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viernes, 18 de enero de 2013

EL ÚLTIMO VAQUERO (Parte 2)



Dos nuevas invenciones vinieron en su ayuda: la pólvora sin humo y el genial Winchester Modelo 1894. 

Una de mis grandes aficiones es el tiro con armas de avancarga o de cartucho metálico (del periodo del antiguo oeste) recargado con pólvora negra. Es un tiro extraordinario, desafiante y muy enriquecedor a nivel personal. Pero ahora que mis amigos y compañeros del club de tiro no me oyen, os diré un secreto: la pólvora negra, puede ser un gran coñazo…hay que aprender a dosificar para conseguir buena precisión la que usas en cada disparo, las armas hay que limpiarlas a menudo para evitar que se oxiden, y cada disparo emite una gruesa nube de humo blanco que delata tu posición.

Los intentos de sustituirla fueron múltiples. Lo más prometedor apareció en la década de 1840, en forma de las pólvoras de algodón. Se usaban fibras de algodón o lana empapadas en una proporción adecuada de ácidos nítrico y sulfúrico, y luego cuidadosamente molidas. No daban apenas humo, y conseguían unas presiones en recámara inalcanzables para la más fina y cara pólvora. Pero era muy inestable, y no pocas fueron las factorías y polvorines que espontáneamente saltaron por los aires, con gran pérdida de vidas humanas. En 1880, químicos franceses lograrían estabilizarla en un compuesto conocido como Poudre B, gracias al cual se conseguiría una munición de gran velocidad y poder de parada. Alfred Nobel mejoraría aún más la fórmula mediante la combinación con la nitroglicerina.

Poudre B.

Para la década de 1890, Winchester Firearms tenía una sólida reputación, y seguía siendo líder de ventas. En 1892 sacó un nuevo modelo, el más habitual que se ve en las películas clásicas de vaqueros, y nuevamente con un gran éxito. Sin embargo, todavía no se había dedicado a los nuevos cartuchos de pólvora sin humo, y aunque sus excelentes diseños permitían su uso, eran en calibres ya considerados como relativamente pequeños, y que precisaban cargas que no alcanzaban potencia plena. Además, sus rifles, aunque de excelente calidad, eran muy caros, y la inmensa mayoría de sus clientes potenciales sólo se podían permitir uno; así que se hacía necesario un nuevo diseño, que aprovechase las nuevas pólvoras y disparase cartuchos que valiesen un poco “para todo”: desde caza a defensa, y con un mayor alcance efectivo que los que ofrecía.

Winchester mod 1892.

La campanada la dieron con el modelo 1894. Fabricado en gran variedad de calibres, sería uno, el que lograría fama universal: el .30 – 30; llamado así por el calibre, y la carga de 30 grains de pólvora moderna (aunque, lógicamente se ofrecería en muy diversas modalidades de carga y puntas). Aún hoy, se sigue usando muchísimo dicho calibre para caza mayor, y aunque se le considere como “escaso” para un jabalí, he conocido a dos personas que los tumbaban de maravilla en las monterías y a miras abiertas, eso sí, colocando los disparos que asustaba. El modelo 94, de hecho, sigue siendo el rifle deportivo más vendido hasta el día de hoy, y se sigue todavía fabricando.

Winchester Mod. 1894. Queridos Reyes Magos...
Esa rampa delante del guardamonte, es uno de los secretos del modelo 94. Permitía manejar cartuchos más largos que los previamente usados.

La combinación de un rifle excelente y preciso (Winchester no ha fabricado nada malo todavía, que se sepa), con un cartucho con excelente balística, destacando una buena rasante, y las notables habilidades desarrolladas a lo largo de toda una vida dieron resultados espectaculares. No es de extrañar que ante semejante “Terminator”, fuesen muy pocos los que optasen por quedarse y resistir.

Tom Horn seguiría en dicho trabajo hasta 1898, año en el que acudiría a la llamada de Theodore Roosevelt, y se enrolaría en los Rough Riders para compatir en la guerra hispano – cubana. No pasaría de Florida, pues contraería una severa malaria que le obligaría a estar en el hospital de Tampa toda la guerra. Se libraría así de una ración de su propia medicina, es decir, disparos rápidos, con los 7x57 mm de pólvora sin humo de los Mausers españoles, que causarían severas bajas en la batalla de la colina de San Juan.

Mauser español modelo 1893.

 De allí, volvería a casa de su amigo John Coble, a Wyoming, a retomar su trabajo habitual, pero con la salud aún más resentida. Y dícese así, pues ya estaba bastante tocada. No había ahorrado un solo dólar de todo el dinero ganado, pues lo había quemado en innumerables juergas con prostitutas, juego y cantidades industriales de alcohol. Por aquel entonces comenzó a cometer más estupideces de la cuenta: por ejemplo, comenzó a “marcar” a sus víctimas poniendo una piedrecita debajo de la cabeza del cadáver, lo que fue rápidamente aprovechado por otros pistoleros contratados por los ganaderos para hacer lo mismo, y echarle las culpas a Horn. Aumentó su leyenda, pero también las cuentas pendientes que iba dejando. Y lo peor de todo, mientras estaba borracho, hablaba demasiado, alardeando de las muertes que había causado y de cómo lo había hecho.
John Coble. Su amistad nunca le faltaría a Horn.
En 1899, perseguiría a ladrones de trenes, en especial a ciertos integrantes de la famosa “Wild Bunch” que habían asaltado varios en su territorio. Posiblemente estaba pagado nuevamente por los Pinkerton, y siguió con su viejo oficio de detective de ganado. Pero en 1901, todo en su vida comenzó a torcerse…

En el territorio de Wyoming había un duro ganadero y granjero, de gran éxito, llamado Kels Nickell. Era un tipo realmente duro, que había comenzado a combatir ya en las guerrillas que surgieron en Kansas y Missouri durante la guerra de Secesión, tras ver morir a su padre ante sus ojos. Veterano de las guerras indias de las llanuras, no era de esos a los que se asusta y doblega con facilidad. Además, era temido por su gran destreza, bravura y fuerte temperamento. Y era uno de esos colonos recién llegados, y de gran éxito. El choque con los miembros de la WSGA estaba asegurado.

Kels Nickell.

Más por jorobar que por otra cosa, comenzó una explotación, en sus tierras de ganado ovino. Y lo curioso, es que de repente comenzó a dar grandes beneficios para disgusto de los ganaderos de vacuno, resultando ser así una fuerte e inesperada competencia en el mercado de carne. Además,  John Coble tenía una cuenta personal con él, pues en una discusión en 1890 por unos pastos, Kels lo había apuñalado, y dejado casi con un pie en la sepultura. Todos, incluido él mismo, sabían que caminaba por el territorio con una gran diana en la espalda. Por supuesto que recibió las consabidas notas amenazantes, pero hasta el momento la mayoría de los muertos eran gente de mal vivir, sin apenas amigos, malos vecinos y claros cuatreros. Él era, pese a su mal humor, un respetado hombre de negocios y de familia, y de vida ordenada y misa los domingos…muchos de sus vecinos pensaron que no se atreverían con él.

El 18 de julio de 1901, uno de sus hijos Willie Nickell, de apenas 14 años de edad, cogió uno de los caballos de su padre, para darse una vuelta. Como la mañana era fría, también cogió uno de los sombreros y abrigos habituales de su progenitor. Al ir a abrir la puerta del rancho, súbitamente, recibió dos disparos del .30 – 30 en la espalda, escupiendo gran cantidad de sangre, trató de gritar y volver a casa. Cayó muerto en el camino.
el infortunado Willie Nickell.

Unos días después de su entierro, su padre, mientras trabajaba en el campo recibió tres disparos que le destrozaron el brazo derecho. Mientras estaba en el hospital de Cheyenne, varios hombres asaltaron su rancho, mataron a la mayoría de sus animales y quemaron establos y graneros. Fue demasiado para él…destrozado física y moralmente, malvendió sus propiedades, y se mudó con la familia a la ciudad de Cheyenne, donde emprendieron varios negocios con éxito. Pero no volvió a ser el mismo de antes, ni tampoco Wyoming, ni el oeste.

Fue el rebosamiento de un vaso ya bien colmado. Todo el mundo estaba harto de las guerras ganaderas, de los barones, y de los asesinatos sin fin. Y la muerte de un niño de 14 años fue el detonante de una inmensa reacción que sacudió, prensa, política y conciencias de todo el país. Una vez conquistado el oeste, era necesario que la civilización y sus normas y leyes, por fin, se estableciese en los nuevos territorios.

 Joe Lefors era Marshall de los Estados Unidos, y había llevado una vida muy similar a la de Tom Horn. Antiguo empleado de Pinkerton, defensor de la ley, vaquero y detective de ganado. Pero había una diferencia crucial: nunca había sido asesino a sueldo de los grandes ganaderos, y por eso odiaba a personas como Horn. Como servidor de la ley, lo definía mejor que nadie el gran Marshall Charles Siringo: “era completamente inepto en funciones policiales”. Y llevaba una época de casos fallidos, lo que mermaba su reputación y su caché. Pero estaba convencido de la culpabilidad de Tom en el caso del joven Willie Nickell, y además en que podía probarse.

Joe Lefors.

Tom Horn había estado alardeando del tema en varias de sus borracheras, pero circulaban dos versiones. La primera, decía que se había autoinculpado tanto de los disparos a Willie como a su padre Kels. La segunda, provenía de una afirmación del forense local, que hablaba que los disparos a Willie se habían realizado desde 300 yardas (afirmación imposible, porque ni aún hoy en día, fuera del alcance de los componentes del disparo que no son el proyectil, como el negro de humo, la proyección de pólvora sin quemar o la quemadura por la llamarada del disparo, no se puede establecer si el disparo se ha realizado a 20 o a 200 metros, sólo con la observación del cadáver). Al oírlo, en varias borracheras había afirmado que el podía hacer ese disparo desde más allá de las 400 yardas…

Lefors preparó una trampa con cuidado. Aprovechando el caso real de una violenta, numerosa y bien organizada banda de cuatreros, camuflada como pequeños propietarios, que operaban al oeste de Montana, contactó, haciéndose pasar como empleador de un grupo de grandes ganaderos, con Horn. Éste, como de costumbre, sin un centavo en el bolsillo, y deseando poner unas cuantas millas por medio de Wyoming hasta que se calmase el asunto Nickell, mordió el anzuelo.

La entrevista tuvo lugar en uno de los saloones de Cheyenne, y Lefors, discretamente, tenía posicionados, al lado de su mesa, a un ayudante (para que actuase como testigo), y a un taquígrafo. Tom Horn fue poco a poco alardeando de sus acciones, ayudado por una creciente cantidad de alcohol. Lefors, poco a poco, fue llevando la conversación a la muerte del joven, hasta que Tom no sólo dijo que lo había hecho, sino que volvió a alardear del modo y la precisión de sus disparos.

Aunque hubo mucha discusión acerca de la validez de tal prueba, Tom Horn fue detenido por Joe Lefors el 13 de enero de 1902. Rápidamente, sus empleadores, excepto John Coble que pagó su defensa y Charles Irwin ( a éste último, antes de morir le regalaría su famoso rifle), le dieron la espalda. Era ya un personaje incómodo, signo de los viejos tiempos y métodos, que ya eran ampliamente denostados; y como en todo gran cambio social, una de las formas más rápidas de hacerlo y que más conciencias acalla de los antiguos y malvados actos, es mediante el sacrificio de una persona que los simbolice.

Juzgados de Cheyenne.
Pese a las dudas que surgieron en torno a la confesión y la forma de obtenerla, y la posibilidad que Willie hubiese sido asesinado por otro joven, Victor Miller, hijo de otro ganadero de ovino con quien Kels Nickell mantenía, también, agria disputa, sirvieron para evitar el temible veredicto: Death by Hang¸ muerte en la horca. Inmediatamente, su abogado, presentó la correspondiente apelación.

El jurado que condenó a Horn.

Mientras ésta se resolvía, Tom Horn, con la ayuda de un cómplice, intentaron una fuga. Después de reducir a uno de sus carceleros, salieron a las calles de Cheyenne, donde comenzaron a  ser perseguidos por otros ayudantes y varios civiles armados. Y lo hubiesen pasado mal, de no ser porque los nuevos tiempos iban a arrollar, una vez más a Tom Horn.

El arma que había robado a su carcelero no era un revólver, era una de las primeras pistolas semiautomáticas, muy posiblemente una Browning modelo 1900. Nunca había tenido una en la mano, y al intentar disparar con ella nunca lo logró, pues no sabía ni cargarla ni manipular el seguro. Esos segundos de forcejeo sirvieron para que un paisano, O. M. Eldrich, le golpease en la cabeza con la culata de su fiable revólver. 
Browning mod 1900. Se dice que ésta fue la pistola que no supo manejar Tom Horn.
¿la captura de Tom Horn? se sigue discutiendo sobre esta fotografía...

Después del episodio, sus posibilidades en las apelaciones cayeron a cero. El resto de su tiempo lo pasó trenzando una cuerda para lazo con pelo de caballo, y dictando sus memorias a la maestra de Iron Montain, una joven de nombre Glendolene Kimmel, que había conocido en casa de unos amigos. Se dice que fue lo más parecido que tuvo a una novia formal en su vida.

Miss Kimmel.

Un día antes de su cuadragésimo tercer cumpleaños, el 20 de noviembre de 1903, se cumplió la sentencia. Una multitud curiosa se agolpó a las puertas de la cárcel de Cheyenne. Tanta, que se temió un intento de liberación del reo (unos días antes, una potente carga de dinamita fue localizada cerca de los muros de la misma), así que se contaba con numerosos soldados armados, e incluso una ametralladora Gatling que cubría la puerta de la prisión. Mientras subía al cadalso, acompañado de los sones de Life is like a mountain railroad, cantada por deseo suyo por varios amigos, se permitió hasta bromear con el verdugo, otro amigo suyo, de nombre Joseph Cahill, a quien veía visiblemente nervioso. Su valor y serenidad impresionaron a todos los presentes.

Tom Horn en prisión.

 Tom Horn no es un personaje que se haya prodigado demasiado en el cine clásico de vaqueros. Sin lugar a dudas, la mejor película realizada sobre su vida, pese a las inexactitudes, fue la dirigida por William Wiard, en 1980, Tom Horn. En el papel estaría un supremo Steve McQueen, en su penúltima cinta (la última, ese mismo año, irónicamente, sería Cazador a sueldo). Ya estaba por aquel entonces muy enfermo de cáncer de pulmón (moriría a finales de ese año), y lograría dar, en su gran interpretación, ese matiz final y crepuscular a un guión que reflejaba los últimos años del legendario vaquero.


Si hay que ponerle una fecha final al antiguo y salvaje oeste, sin duda, sería el 20 de noviembre de 1902, y el lugar, el frío patio de una prisión de Wyoming. Por supuesto que el oeste seguiría generando grandes personajes, hazañas y leyendas. Pero ya nada volvería a ser lo mismo después de la muerte de Tom Horn.


jueves, 17 de enero de 2013

EL ÚLTIMO VAQUERO (Parte 1)



No era el primer aviso, ni tampoco era el último, pero la segunda nota, clavada en la puerta de la cabaña de William Lewis, en el Valle de Chugwater, en el territorio de Wyoming, era bien clara: “Mr. Lewis, deje de robar y matar el ganado de otros hombres, y o bien quítese la vida, o abandone este territorio en el plazo de tres días”. No le hizo caso, al igual que con la primera, ni tampoco quiso seguir esas instrucciones tras recibir un disparo de rifle, en el suelo, muy cerca de una de sus botas, días después.

No era tampoco un buen hombre. Sin apenas amigos, violento y pendenciero, con varios crímenes a sus espaldas, se había instalado en Wyoming no hacía mucho tiempo. No había comprado ganado alguno, ni semillas, ni aperos de labranza. Pero se sacaba sus buenos dólares “echando el lazo” a ganado extraviado y no tan extraviado, al que en pleno campo remarcaba y los hacía pasar como propios. Pero ese ganado tenía dueño, y eran miembros de la poderosa Wyoming Stockgrowers Associaton (la poderosa WGSA). Y esa gente no perdonaba actos semejantes…así que al día siguiente del disparo en el suelo, mientras se iba a supervisar sus corrales, un disparo en pleno centro del pecho, seguido de dos rápidos disparos en abdomen y cadera le mataron antes de tocar el suelo. 

Días después, otro personaje similar, que había perdido un brazo en la guerra de Secesión, pero que pese a ello no tenía problema alguno en cobrarse ganado de otros propietarios, grandes y pequeños, de nombre Fred Powell, recibió, tras los avisos pertinentes, y en presencia de uno de sus empleados, un certero disparo en el corazón. Es Abril de 1895, territorio de Wyoming, y está comenzando, quizás, la última guerra ganadera a la antigua usanza.

El ganado vacuno, al igual que el ferrocarril y la minería, sería uno de los grandes motores económicos del oeste americano en las últimas décadas del siglo XIX. Con grandes esfuerzos y riesgos, salpicados de dolorosos fracasos y ruinas, en diversos territorios se habían formado las grandes fortunas ganaderas. El ferrocarril, al principio amenazante, había supuesto la posibilidad de extender el comercio de carne y otros productos a grandes distancias, facilitando el mantenimiento de grandes manadas de ganado, y la creación de inmensas fortunas. Eran hombres pudientes y muy poderosos, pero a partir de 1880, su sistema de vida y negocio comenzó a estar seriamente amenazado.

 Wyoming fue de los últimos territorios donde se constituyeron los grandes emporios ganaderos, y pese a parecer enormemente atractivo para ello, la dureza del terreno y del clima, causó no pocos fracasos y ruinas, y demandó un gran trabajo para conseguir sacar adelante las grandes explotaciones. Los ganaderos supervivientes, muy ricos, y tras años de mucho esfuerzo, se asociaron en la ya mencionada WGSA para defender sus intereses. Pero a finales de los ochenta, todo comenzó a cambiar, y de forma muy vertiginosa.

Lo primero fueron unos años, concretamente de 1887 – 88 de grandes tormentas de nieve e inviernos muy largos, que mataron a gran número de cabezas de ganado, y cuyas intensas heladas dejaron muy tocados los pastos de la región. Las pérdidas económicas fueron inmensas. Lo segundo, fue que el gobierno federal comenzó a vender y repartir tierras a los inmigrantes que venían del este, favorecido por las grandes compañías ferroviarias, que deseaban desesperadamente ese aumento de colonos, a fin de lograr hacer rentables de una vez por todas, las ruinosas líneas del noroeste. Los colonos, fueron miserablemente engañados: se les prometió tierras bien feraces, cerca de ríos, en las que sólo había que arar, sembrar y esperar las cosechas. De hecho, se les llegó a enseñar fotografías realizadas a cosechas sensacionales e inmensas…tomadas en otros territorios. Al llegar, se encontraron con tierras difíciles de labrar y un clima adverso para ganados y hombres por igual.

Foto moderna de traslado de ganado en Wyoming.

Las tierras que se les asignó, propiedad del gobierno, llevaban muchos años siendo usadas por los grandes barones ganaderos, que ya las veían como propias. Pero además, los colonos traían un nuevo invento con ellos, terriblemente amenazador para el delicado equilibrio socioeconómico del territorio: el alambre de espino. En 1874, el empresario de Illinois, Joseph F. Glidden perfeccionó el alambre de púas (recogida en la famosa patente nº 157.124), al modelo de hilo trenzado que conocemos hoy en día. Para la década de 1880, se fabricaba, bien barato el metro, en grandes cantidades, y se vendía sensacionalmente. Fue el final de las grandes praderas, de las grandes extensiones de pasto para el ganado, y de la necesidad de tantos cowboys. Y los pequeños propietarios, asentados muchas veces en zonas de paso, o cerca de abrevaderos naturales, rápidamente procedieron a cercar sus propiedades con el nuevo invento.
Joseph F. Glidden.
Patente 157.124.

Y peor aún: al tener poca experiencia en la ganadería en esa región, comenzaron a completar sus cabañas, con reses “extraviadas” (o directamente robadas) a los grandes barones ganaderos, a los que se las remarcaba rápidamente (marcajes que la asociación no reconocía al no estar registrados, registro bien caro, que había que hacerlo…en la propia asociación). Otros, procedentes de la inmigración europea, se dieron cuenta que el terreno era malo para el vacuno, pero bueno para el ganado ovino y caprino, el cual introdujeron en gran número en el territorio; ganado odiado por los barones, pues consideraban que debido a que arrancaba el pasto de raíz al comerlo, lo agotaban y destrozaban para sus grandes manadas vacunas. El conflicto estaba servido…

Al principio se intentó la vía legal, intentando eliminar la perniciosa costumbre de “echar el lazo” al ganado ajeno. Pero en los tribunales, los jurados estaban compuestos por los amigos, familiares y vecinos de los pequeños propietarios imputados, que casi nunca les condenaban. Enrabietados, los miembros de la WGSA comenzaron a meter bien a fondo la pata…rápidamente contrataron pistoleros, vaqueros amenazados por el nuevo cambio y crearon la controvertida figura del “cattle detective”, o detective del ganado, no para investigar los robos solamente, sino para llevar la justicia que ellos decidieran a esos propietarios. Incluso colocaron a uno de ellos, Frank M. Canton como Sheriff del condado de Johnson.

Frank M. Cotton.

En 1889, en una de sus primeras acciones, ahorcaron, acusándoles de cuatreros, en su propio rancho, a los propietarios del Saloon local, una pareja venida del este, llamados Jim Averell y Ella Watson. No sólo causaron fuerte repulsa por ahorcar a una mujer, sino que además se hizo con nudo corredizo, y no con el tradicional, en un intento de causar más sufrimiento a las víctimas. Pese a que hubo seis arrestos, la presión política y las amenazas a los posibles testigos impidieron la celebración de juicio. No sería ni el primero ni el último de los linchamientos.

Ella Watson. Su brutal linchamiento conmocionó todo un país.

Los pequeños propietarios, bajo el liderazgo de Nat Champion, propietario del KC Ranch, se asociaron en 1891 en la Northern Wyoming Farmers and Stock Growers’ Association (NWFSGA), y en amplio desafío, comenzaron a registrar las marcas de pequeños ganaderos por un precio módico. Era un claro desafío a la poderosa WGSA, y éstos recogieron el guante…de tal manera, que saldrían bien escaldados ante la opinión pública.

Se decidieron por la acción más directa posible. En Paris, Texas, contrataron un nutrido grupo de pistoleros, en total unos 23, a los que pagarían, aparte de dotarles con equipo completo desde armas a caballos y ropa, unos 5 dólares diarios, y unos 50 dólares por cada ranchero, de una nutrida lista negra, asesinado. Al grupo se les unieron varios miembros prominentes de la WGSA, un cirujano, el Doctor Charles Penrose, dos periodistas, Ed Towse del Cheyenne Sun y Sam T. Clover del Chicago Herald…y hasta un senador del estado de Wyoming, Bob Tisdale. El grupo llegó a Wyoming, en abril de 1892, en un tren especial fletado por los poderosos barones ganaderos. Pasarían a la historia como los “Invasores de Wyoming” o los “Reguladores de Wolcott” (por Frank Wolcott, presidente de la WGSA en aquellos momentos).

Los "Reguladores de Wolcott"
La primera acción, dura, directa y a la cabeza: el asedio y asalto del KC Ranch de Nat Champion, en 9 de abril de 1892. Terminó en el incendio del rancho, y a Champion,  con un revólver en la mano y un cuchillo en la otra, saliendo a campo abierto y siendo abatido por los reguladores. Tal despliegue fue observado por testigos, y un miembro de la NWFSGA, el pequeño ranchero Jack Flagg, que salió disparado a  uña de caballo a buscar al Sheriff… no a Frank Canton, no, que de hecho estaba en el asedio del KC, si no hasta Buffalo, donde allí el Sheriff organizó una partida de 200 hombres que salieron a por los pistoleros texanos.

Dicha partida logró sorprender y asediar a los “invasores” en el Rancho TA, en Crazy Woman Creek. Uno de los reguladores, logró eludir el cerco, y contactar con el gobernador del estado de Wyoming (en funciones), Amos W. Barber, el cual presionó al presidente de los EEUU, el republicano Benjamín Harrison, que con prontitud envió al rescate al 6º de caballería de Fort McKinney. Los soldados salvaron a los reguladores de una muerte cierta, y los pusieron a disposición de la justicia. Fueron puestos rápidamente en libertad, y nadie fue juzgado por el asalto al KC Ranch.

Benjamin Harrison.

El escándalo político fue de primera magnitud. Se tuvo que retirar de la región al 6º de caballería, que ya estaba a sueldo, de forma descarada, de los grandes barones ganaderos; y sustituirlo por el 9º de caballería…una unidad de soldados de color, de los famosos “soldados búfalo”, lo que ocasionó a su vez sus buenos conflictos. Modernamente, se dice, que las repercusiones del proceder de dicho presidente republicano, siguen hasta hoy, pues el estado de Wyoming, tradicionalmente, sigue siendo un feudo del partido demócrata.

Estas pésimas decisiones fueron una gran derrota para la imagen pública y el poder de la WGSA, debilitándola de forma notoria. Y una gran victoria para los pequeños propietarios, pero también fue un imán para gente como William Lewis o Fred Powell, cuatreros sin escrúpulos, que vieron en dicho vacío de poder una oportunidad de vida. Estaba claro que los grandes barones no se iban a quedar de brazos cruzados, y esta vez, eligieron una alternativa mucho más discreta, pero más terrorífica…y aquí, en nuestra historia, es cuando debe entrar el protagonista de este post: el legendario Tom Horn. 

Tom Horn.

Tom Horn nace el 21 de noviembre de 1860 en Missouri, en el condado de Escocia. Quinto hijo de doce, sus padres eran granjeros, de fuertes convicciones religiosas, y muy rápidos a la hora del castigo físico. Tanto, que a los 15 años abandonaría el hogar paterno, harto de las continuas palizas que su padre le propinaba. Después de un corto periodo como corro a caballo, terminaría ingresando en el ejército, como explorador, en una de las campañas más duras de todo el siglo XIX: la guerra contra los Apaches.

Pese a su escasa educación académica, su gran talento para la supervivencia, inteligencia natural y vivacidad, llamarían poderosamente la atención de uno de los grandes jefes de exploradores de todas las épocas: Al Sieber. Rápidamente aprendería el joven Horn a hablar, con gran fluidez, el español, el apache, e incluso se comenta que el alemán natal de su mentor. Además se convertiría en un gran explorador, experto tirador y en un duro y paciente rastreador. Más adelante, le sería muy útil todo ese rango de grandes habilidades. Serviría en dicha campaña hasta el final, cuando tenía ya 27 años, y muy molesto por el duro trato que se le daría a los apaches al terminar la contienda. Se dice que incluso fue intérprete en la rendición del gran y legendario chamán Gerónimo…

Al Sieber.
Foto ya mítica de Gerónimo.

Intentó la minería durante una corta temporada. “Muy lenta y pesada”, diría en sus memorias, por lo que comenzaría a participar en rodeos, y torneos de lazo; destacando en ambas. Pero en abril de 1887, se trasladaría a Pleasant Valley, Arizona, donde caería en medio de una de las guerras ganaderas más brutales de finales de siglo, la que enfrentaría a dos grandes clanes: los Graham, criadores de ganado vacuno, con los Tewksbury, criadores de ovino. Sería empleado como ayudante por el Sheriff del condado de Yavapai, Bucky O’Neil, para luego pasar a ser ayudante en el condado de Apache. En sus memorias declaró que su trabajo era el de un “mediador”, pero se sabe que aceptó “encargos” de uno y otro bando, sin atisbo de pudor alguno. No vería el fin de la guerra, pues dos años después, una detención de ciertos miembros de los Graham terminó en varios de ellos muertos, en un oscuro y rápido tiroteo, a manos de Tom Horn. La guerra acabó en 1892, lisa y llanamente porque ambas familias se habían aniquilado con tanta saña…que ya no quedaba apenas nadie en pie para continuarla.

Se uniría después a la agencia Pinkerton, haciendo de Colorado y el territorio de Oklahoma sus campos principales de actuación. No le gustó el trabajo, pues se sentía demasiado encorsetado y dirigido, lo que le llevaría a frecuentes roces con sus superiores. En una de sus misiones, conocería a uno de los ganaderos más importantes de Wyoming, John Coble, miembro de la WGSA, con quien establecería una amistad que duraría toda la vida.

Allí conoció de primera mano los problemas de los grandes barones, y la necesidad que tenían de cierto tipo de “operativos” que hiciesen cierto tipo de trabajos especialmente sucios, y sin la vergonzosa publicidad de los “invasores de Wyoming” o los linchamientos de mujeres. La libertad era casi total, y la paga era muy buena; llegando a cobrar incluso unos astronómicos 600 $ por muerte. Dejó a los Pinkerton (se dice que incluso lo echaron por un turbio asunto que incluía un robo), y se puso a trabajar de “detective de ganado”.

Lewis y Powell no fueron sus primeras víctimas, ni tampoco las últimas; pero sí dos muertes que impresionaron y mucho, y lograron que abandonase el territorio un gran número de colonos. En total, se discute, que aquellos años pudo haber matado entre 25 a 35 personas. Su técnica, siempre la misma: tras los correspondientes avisos, súbitamente y desde la distancia, se recibía un preciso disparo mortal del calibre .30 – 30. No había defensa ante tal fantasma, y se podía recibir en cualquier momento: al salir de casa, al cabalgar, al volver de una buena juerga en el Saloon, mientras se marcaba reses…el terror que ocasionaron tales tácticas fue inmenso, y además, unos hechos ante los cuales la ley de la época se encontraba impotente: no había testigos, y sí numerosos amigos y empleadores que proporcionaban la adecuada coartada a su “ángel exterminador”.