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miércoles, 7 de agosto de 2013

LAS GUERRAS SIOUX 6: Un desconocido río de Montana (parte 2)



Veamos ahora, de forma somera, el desarrollo de la batalla.

De entrada, el campo de batalla. Mirad hacia la mano que tenéis ahora mismo en el ratón. El gran campamento indio estaría colocado desde el lateral del índice dedo, bordeando el resto de los demás dedos. El dorso de la mano y la muñeca representaría terreno de una meseta montañosa, con quebradas que más o menos, seguirían los pliegues y uniones de los dedos.  En esa misma posición, tendrías el norte hacia la parte lateral del 5º dedo. El río Little Bighorn, bordearía la mano desde la muñeca, pasando por el lateral del pulgar, y seguiría más allá.

Little Bighorn forma parte hoy en día d ela reserva Crow. Mapa Actual.

Antes de la batalla, los exploradores Arikara y Crow habían informado a Custer de la presencia del “mayor poblado indio que jamás habían visto”. Custer, acostumbrado a que en materia de números los exploradores indios tendían a exagerar, pensó que se enfrentaba al poblado principal de los Sioux, pero ni por asomo que fuese tan enorme como resultó ser. De hecho, ni los propios Sioux habían visto una reunión semejante, pues en los últimos días, habían llegado numerosos contingentes, no sólo de Siouxs sino también de algunos Cheyennes y Kiowas. Llevaban pocos días allí, y estaban ansiosos por presentar batalla.

Los exploradores que acompañaron a Custer. Sólo Micth Bouyer moriría a su lado.

Un poblado de esas características era un gran problema para los propios indios, y no podía mantenerse mucho tiempo así. Aparte de la ausencia de un mando único establecido, las dificultades logísticas de mantener alimentados y en buenas condiciones higiénicas a un número tan alto de pobladores, estaban fuera de los conocimientos y capacidades de las tribus nativas de la época. En unos días, antiguas rencillas surgirían al calor de las molestias del hacinamiento, y acabaría todo como manada de gatos. Custer tuvo, aquí, la mala fortuna de llegar justo en el momento más inadecuado para atacarlos.


Intentando no repetir los errores de su ataque en Washita, y en especial temeroso de posibles campamentos satélites (temor que luego resultó ser infundado) que comprometiesen sus flancos y retaguardia, decidió dividir sus fuerzas; logrando así, si sus comandantes eran agresivos, dar la impresión de ser una fuerza mucho mayor que la que realmente era. Su objetivo, similar a la lucha contra los Cheyennes: dispersar el campamento indio, causar fricciones entre sus jefes, y lograr capturar o matar el máximo número de indios, no combatientes incluidos, que como hemos visto, eran el soporte logístico fundamental de toda tribu. Un ataque relámpago, bien ejecutado, podía lograr todo eso.

El ideal de un ataque a un poblado. Los indios pillados por sorpresa, sus caballos dispersados, sus mujeres e hijos capturados...

Por desgracia, Custer se enfrentaba con los Sioux Lakota, no con Cheyennes y Kiowas, y la capacidad de mando y carisma de sus jefes iban a darle la vuelta a la situación. Además, su plan se basaba en la presunción que Gibbon, Crook y Terry estarían cerca, y que su ataque los empujaría contra esas fuerzas. Pero ya hemos visto que Gibbon se movía a paso de tortuga, Crook tras el Rosebud había acampado y pedía sin parar refuerzos (tanto acamparía, que terminaría con un notorio número de casos de escorbuto entre sus fuerzas), y Terry por su inexperiencia, había metido la pata. Sin hacer caso a sus exploradores, decidió tomar la ruta más corta para reunirse con el 7º de caballería, es decir, a través del valle del Little Bighorn, en vez de ir por terreno más elevado. Dicha ruta, para los carromatos, artillería y las mulas, resultó ser mucho más complicada, y le impedirían llegar al lugar de la batalla hasta el día 27 de junio.

Dividió así su regimiento en cuatro partes, de tamaño batallón, (Benteen, como era ya costumbre, protestaría del plan): una, bajo su mando con las compañías C, E, F, I y L bajo su mando directo; las compañías A, G y M bajo el mando del mayor Marcus Reno y las compañías H, D y K bajo el mando del capitán Alfred Benteen. La compañía que queda de las doce presentes, la B, estaba bajo el mando del capitán Thomas MacDougall, y estaba encargada de escoltar los servicios sanitarios y de intendencia.

El capitán MacDougall.
Por la mañana del día 25 de junio, el avance previsto, por las dificultades de aproximación había quedado trastocado. Así, que en el plan definitivo, Custer atacaría por la meseta y las colinas, tratando de envolver al campamento y de cortar la retirada de los indios; Reno atacaría por el valle, con el Little Bighorn a su flanco derecho. Benteen, iría más atrás, con la misión de apoyar a Custer, y teniendo detrás del mismo la compañía B de MacDougall. Era un buen plan, y en otras circunstancias había y hubiese funcionado bien, pero ante el enemigo que tenían delante, iba a saltar pronto en pedazos.


El ataque de Reno fue de todo menos de tipo relámpago. Tenía experiencia en combate contra las fuerzas confederadas, pero era su primera campaña de las guerras indias e iba, al parecer, bastante asustado. Pese a su lentitud, su ataque pilló por sorpresa a los indios, que tuvieron que improvisar un defensa desesperada para ralentizarlo. Y en ese momento, al ver la agresividad y carga de los indios, perdió la concentración. De entrada ordenó, no cargar, sino desmontar, y formar una línea de tiradores. Esa táctica, contra una fuerza confederada de infantería, con las carabinas de tiro rápido que usaba la Unión era muy efectiva, pero suicida contra unos Lakota cargando a caballo…pronto su flanco izquierdo quedó rebasado, y con evidentes muestras de pánico ordenó una retirada (que aún así se realizó con buen orden) hacia el río, logrando asentar una buena posición defensiva en un claro con la ayuda de troncos caídos. Hasta entonces sus fuerzas sólo habían tenido dos muertos y varios heridos leves antes de la retirada, pero perdería otros siete más camino de dicha posición.

El mayor Marcus Reno. Su actuación fue desastrosa.

Los precisos disparos desde dicha posición comenzaron a romper la carga de los Lakota, y a causarles bajas. Era un buen lugar en el que resistir, y donde su potencia de fuego podía causar mayores bajas. Se dice que dos acontecimientos terminaron por desestabilizarlo, primero, una herida superficial en la cabeza, que le llevó el sombrero (y que reemplazó con un vistoso pañuelo rojo puesto en plan pirata), y el segundo, que poco después su cara quedó embadurnada de los restos cefálicos de uno de sus exploradores Crow, un tal Cuchillo Ensangrentado, alcanzado en la cabeza por una bala. Normalmente, los exploradores indios no solían luchar, se quedaban atrás y luego tenían derecho de saqueo, en especial de armas y caballos, sin embargo en el caso de los Crow, ancestrales enemigos de los Sioux, (que de hecho los habían echado de la región de las Black Hills) no era extraño que lucharan al lado de los soldados. Fue demasiado ya, y ahí perdió toda calma posible, pues en breves minutos comenzó a dar órdenes incoherentes y contradictorias, para poco después anunciar que la resistencia era inútil, y que todo el mundo corriese por su vida, abandonando él mismo primero la posición.

Caballería desmontada y en línea de guerrilla. La formación daba una potencia y volumen de fuego tremenda, pero mal elegido el lugar volvía muy vulnerables a los soldados.

Fue ahí donde los Sioux comenzaron a masacrar a placer a sus hombres, algunos intentando huir sin concierto, y otros abandonados en una posición cuya defensa había quedado desintegrada. La mayoría de sus soldados lograrían huir a través de la que sería conocida como Reno Creek, pero los que no acertaron con la subida correcta a la meseta, fueron cruelmente masacrados. Allí, en una colina, sus destrozas fuerzas se salvarían de la aniquilación al encontrarse con la columna de Benteen y una hora después, con la compañía de MacDougall. La situación se estabilizaría, en gran medida, gracias a los esfuerzos de la banda del regimiento, que habiendo cambiado sus instrumentos por carabinas de repetición Spencer, mantendrían un nutrido fuego de cobertura. La cuenta del carnicero era importante: 3 oficiales y 29 soldados muertos, con unos 18 desaparecidos, de un total de unos 175 soldados y oficiales.


Son las 16:20 horas, y las tropas en lo que sería conocido como Reno Hill, comienzan rápidamente a atrincherarse, cavando como buenamente pueden pozos de tirador, para resistir a los Sioux, mientras los acontecimientos comienzan a precipitarse… pero volvamos con Custer.

Custer lleva avanzando por la meseta, sin problemas, desde antes de las 15:00 horas. El terreno es de suaves colinas onduladas, con numerosos cortados que le ocultan de la vista del enemigo, pero que a la vez, le impiden ver la magnitud del poblado. Sobre las 15:15 horas, se asoma a reconocer el terreno, y desde lo que será llamada la atalaya de Custer, contempla lo enorme que es el poblado; tan grande que de hecho no lo ve entero. Manda ahí a su primer mensajero, al sargento Daniel Kanipe para azuzar el movimiento de Benteen. Poco después recibe un mensaje, a través del teniente Cook, de su jefe de exploradores, Fred Gerard, que le avisa que los indios están atacando con fuerza a Reno.

El Sargento Daniel Kanipe.

Cinco minutos después, está de nuevo al borde de la meseta, comprobando que el poblado, que sigue sin ver entero, no es que sea enorme, es que es colosal. Y ve más cosas de importancia, la primera a Reno, combatiendo, sin haberse retirado todavía (lo hará en quince minutos), y que parece tener el ataque bajo control. Y envía a un segundo mensajero, sobre las 15:20 horas, al corneta John Martin. El teniente Cook le conoce, sabe que es un buen soldado, pero que su nombre real es el de Giovanni Martino, y que es un emigrante italiano que no se maneja bien con el inglés. Rápidamente le escribe la famosa nota: Benteen, come on. Big Village. Be quick. Bring pacs. P.S. Bring pacs (Benteen, ven. Gran poblado. Sé raudo. Trae municiones. PD trae municiones”.


John Martin - Giovanni Martino, en una foto años después de la batalla.
Pero ve otra cosa de gran interés. Un buen número de no combatientes, que comienzan a desmontar tiendas y a huir en dirección NNO (a través de lo que se conocería como Squaw creek). Es la gran oportunidad, pues si logra bordear las colinas y cortarles el paso, puede desintegrar la resistencia india, y causar unas disensiones tan enormes en el campo contrario, que al igual que en Washita, hiera de muerte la resolución del enemigo.

Custer está a un paso de la victoria, que debería haber alcanzado en la siguiente media hora, pero comienzan a ocurrir muchos hechos que la van a convertir en una catástrofe. Y la primera, por parte de los Sioux. Otros indios, hubiesen presionado, y atacado en masa a Reno y Benteen, no logrando nada, pues su posición, aunque no lo parezca, es más sólida a cada minuto que pasa, y será aún más defendible cuando llegue MacDougall con las mulas (de hecho, de las grandes cajas de munición de 1000 disparos que llevan, sólo se tendrá que abrir una). Ya se ha comentado que las sociedades guerreras indias daban un gran valor a las hazañas individuales, y las destrozadas y desmoralizadas tropas de Reno parecen ser una excelente fuente de cabelleras. Pero los Lakota, son de otra pasta, y tienen la gran fortuna de contar con su mejor jefe: Caballo loco.

El gran jefe Sioux Caballo Loco.

Tiempo después, Caballo Loco comentaría que la posición del poblado en ese lugar le daba escalofríos. Se había elegido porque había agua potable en abundancia (muchos de los arroyos y ríos de la región tienen un altísimo contenido de cal, y no son apropiados ni para hombres ni para caballos) y grandes pastos, pero la meseta situada al norte permitía la aproximación por sorpresa de una importante fuerza enemiga, que no sería detectada hasta el último momento. Los indios, Sioux incluidos, eran magníficos exploradores, pero tendían a descuidar de forma criminal actividades muy necesarias pero muy ingratas como las aburridas patrullas de reconocimiento alrededor de un campamento. Una y otra vez, en las guerras indias en las Grandes Praderas, los campamentos, aunque muy difíciles de hallar por su movilidad, si eran encontrados, habitualmente eran pillados por sorpresa y sin medidas defensivas, con los lógicos resultados funestos.

Famosa fotografía de Toro Sentado.

  Algunos indios han dado reportes de posibles fuerzas de caballería en esa zona, y de hecho, un grupo de Cheyennes han intercambiado disparos con un grupo de diez soldados en uno de los accesos al valle, en el vado de Deep Coulee. Olvidad todas esas tonterías de las películas, el US Army sabía, en esa etapa, combatir perfectamente a los indios, y Caballo Loco lo sabe. Si él tuviese que atacar un poblado como el suyo, sin duda, lo haría desde esas colinas.

Así que con gran sangre fría, y pese a la amenaza de Reno primero, y el posible botín que su retirada comportaría después, mantiene bajo férreo control a lo mejor de sus fuerzas, obligándolas a realizar una ceremonia religiosa. Esos guerreros, además de la impaciencia, tuvieron que aguantar las chanzas de aquellos que partiendo a enfrentarse a Reno, se mofaban abiertamente de ellos y de su jefe.

Sobre las 16:30 H, con escasa diferencia, los dos mensajeros de Custer alcanzan a Reno y a Benteen. Boston Custer, hermano pequeño del teniente coronel, aunque es un civil, está con Benteen como guía, y obtiene permiso para ir en busca de su hermano e informarle de la situación. Al parecer, logró alcanzarle unos diez a quince minutos después, sin problema alguno por el camino.

Boston Custer, hermano pequeño del Teniente Coronel Custer.

Y su otro hermano, Thomas Custer. Los tres hermanos, George, Thomas y Boston murieron en Little Bighorn.

Es el punto decisivo de la batalla. Custer, en ese momento, probablemente dudase si no estaría mordiendo un bocado demasiado grande para sus fuerzas, y barajando una posible retirada con orden para unirse al resto de sus fuerzas. Pero la llegada de su hermano pequeño le muestra que Benteen ha recibido sus mensajes y órdenes. Que a pesar de lo que le ha ocurrido a Reno mantiene la situación bajo control, que sabe dónde está y que además le puede alcanzar sin problemas en breve. Contando con que posiblemente tenga a los soldados de Gibbon, Crook o Terry cerca; un ataque rápido y decidido puede desbaratar a los indios, pese a su inferioridad numérica. Y decide jugársela. En mi opinión, éste es su gran error, la confianza que tendrá en otros compañeros y superiores que no la merecían. Comete otro: pensar que los Sioux a los que se enfrenta reaccionarán igual que los Kiowas o Cheyennes. Y esta confianza le va a costar la vida a él y a sus hombres.

Caballo Loco, de entrada, está comenzando a aprovechar el terreno para infiltrar a un gran número de indios, que poco a poco están cercando a sus fuerzas. Pero es que además, el resto de su comando es un pandemonium. Reno sigue en shock, e incapaz de dar una sola orden coherente. Benteen, pese a su gran profesionalidad, es un manojo de nervios, y no para de rezongar sobre el avispero en el que les ha metido su odiado superior. Y toma la decisión fatídica: desobedece a Custer. Decide atrincherarse en Reno Hill, y organizar una defensa. El problema es que duda casi media hora hasta que toma una decisión, ante el monumental cabreo de sus jefes de compañía, que presionan con fuerza para ir en ayuda de Custer como la orden recibida reza. Uno de ellos, el capitán Thomas Wier, jefe de la compañía D, cansado de discutir con Benteen, se lanzará, primero con una docena de hombres y luego seguido espontáneamente por toda su compañía, a la ayuda de Custer. Pero será demasiado tarde, ya sobre las 17:20 horas, y deberá ser auxiliado por Benteen, media hora después para poder volver a Reno Hill.

El caos en Reno Hill...

El capitán Thomas Weird. Siempre consideró la actitud de Benteen como una traición...
Pero volvamos a esa media hora previa al desastre, entre las 16:30 y las 17:00 horas. Custer, coloca a sus fuerzas en una disposición claramente ofensiva, con el capitán Yates en su flanco izquierdo, y con el capitán Keogh en el derecho, llevando él mismo el centro. Cerca de las 17:00 horas, alcanzan a ver el vado norte, el lugar perfecto para envolver el poblado de forma rápida. Y en ese momento, Caballo Loco hace saltar la trampa. En cuestión de cinco minutos, las fuerzas de Yates quedan desorganizadas rompiéndose dicho flanco y retirándose con desorden sobre la retaguardia de Custer y el flanco derecho, el cual está recibiendo lo suyo. Las disposiciones de Custer quedan totalmente anuladas en otros cinco minutos más de feroz ataque, y sus fuerzas hacen lo que debe hacer una unidad de caballería ligera atrapada en una trampa: huir como sea. Sin embargo caballos y hombres están exhaustos después de días de marchas, incluso nocturnas, y los indios tienen a su favor una gran superioridad numérica y un terreno que dificulta la huida.


El capitán Miles Keogh.
El capitán George W. Yates.

Los supervivientes quedan rápidamente disgregados en varios grupos. Dos de ellos bajo el mando de Custer uno y del teniente James Calhoun (jefe de la compañía L, y cuñado de Custer) otro, lograrán tener cierta entidad, y organizar un desesperado intento de defensa, matando a sus inútiles caballos y usándolos como parapetos; táctica desesperada pero que funcionaba perfectamente…contra muchos menos indios. Serán las que se conocerán como las últimas resistencias en Calhoun Hill y la famosa Custer Hill. Los supervivientes de la primera serán aniquilados sobre las 17:20 – 17:25 horas. Los hombres de Custer sucumbirán sobre las 17:30 horas. Como vemos muy tarde ya para ser auxiliados por Weird. Yacen muertos 210 soldados y oficiales, la totalidad de los hombres de Custer, excepto los dos mensajeros y algunos exploradores Crow que habían abandonado la columna antes. Es la peor derrota del ejército ante los indios desde la de Fetterman.

El teniente James Calhoun.



Y aquí empiezan múltiples leyendas. ¿Todos muertos? ¿Seguro? Actualmente el campo de batalla es parte de la reserva Crow, y está considerado como parque nacional y protegido por las leyes al uso. Pasados los años, numerosas y bien planeadas expediciones arqueológicas han permitido una reconstrucción excelente de la batalla, aunque como es lógico, no completa. Y lo mejor, es que han permitido contrastar y validar muchos testimonios de indios que participaron en dicha batalla, y que fueron recogidos años después, y en especial el magnífico relato de un jefe Cheyenne, Caballo Rojo.

Custer Hill.


Una falsedad repetida: se dice que las lápidas es donde se encontraron los cadáveres de Custer Hill (la negra es la de George A. Custer), pero en realidad los cuerpos estaban más arriba, en terreno muy pedregoso, y se bajaron a lugar más blando para su sepelio. Ya no quedan restos allí, pues fueron retirados años más tarde. Custer, por ejemplo, está enterrado en West Point.

No sólo están las lápidas de los soldados, también los lugares donde indios notorios cayeron, están indicados. Se muestra al gran jefe Cheyenne Lame White Man, cuyas acciones contribuyeron en gran medida a la derrota de Custer. Le había jurado venganza eterna después de Washita, y el lugar donde la logró se cobró también su vida.

La arqueología ha permitido confirmar su narración de esa última media hora de las fuerzas de Custer. Asimismo, dicho jefe afirmaba que el ataque fue tan rápido y brutal que pudieron saquear gran número de municiones de carabina sin usar (lo que anula el mito de la influencia del defecto de los cartuchos del .45-70). Pero asevera también, que hubo soldados de Custer que lograron escapar a la masacre. Años después surgieron un gran número de personas que afirmaban haber sobrevivido al desastre de forma milagrosa. La investigación seria iría desmontando las burdas historias que defendían, excepto dos.

El único superviviente seguro del batallón de Custer: Comanche, la montura personal de Keogh.
 
La primera, en 1921, la de un anciano granjero de Dayton, en el estado de Washington, llamado Frank Finkel, que alegaba haberse alistado con nombre falso, y que daba detalles inquietantes del terreno y de los hechos, aunque también aportaba algunos errores. Y la segunda la del cabo John Foley, miembro de la compañía C, que parecía haber logrado evadir el cerco merced a un caballo bien veloz.

Frank Finkel.

Esta última posibilidad quedó desmontada gracias a la comprobación arqueológica de un testimonio de varios Lakotas. Un grupo de jóvenes guerreros (entre los que estaba Costilla de Tortuga) persiguieron a un soldado del 7º que estaba escapando del cerco. Estaban seguros que lo lograría, pues con sus ponies no lograban darle alcance, cuando súbitamente, bien por pánico o por haberse lesionado su caballo, el soldado sacó de improviso su revolver y se voló la tapa de los sesos. En aquellos años, entre los indios (no, como por desgracia, una década después) un suicidio semejante era un grandísimo tabú cultural, que además venía aparejado a poderosas maldiciones. De hecho, la tradición cuenta que los jóvenes guerreros que lo contemplaron, tuvieron vidas muy desgraciadas y con trágicos finales. El cadáver de John Foley, sería de los pocos que aparecerían intactos y sin saquear…

Lugar donde cayó Foley, y lo que llevaba encima y no encontraron los indios...la bandera de su compañia.

Son las 18:30 horas, y las fuerzas restantes de Reno y Benteen se aferran con desesperación al terreno en una colina olvidada. El capitán Benteen y uno de los tenientes de Reno, Thomas Henry French, se convertirán en los soportes de la resistencia de los restos del 7º de caballería. Sobrevivirán hasta la llegada de Terry el día 27 de junio. Los Sioux, considerando que arrasar esa posición tan sólida no les va a reportar nada de provecho y sí, muchas bajas inútiles, poco a poco, van abandonando el campo de batalla.

El explorador Crow Curly. Vió la batalla desde lejos, y fue el primero en informar de la suerte de Custer. La imaginación popular le convirtió en uno de los supervivientes de la batalla, hecho que siempre negó. Algunos pasajes de su vida inspiraron el personaje de Dustin Hoffmann en la película "Pequeño Gran Hombre".

Es la mayor de sus victorias, y muchos pasaran el resto del verano celebrándolo. Será su última victoria, y muchos sentirán que es el último verano que vivirán como hombres libres, disfrutando de su modo de vida tradicional.

Reno Hill resiste...

Muchas millas hacia el este, un viejo y respetado jefe Sioux, en su reserva, al oír días después las noticias de la debacle de Custer, llorará amargamente. Él conoce las grandes industrias y ciudades del este, él ha vencido antes a los poderosos Estados Unidos, él conoce de su gran potencial humano, y sabe, perfectamente, que los Sioux no serán perdonados jamás por su gran hazaña. Será un final de verano y un otoño muy amargo para el gran jefe Nube Roja.

Visión Sioux, años después, de la batalla.


lunes, 5 de agosto de 2013

LAS GUERRAS SIOUX 6: Un desconocido río de Montana (Parte 1)



George Armstrong Custer y el río Little BigHorn, son dos entidades ya totalmente indivisibles en la historia militar, pero lo mismo ocurre con el gran número de mitos que circulan tanto sobre la batalla como acerca del mítico militar norteamericano. Pocas veces un personaje y su batalla emblemática han desencadenado tantos errores, versiones y opiniones encontradas.

De entrada, el personaje del teniente coronel Custer ha sido objeto de los más enconados debates. Último de su clase en West Point (recibiendo el título de “cabra” o “chivo” de la promoción), al igual que otros grandes generales americanos que estaban en los últimos puestos, como Pickett, Jefferson Davis, o James Longstreet, y sin olvidar los que estaban de la mitad hacia abajo como Patton, Einshenhower o el propio Ulisses Grant (que era llamado antes y después con el cruel mote de “UselessGrant). Se le ha acusado de impetuosidad, ser un carnicero, un tirano con sus hombres, no tener sentido táctico, así como de estar más preocupado de su imagen personal y de su popularidad, con vistas a una posible carrera política.

El cadete George A. Custer.

La carga de Pickett en la batalla de Gettysburg.
Custer tuvo que enfrentarse a muchos desafíos durante su vida militar, y la gran mayoría, los cumplió con acierto. En primer lugar, tener que enfrentarse a la magnífica caballería confederada con las mediocres unidades de la Unión. Desde Hannover en Pennsilvania en 1863, hasta Yellow Tavern en Virginia, en 1864; su comportamiento en el campo de batalla, y el de sus hombres sometidos a una rígida pero muy necesaria disciplina, no paró de mejorar. Después, durante las guerras indias, tuvo que enfrentarse a enemigos muy hábiles y aguerridos, con unos soldados habitualmente mal pagados, mal abastecidos, en destinos detestados, y con un grave peligro siempre. Combatiendo habitualmente con mal tiempo, y casi siempre en inferioridad numérica, tuvo que ser aún más draconiano, pues la propia naturaleza de sus raids de caballería así lo exigía.

Custer era muy cuidadoso con la imagen. Se dice que fue más fotografiado que Lincoln...


Sin ser uno de los grandes militares de su era, tampoco era el loco o el incompetente que muchas películas de Hollywood han retratado. Y realmente, en la campaña de verano de 1876, quizás fue el único mando que pese a la derrota, estuvo a la altura de las circunstancias, y se comportó, pese a sus errores, de forma audaz y agresiva.

Ya hemos visto que, de entrada, la estrategia de dicha campaña era nefasta, y lo empeoraba la presencia de ciertos mandos que no tenían experiencia alguna en la lucha en la frontera, como su propio mando, el General Alfred Terry. Pero además, Custer tenía otro problema grave, y éste tenía que ver con un subordinado suyo: el capitán Alfred W. Benteen, acerca de un suceso ocurrido ocho años antes, a las orillas del río Washita.

El capitán Alfred Benteen. Su comportamiento en la batalla daría origen a múltiples discusiones.

El 26 de noviembre de 1868, en plena guerra contra los Cheyennes, Custer asaltó el campamento invernal del jefe Caldero Negro (siempre me ha parecido que quedaba mejor su nombre en inglés, Black Kettle), en lo que sería conocido como la batalla de Washita (aunque para los Cheyennes, y dadas las tácticas que ya empleaba la caballería de los EEUU contra ellos, sería más bien la masacre de Washita). La batalla fue un gran éxito, y contribuyó en gran medida a la derrota de dichas tribus indias.

Lo que debería haber sido una gran victoria, se convirtió rápidamente en un quebradero de cabeza. Muchos periódicos del este acusaron a Custer y a su superior, Sheridan, de haber masacrado a indios pacíficos que iban a la reserva, y de haber capturado y asesinado sin razón a mujeres, ancianos y niños indefensos. Fue en ese momento, en el que la leyenda negra comenzó a acompañar, y nunca abandonar a George Amstrong Custer. Pero además, ocurrió otro incidente más peliagudo…

Grabado de la época de la batalla de Washita.

Un deficiente reconocimiento no permitió descubrir que dicho campamento no era el único de la región, y pronto la columna de Custer, tras su victorioso ataque, se vio asediada por un fuerte contingente indio, lo que obligó a una rápida retirada del lugar. Un subordinado de Custer, el mayor Joel Elliot, al mando de un destacamento, y sin órdenes específicas, se separó del grupo principal, siendo rápidamente cercado y masacrado por los vengativos Cheyennes. Su destino fue conocido días más tarde, y Benteen, amigo personal de Elliot reprochó siempre a Custer haberlo abandonado a su suerte; y lo peor de todo, con los años incrementó su odio, y además no se cortaba en absoluto en sacar, siempre que podía, el tema, incluso en presencia de su superior.

El mayor Joel Elliot.

Personalmente, nunca he entendido la postura de Benteen. No era un novato, y había participado en varios raids en territorio confederado durante la guerra. Y era, o debía ser plenamente consciente, que en una operación similar, ante una persecución por fuerzas muy superiores, los incursores deben romper contacto lo antes posible, y el que quede atrás, se las tiene que apañar él solito. Volver atrás, o intentar buscar un destacamento perdido, simplemente, es sellar un destino fatídico para tus fuerzas. Tampoco he entendido bien la postura de Custer. Debería haber trasladado a Benteen de forma fulminante, sin embargo, tendría otros problemas más, y además, según allegados, siempre se sintió apenado y responsable por el trágico destino de Elliot y sus hombres. Pese a las críticas de su subordinado, siempre lo consideró como un soldado experto y bien capaz.

Antes de la campaña, Custer había sido desposeído de su mando debido a un escándalo político de grandes proporciones: el affaire Belknap. En 1870, el secretario de la guerra William W. Belknap logró que el Congreso y el Senado le otorgasen la potestad de las concesiones de puestos de comercio en los fuertes del ejército. Dichos puestos eran muy jugosos, y daban sus buenos beneficios. Pronto, el sistema comenzó a corromperse, y al parecer, el secretario, comenzó a aceptar sobornos para concederlos. Uno, en especial, el de Fort Still en Lawton, Oklahoma, fue concedido a través de un soborno pagado a su segunda mujer, Carita. Poco después murió de tuberculosis al poco de dar a luz, y el soborno se siguió pagando como forma de “mantener a su hijo “huérfano”. El niño murió poco después, y Belknap y su tercera mujer, Amanda (hermana de Carita…¡si es que uno encuentra folletines familiares hasta en la historia militar!), siguieron cobrando la “ayuda”.

El secretario de la Guerra, William W. Belknap.

El escándalo se descubrió por los artículos que un anónimo mando de caballería enviaba regularmente a los periódicos del este, denunciando que a los indios se les vendían armas más avanzadas de lo deseable, y que los soldados debían comprar allí, material de peor calidad y a precios exorbitantes. Siempre se sospechó de Custer como el autor de los escritos, y al ser llamado a declarar en la comisión especial del Senado, en los sobornos, además, incluyó a Orvill Grant, hermano del presidente. Ulises S. Grant. Magnífico general durante la Guerra de Secesión, fue un mal presidente en sus dos mandatos, principalmente al manejar muy mal la economía, y al fiarse y defender demasiado a muchos personajes, familiares incluidos, que se enriquecieron ilícitamente de forma notoria. No es necesario aclarar, que Grant no se lo perdonó a Custer y le privó del mando. Si volvió a comandar el 7º de caballería fue debido a la intercesión de los generales Terry y Sherman.

Ulisses S. Grant como presidente de los Estados Unidos. Sus dos mandatos se vieron ensombrecidos por el fracaso de sus políticas económicas y los numerosos escándalos de corrupción de sus gabinetes.

Con respecto al tema del armamento y material, los mitos son aún mayores. Veamos los más notorios.

El mito de las ametralladoras Gatling es uno de los mejores ejemplos. Siempre se ha dicho que de haberlas llevado, Custer hubiese derrotado con facilidad a los Sioux. Pero veamos con cuidado el material. La ColtGatling modelo 1875 del calibre 45-70 Goverment distaba mucho de ser un modelo fiable y transportable como los inventados por Hiram Maxim años después. Se alimentaba con un cargador vertical que funcionaba por gravedad, pero que provocaba interrupciones múltiples. Además, la extracción tendía a desculotar los deficientes cartuchos de la época, los percutores se rompían, y los cañones se calentaban con gran rapidez.

Colt Browning 1875. Pesada, poco robusta y escasamente fiable, no era el buen arma que sería años más tarde. Este magnífico ejemplar pertenece al museo de Artillería Fields of Thunder.

Cuando tiras con réplicas de armas de la época, adviertes otra limitación, y es la pólvora negra que todavía contenían los cartuchos de dichos años. Tras una buena sesión de tiro el arma queda bien sucia y con numerosos residuos. Unos mecanismos relativamente simples como los de un Colt Single Action Army, un Winchester o un Springfield, resisten bastante bien ese nivel de suciedad, algo que no ocurre con los delicados mecanismos de una ametralladora, aunque sea de accionamiento manual. De hecho, las Gatling no comenzaron a funcionar bien hasta el advenimiento de pólvoras modernas, que dejaban mucho menos residuo y hacían más fiable el arma. Así pues, las Colt Gatling mod 1875 solían dejarse en las guarniciones y en los fuertes, y de hecho, causó bastante sorpresa que Terry decidiese llevar tres de estas piezas en su columna.

En esos años, no se encuentra tampoco ningún relato en los que el uso de dicha arma en las guerras indias supusiese alguna diferencia o éxito de ningún tipo, por lo que es lógico pensar que fue acertada la decisión de Custer de no llevar ninguna.

Otra posibilidad que se apunta es la de haber llevado en su columna uno o dos cañones de montaña. Los de la época eran todavía de avancarga, y aunque ligeros y resistentes, chocaba su uso con una doctrina táctica imperante, que se remontaba a la guerra de Secesión. El General confederado Joseph Selby era famoso por llevar una o dos piezas de artillería de montaña en sus famosos y exitosos raids, pero era debido a que encontraba muchos pequeños destacamentos de la Unión atrincherados en resistentes blocaos, imposibles de someter sin artillería. Y casi era del único general de caballería de ambos mandos que en sus incursiones las llevaba, pues se estimaba que ralentizaban en exceso los movimientos en territorio enemigo. Los Sioux, tampoco eran muy conocidos por llenar de fortificaciones las Grandes Praderas, y además, el terreno del Rosebud y del Little Bighorn, es muy escabroso, y transportarlas por él (como comprobaría el propio Terry) era una tortura. Eran muy útiles en columnas de infantería, pero un estorbo para la caballería ligera.

Recreadores modernos con uno de los cañones de montaña de la época. La magnífica fotografía está tomada del blog de Cristopher Zimmerman, dedicado al periodo. Está contenido en la página de True West, cuya dirección es Truewest.nig.com.

 Sí que hubiera causado honda impresión de haber contado con una pieza que entraría en servicio en 1884: el cañón de montaña Hotchkiss de 2 libras. Era muy ligero, pero a la vez resistente, de tiro rápido, y retrocarga con vaina metálica de una pieza. Servido por un equipo de tres hombres, en una emergencia, podía colocarlo en posición y manejarlo uno solo, y al disponer de un primitivo sistema de amortiguación del retroceso, no era necesario volver a colocarlo tras cada disparo. Los indios no tenían defensa alguna contra ese soberbio cañón, y su aparición supuso su derrota definitiva.


Cañón Hotchkiss de 2 libras, y 1,65 pulgadas de calibre. Colección, también, del museo Fields of Thunder.

Otro de los grandes mitos, que una simple investigación histórica desmiente, es la superioridad armamentística de los indios, en especial de rifles de repetición Winchester (y otros similares, como los Whitney Kennedy) tenían sobre las tropas del ejército. Fue un bulo que tras la derrota cundió entre muchos periódicos, y que servía para atacar con fuerza a ciertos miembros de la administración Grant (entre ellos el ya mencionado Belknap) por la polémica ya mencionada de los puestos de comercio en los fuertes.

De hecho no eran, a largo plazo, buenas armas para los indios. No tenían la tecnología precisa para reparar muchas de sus piezas, más frágiles que los duros rifles de pedernal que solían usar, y además, la munición, no podían fabricarla ellos mismos. Y entonces, como ahora, el precio de los cartuchos metálicos era bien caro. De hecho, muchos indios, de poder elegir, preferían las carabinas o los rifles monotiro Springfield del ejército, al ser más resistentes y fiables.

Foto clásica de dos Sioux con sendos Winchesters. El fotógrafo S.J. Morrow recorrió todo el oeste tomando fotografías de todos los temas. Muchas de las fotos de los libros que tratan de la época son de sus cámaras...

Actualmente, las estimaciones más optimistas de indios armados con rifles de repetición estilo Winchester o Henry, en la batalla de Little Bighorn, no pasan de un 30%, teniendo mayor consenso cifras menores del 20%. El resto, seguían usando viejas armas de avancarga, y en especial Trade Musketts, de chispa; que eran más resistentes, más sencillos de reparar y más fácil obtener el pedernal, la pólvora a granel y el plomo precisos para dispararlos. Además, se calcula, que no llegaban a un 60% los indios armados con armas de fuego, llevando el resto armas más tradicionales como arcos y flechas o lanzas.

Otro gran mito tiene que ver con la pésima calidad de varias partidas del cartucho usado en las carabinas, el .45 – 70. Varios fabricantes, para abaratar costes de producción de las vainas (el componente más complicado de fabricar de un cartucho metálico) decidieron hacerlos en dos partes. El cuerpo de la vaina se hacía del correspondiente latón militar, pero el culote era de una barata aleación de cobre, que se unían mediante calor. Cuando se hacía fuego muy prolongado con un Springfield, el calor de la recámara debilitaba la unión, lo que provocaba que la potente extracción del sistema trapdoor, desculotase la vaina, dejando gran parte en recámara e inutilizando así el rifle. En el US Army se sabía de se defecto, y a tal fin, a las columnas solían acompañar mulas cargadas con rifles nuevos, de tal forma que al soldado se le pasaba uno de estos, mientras que personal de segunda fila se dedicaba, con sus cuchillos, a extraer esas vainas de las recámaras, y volver a poner, nuevamente en funcionamiento, esas armas.


Se ha dicho que las tropas de Custer sufrieron de dichos fallos, y que debido a ello, tuvieron que luchar sólo con sus revólveres, de menor alcance y potencia, lo que favoreció su derrota. Sin embargo, el desarrollo de la batalla, y el relato de los indios que allí lucharon, permite descartar este defecto como decisivo en la derrota sufrida.

Y una curiosidad que no me resisto a contar: el 7º de caballería ya no usaba sables en aquella época. Muchos de los soldados eran antiguos miembros de la caballería confederada, que ya en 1863, consideraba como inútil dicha arma, prefiriendo llevar todos los revólveres, precargados, que pudiesen portar; realizando así las cargas con los mismos, y confiando en la masiva potencia de fuego que desarrollaban a corta distancia en un escaso periodo de tiempo. Dicha táctica demostró ser muy útil, y muy superior al uso del sable, por lo que no es de extrañar que se adoptase en masa.

Recreadores modernos reconstruyendo una carga de caballería confederada del final de la guerra.

jueves, 1 de agosto de 2013

EL MEJOR INSTRUMENTO DE GUERRA JAMÁS IDEADO (Parte 2)



(Dedicado a mi buen amigo Luis (otro Luis diferente), gran amigo, gran maestro en la avancarga, y poseedor, también, de otro rifle Garand M1).


Otra leyenda asegura que es imposible recargar el peine una vez introducido. Bien, pues es falsa, sí se puede recargar el peine, mediante el procedimiento de echar hacia atrás la palanca de montar el arma, sujetarla con la palma de la mano, e introducir en el peine los cartuchos precisos. Sin embargo, la maniobra requiere coordinación y cierta fuerza, lo que la hace notoriamente incómoda. Es mucho más sencillo, una vez echada hacia atrás la palanca, accionar el botón rectangular del lado izquierdo del cajón de mecanismos, para expulsar el peine ya cargado, e introducir seguidamente uno con los ocho disparos. Tampoco es cierto que precise de un peine para ser usado, puedes alimentarlo tiro a tiro sin muchos problemas, pero exige que con un par de dedos bajes la teja de elevación para que el cierre pueda completar su recorrido. De hecho, dicha manipulación puede verse en uno de los episodios de Hermanos de Sangre (creo recordar que en Crossroads - Encrucijada).

A fin de eliminar el ruido metálico que hacía al caer, se diseñaron peines de material plástico. Pese a mis esfuerzos no he podido localizar ni uno sólo, ni tampoco he encontrado una sola fotografía. E igual le pasa a la mayoría de autores consultados, por lo que se afirma que nunca se llegó a fabricarlos en masa, y por supuesto jamás fueron usados.

Y una última anécdota con el clip. En 1943, (se discute que si en Túnez o en Sicilia), un buen grupo de GIs se dieron cuenta que se podía usar… ¡para esposar prisioneros! La técnica es la siguiente: se les pone las manos a la espalda, y los pulgares se introducen por los extremos del mismo, dejando la parte posterior del clip hacia fuera. A ésta, se le da un golpe seco con la palma de la mano para terminar de encajarlo, quedando así como si fuera una esposa de pulgares. Al cabo de un par de minutos, los pulgares se hinchan, aumentando la presa que hace la pieza, y cualquier intento de quitárselo uno mismo, sólo obtiene un importante aumento del dolor, y excoriaciones causadas por los labios del citado clip. En una ocasión probé si era verdad, y tras pedir ayuda a mi mujer, el asunto terminó jocosamente, pues hasta que no golpeó los labios con el mango de la bayoneta (como se hacía en la guerra) no hubo maldita forma de poderme quitar el dichoso clip de los dedos…

Posición inicial del Clip para usarlo como esposa de pulgares. Sólo falta dar un golpe en la parte inferior del mismo, y ya está colocado.

Al término de la Segunda Guerra mundial, se decidió proceder al almacenamiento de un importante número de rifles M1. Previamente pasaron por un programa de reparaciones y reacondicionamiento para garantizar su estado. Se comprobó que la mayoría de los rifles, pese a su intenso uso, seguían en buenas condiciones. Solamente, había que cambiar, no en muchos, la palanca de armado, que mostraba ya alguna grieta. El único problema de mención lo mostraban los usados en el Pacífico: pese al cuidado y limpieza, y al contrario curiosamente que otras armas como las carabinas M1, muchos cañones presentaban signos de óxido, pero sin afectar el rayado y la precisión del arma. Así que se fabricaron cerca de 355.000 cañones nuevos, para sustituir todos aquellos que presentasen la más mínima tara.

Se almacenaron de una forma realmente ingeniosa, forma que se repetiría en otras armas, y durante muchos años. Se seleccionaron barriles de buena calidad, y un soporte para dichas armas, que en el caso del Garand tenía capacidad para diez rifles. En el centro, había un contenedor para piezas, clips, manuales, etc. Los M1 fueron limpiados, y aceitados con una pequeña y fina capa, montados en los soportes, e introducidos en el barril. Los barriles tenían atmósfera controlada, garantizando una mejor conservación, y consiguieron que tuviesen una flotabilidad positiva. Para abrirlos había diseñados ciertos “abrelatas” algunos manuales y otros mecánicos que se almacenaban junto con los barriles, pero aún así, y por si acaso, se podían abrir con un simple martillo y un escoplo. La idea era que si era preciso, nada más abrir los barriles, se pudiesen usar sin tener que someterlos a limpieza ni acondicionamiento de ningún tipo. Muchos de los Garand en manos ahora de coleccionistas civiles han salido de esos barriles; y sí, es cierto se podían disparar nada más salir de sus contenedores.


Tres fotos que muestran el ingenioso sistema de almacenaje. No sólo se almacenaron así Garands, sino también Thompsons, carabinas M1, BAR...

El fin de la Segunda Guerra Mundial no significó el fin de la carrera militar del M1 Garand…todo lo contrario, fue el comienzo. En 1950, los EEUU se vieron abocados a intervenir en la guerra de Corea tras la invasión del Sur por el belicoso norte comunista. El US Army estaba casi desmantelado, y era una sombra de lo que fue en 1945. Fue preciso volver a partir desde casi cero para crear nuevamente un ejército potente, y en su ayuda vino la disponibilidad y gran dureza y fiabilidad del Garand

Si en la guerra anterior se portó de maravilla, Corea no fue una excepción. Los veteranos recuerdan con cariño dicho rifle, y su excelente fiabilidad y precisión, aún bajo las peores condiciones climatológicas. Pese al brutal frío, los Marines que combatieron en la reserva de Chosin recuerdan que seguía funcionando, y sólo había que preocuparse de limpiarlo un poco para que no se acumulase ni hielo y ni barro congelado en el cerrojo, y de darle un golpe (como ya se ha dicho) a la palanca de armado al final de su recorrido para asegurarse que estaba correctamente colocado.

Reserva de Chosin. Otro campo de batalla que demostró la dureza y utilidad del rifle M1.

A pesar de las labores de conservación antes mencionadas, el advenimiento de la guerra fría significó la necesidad de rearmar a un buen número de aliados, aparte de las fuerzas armadas norteamericanas; por lo que se decidió volver a fabricar el M1 Garand en 1951. Se encargó a Springfield, a Harrington & Richardson y a Internacional Harvester la fabricación de los nuevos Garand. Y aquí surge otro de los mitos del Rifle M1. Las dos primeras tenían experiencia en la fabricación de armas ligeras, pero Internacional Harvester no. De hecho su contrato era una subcontrata del de Springfield, según malas lenguas por mediación de ciertos políticos locales.

No es de extrañar que tuviese problemas con las primeras series, y de hecho, al principio, tuvieron que limitarse a ensamblar las partes proporcionadas por las dos anteriores. Al final, fabricarían unos 337.623 rifles, desde 1952 hasta 1956, pero debido a los antes mencionados, siempre tuvieron una mala reputación, lo que ha conseguido que su precio de venta sea siempre inferior a los de otros fabricantes. Es curioso, pues los rifles pasaban por la inspección del US Army Ordenance, que no aceptaba los defectuosos. Y de hecho, no son malos, sino que son más precisos que otros por una curiosa razón: Internacional Harvester no fabricaba sus cañones. Se los encargó a la Line Material Company de Birmingham, Alabama (están marcados con LMR en un lateral), que los fabricaba con una calidad muy superior al resto de competidores.


También hubo que volver a fabricar más lanzadores de granadas M7, para la bocacha del arma. El citado lanzador, para ser usado, precisaba cartuchos especiales, y usar una llave para abrir más el cilindro de gases. Pero al hacer ésto, el rifle sólo funcionaba en repetición manual con munición normal, lo que motivaba que muchos G.I. simplemente “perdiesen” el lanzagranadas tras unos pocos usos. No sería hasta julio de 1945, con la aparición de la versión M7A1, cuando este problema sería resuelto, pudiendo disparar granadas con la munición de combate habitual. En la postguerra, se fabricarían las versiones mejoradas M7A2 y M7A3.


La guerra de Corea, además, vio un mayor uso de las versiones de francotirador. Realmente, no era un rifle de francotirador como tal, las versiones C y D, sino modificaciones someras sobre rifles estándares que habían demostrado en las pruebas que tenían más precisión que otros. Durante la Segunda Guerra mundial se habían producido unos 7.971 rifles M1C. En Septiembre de 1944, salió el modelo M1D, del cual sólo unos pocos ejemplares se fabricaron durante la guerra, pero que verían luego mayor uso y mayor número fabricados en la inmediata postguerra y en Corea. De Hecho, muchos M1C serían convertidos al modelo M1D mediante un kit diseñado al efecto.

Garand M1D.


Los norteamericanos fueron de los primeros defensores del uso del tirador selecto para abatir blancos de gran valor como oficiales o especialistas de tropa. No hay más que recordar las bajas de oficiales británicos que causaron los rifles Kentucky y Pennsylvania durante la Guerra de Independencia. Sin embargo, siempre, al final del conflicto olvidaban todo lo aprendido, y en el siguiente debían empezar desde cero…y es curioso, pues en aquellos años sí que contaban con una excelente versión de precisión del Garand.

A John C. Garand le preguntaron cómo mejorar la precisión de su arma. La respuesta fue sencilla: modificarlo para que el cañón tocase solamente con el cilindro de gases, y con nada más, ni siquiera con la madera del guardamanos; es decir, lo que todos sabéis que se hace hoy en día con los buenos rifles de precisión, con el concepto del cañón flotante. Además, un buen número de armeros aprendieron a modificar el gatillo y dejarlo en presiones menores de 4 libras en el segundo tiempo. Otros armeros, además, constataron que los que tenían más ajustada la palanca de armado al cajón de mecanismos, tendían a tener mayor precisión.

Surgió así el Garand más caro de todos: el National Match Rifle, cuya fabricación, comenzó en marzo de 1953 con unas 800 unidades, en Springfield Armory. Las piezas que usaban eran especiales, realizadas con unos estándares más estrictos y con mucho mayor mimo, siendo marcadas con las letras NM para distinguirlas de las normales. Estos rifles no fueron al ejército, sino que fueron usados de forma deportiva, en las populares competiciones de tiro de precisión con rifle que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Corea. En total se fabricarían unos 40.000 National Match Garands, pero si pegas un pelotazo de la lotería y tienes dinero para hacerte con uno, hay que tener cuidado, pues dentro de este gran número se incluyen muchas modificaciones (más o menos amplias) posteriores realizadas con piezas con los marcajes NM.



La llegada de la normalización de los calibres de los países miembros de la OTAN al 7,62x51 mm, significó también un renovado interés del US Army, US Navy y USMC por un nuevo rifle, que aprovechase todas las bondades del M1, pero que eliminase sus defectos. Así nació, sobre la base bien probada del Garand, el rifle M14. Pero quedaban muchos Garand en servicio, y además otros muchos millares se habían suministrado a aliados, por lo que una versión en el nuevo calibre era el paso más lógico.

En un primer momento, solamente cambió el grupo del cerrojo, adaptado a las presiones y dimensiones del nuevo cartucho, siendo así denominado como “US Rifle, Navy (la marina fue la principal impulsora del proyecto), Mk2, Model 0”. Sin embargo, y de forma sorprendente, y a pesar que teóricamente no debía dar problemas, mantener el cañón original del .30-06 se traducía una pérdida importante de fiabilidad, por lo que se tuvo que fabricar cañones específicos del nuevo calibre, siendo éstos conocidos (tanto los de nueva fabricación como los modificados por el siempre presente kit específico) como “US Rifle, Navy (la marina fue la principal impulsora del proyecto), Mk2, Model 1”.

Ejemplo del marcaje del cañón de un US Rifle, Bavy, Mk2, Mod 1.

El Garand también sería fabricado en Italia, bajo licencia, por Beretta, tanto en sus versiones de .30-06 como en la de 7,62x51. Y al igual que en los EEUU, sería el germen de un nuevo rifle, el BM59. Tanto compartirían su diseño, que los argentinos que habían recibido unos 30.000 rifles M1, lograron adaptarlos para usar los cargadores de petaca de éste último, en vez del consabido clip.

Rifle Beretta BM-59, versión de culata fija.


Y aquí hay una curiosidad. En la inmensa mayoría de los textos hablan de los M1 de Beretta como algunos de los más precisos y mejor fabricados Garand. Sin embargo, (algo que ha sorprendido cuando lo he comentado en algún foro de los USA o Canadiense), en España, el aficionado tiende a no quererlos por considerarlos como malos y poco fiables. ¿La razón? Muy posiblemente que los que llegaron a nuestro país, procedieran de restos del ejército italiano, y que hubiesen sido usados durante mucho tiempo en instrucción de reclutas, con el consiguiente pésimo cuidado, y alto número de “barrigazos” recibidos.

Garand original arriba, abajo el modificado por los argentinos (tomado del foro de la página web razonyfuerza.com) .

El final de la guerra de Corea y el advenimiento del M14 primero, y luego después, del M16, no significó el final del uso bélico del Garand. Los norteamericanos lo usarían ampliamente en Vietnam, en especial la versión M1D; así como sus aliados vietnamitas y mercenarios laosianos. De hecho, las últimas piezas las fabricaría Springfield en 1967. También fue suministrado ampliamente a países de la OTAN y otros aliados de la esfera occidental, pero veamos algún uso curioso…

US Marine usando su Garand M1C en la República Dominicana, 1965.

El M1 fue suministrado a la National Police Reserve del Japón, en 1950, lo que constituiría luego uno de los gérmenes del renacimiento de las JDSF. De hecho, si os fijáis, todavía en muchas ceremonias militares, el rifle usado al efecto es el M1 Garand, lo cual no deja de ser irónico.

Soldados de la JDSF en parada ceremonial.

No podía faltar...foto del impresionante Silent Drill del USMC.

El Garand sirvió bien a las fuerzas que representaban los valores de la democracia y el respeto a los derechos humanos durante mucho tiempo, pero también cayeron en malos “maléficas” de dictadores y terroristas. Quienes quizás se llevan la palma fueron los temibles milicianos haitianos “Tonton Macoute”, las milicias de la familia Duvalier (tanto de Papá Doc Duvalier como de Baby Doc Duvalier), que fueron profusamente equipados con el mismo.


Dos fotos de los temibles Tonton Macoute haitianos. En Creolé, el término es equivalente a nuestro "hombre del saco"...

Cierto número de rifles M1 pasaron de los EEUU a Irlanda del Norte en los años 70 y 80, y acabaron en manos del IRA. Gran número de testimonios de soldados británicos aseveran haberse enfrentado al temible y preciso fuego de Garands en manos de terroristas irlandeses, incluso durante los años 90.

Y ya que estamos en las islas, otra curiosidad. Antes de un año los M1 en poder de la Home Guard británica, durante la Segunda Guerra Mundial, pasaron a almacén; al ser dotados de subfusiles Sten, más baratos y adecuados a las nuevas tareas a realizar una vez desestimada una invasión germana a las islas. Y el destino posterior de 10.000 de ellos fue bien exótico…acabaron cayendo en manos de una empresa oscura (la International Armament Corporation o Interarmco) controlada por el aventuro y traficante Sam Cummings. Un personaje curioso, que logró amasar una buena fortuna con el comercio de armas sobrantes de diversos conflictos. Contratado como especialista en armas por la CIA, aprovechó sus contactos para traer un montón de armas alemanas de la Segunda Guerra Mundial primero, y luego del bloque del este después, a los USA, y muy en especial a los armeros de las producciones de Hollywood.

Revolucionarios cubanos con el Garand.

Esos diez mil Garands se los logró vender al dictador cubano Fulgencio Batista a finales de los 50, cayendo como es de esperar, un buen número, en manos de los revolucionarios. También le vendió un buen número de rifles AR-10, pero éstos fueron capturados en puerto por los castristas antes de ser pagados. Ni corto ni perezoso, escribió a Castro pidiendo el pago o su devolución, a los que Castro le respondió invitándole a Cuba a que hiciese una demostración. Con gran valor se plantó en La Habana, siendo recibido por el notorio comandante revolucionario, el cual impresionado por la demostración y ligereza del arma, aceptó pagárselos. Peor lo tuvo con el dictador Dominicano Rafael Trujillo, el cual estuvo a punto de matarlo, en una reunión, con uno de sus propios AR-10 que había sido capturado a un opositor. Al final, su negocio sufriría un gran revés con el acta de control de armas de 1968, pero sobrevivió mediante la importación de armas exóticas al mercado civil. Como anécdota, decir que un número importante de pistolas Star o Astra españolas llegaron allí gracias a su empresa.

Sam Cummings.

Fidel Castro... y detrás un M1 Garand compartiendo plano con un Johnson.  


Otro uso importante del M1 tuvo lugar en la revolución Sandinista de 1979. El Garand equipaba a la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza, y fue capturado en gran número por los revolucionarios. Impresionó en gran medida a éstos, que lo levaron al Olimpo de los fusiles junto con el AK y el FAL, y le llegaron a dedicar una simpática canción revolucionaria que trataba de su despiece y limpieza.


Guardia Nacional Nicaragüense.
Guerrilleros Sandinistas...con el Garand.

Rifle AR-10 del 7,62x51 NATO.

Hace años que no veo al M1 Garand en ningún conflicto, pero dada su difusión no es de extrañar que volvamos a verlo. Springfield Armory de Illinois, de forma intermitente fabrica un bello ejemplar conmemorativo (y bien caro) de la batalla de Iwo Jima, acompañado de caja funda, y un K-Bar (en el mercado americano, claro, aquí te lo venden pelado, y gracias). El último uso bélico en manos norteamericanas del Garand fue durante la guerra del Golfo de 1991, tanto en los ejemplares de la US Navy todavía en los armeros de los barcos, como en manos de la USAF. Un cierto número de M1D de francotirador, reconvertidos al 7,62 NATO fue hallado en un almacén de la base Rammstein, en Alemania, y enviado a Arabia Saudí, para ser usados tanto en funciones de guarda, como para “desactivación” de pequeños artefactos explosivos. Me hubiera gustado ver la cara de sorpresa de más de un soldado al ver que le asignaban para el servicio un rifle “como el del abuelo”. Los últimos ejemplares del Garand serían retirados de algunos barcos de la US Navy en fecha tan tardía como en 1995…



El Garand entre los tiradores civiles seguirá teniendo muchos, muchos años de uso. Es uno de los mejores, de los más grandes, y muy pocas armas serán capaces de transmitirte unas sensaciones al cogerlo o al tirar con él como este gran rifle.

El M1 Garand del autor...Off course, fabricado por Springfield.

Si ya lo cantaban con gran acierto los sandinistas: “ENTRE TODOS LOS FUSILES ESTE GARAND ES LA LEY!…”