre que podían.
Ese mes, el día 17, un guerrero miniconjou de nombre Alta Frente, se hizo de esa forma con una res de un emigrante mormón. Según unos autores era un miserable saco de huesos, y según otros todo un ejemplar de primer premio de feria ganadera. El colono se quejó al comandante de Fort Laramie, el cual, un poco cansado de tanta tontería, envió a un segundo teniente, de nombre John L. Grattan a pedir una compensación. Fue el peor error de su carrera, pues envió al mayor de los idiotas…
El teniente Grattan, junto con veintinueve soldados de caballería, se acercó el día 19 de agosto al campamento del jefe Oso Conquistador, un Brulé. El pobre tenía un buen marrón entre manos, pues Frente Alta, no era de los suyos, sino un pariente lejano, que con otros había venido a una cacería de búfalos. Así, que se guardó la mala leche, y ofreció al teniente Grattan, para el colono, y como compensación, un excelente pony indio. Era un trato magnífico, que de haber estado el mormón presente, lo hubiese aceptado sin dudar…pero el teniente era un absoluto idiota, y nunca se puede subestimar el poder de un tonto con un cargo…
Se empeñó en detener a Frente Alta, y llevarlo a Fort Laramie para castigarlo sumariamente. Y ahí se estaba pasando varios Tipis…Insistió, se pudo chulo, ofendió a los indios, intentó detener a Oso Conquistador…y uno de sus soldados, al parecer, de forma accidental, le descerrajó un tiro en el pecho hiriéndolo mortalmente. Este tipo de sucesos, como veremos, sería un denominador común de las guerras Sioux. Desde luego que a Grattan y a sus hombres, los Sioux, se los cargaron, encolerizados, en cuestión de minutos.
Placa conmemorativa del evento.

Por supuesto que el US Army no se podía permitir tal hecho sin venganza (otra constante de las guerras Sioux), así que despacharon a un jefe bien bravo y experto a Fort Laramie desde Nebraska: el brigadier William S. Harney. Con una fuerza de 600 hombres, persiguió el campamento de Pequeño Trueno (el sucesor de Oso Conquistador) hasta lograr arrinconarlo en Blue Water Creek, cerca de la localidad actual de Ash Hollow, Nebraska, el 2 de septiembre de 1855. Los Sioux intentaron negociar, mientras preparaban una exfiltración de todo el poblado. Mientras ésta tenía lugar, el día 3, Harney se dio cuenta del juego de los Sioux, y ordenó un ataque general, que superó la valerosa acción de retaguardia de los guerreros indios. El coste fue alto: 85 Sioux muertos, 70 mujeres y niños capturados. Por el lado de la caballería, 5 muertos y siete heridos. Aún así, 250 indios lograron escapar.

General William S. Harney
Harney, aprovechó para apretarle las tuercas no sólo a los Sioux, sino al resto de los indios del territorio, con el fin de garantizar la seguridad de la Senda de Oregón. El problema, es que muchos Sioux huyeron ante tales amenazas, entrando en el territorio de los Crows, en los grandes terrenos de caza de Powder River.
El escenario, para tragedias y conflictos futuros más violentos estaba dispuesto…

 
La Senda de Oregón